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Luis Carlos Vélez Columna Semana
Luis Carlos Vélez. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

Sin control

Petro no tiene control, la oposición está muerta, y los incentivos y características del nuevo mandatario aumentan las probabilidades de que no inauguremos a un nuevo presidente, sino que coronemos a un déspota.


Por: Luis Carlos Vélez

El poder absoluto corrompe absolutamente. La carta blanca que le están dando los medios y los legisladores al presidente electo es peligrosa y preocupante. Gustavo Petro ya tiene lista su aplanadora en el Congreso y, a diferencia de su antecesor, no será un pato cojo, como les dicen los gringos a los jefes de Estado que no pueden sacar adelante sus proyectos en el Legislativo. Será un gavilán correlón si se tiene en cuenta la genuflexión con la que lo recibieron partidos y otrora combativos columnistas que depusieron sus armas al oler de lejos la mermelada.

El nuevo presidente está dejando claro que su estrategia será la de “tender puentes”; es decir, “hagámonos pasito y todos salimos ganando”.

Gustavo Petro tomará las riendas del país sin oposición, una situación privilegiada y producto, entre otras, de la enconada guerra que sostuvo una fuerte asociación progresista, protagonizada por el “santismo”, los verdes y un sector de los medios de comunicación que sin vergüenza tomó partido y ahora hace malabares para mostrarse independiente, en contra de todo aquel que no compartiera sus posiciones.

La nueva administración no gobernará; reinará sobre la tumba de un Centro Democrático defenestrado y un conservadurismo entregado al apetito burocrático. Los políticos que hoy se están entregando están haciendo un cálculo equivocado al dejarse llevar por la ola de la victoria del Pacto Histórico. Desconocen que la mitad del país, principalmente la más industrializada y la que genera más recursos, no eligió a Gustavo Petro como presidente. El mandatario arrasó en las muy importantes zonas periféricas de la nación más Bogotá, por lo que, si no se le incluye y ofrece garantías, tiene el potencial de reagruparse y buscar una nueva representatividad con la fuerza necesaria para mover nuevamente el péndulo político.

Este Gobierno es un santismo redoblado, con las mismas malas costumbres de repartir dádivas a los congresistas y canales de televisión, acompañadas de jugosos contratos de publicidad a periodistas para que pasen sus proyectos en medio de aplausos, coros, columnas y caricaturas. La diferencia es que ahora lo encabeza un Gustavo Petro que no tiene intenciones de ganarse un Premio Nobel de Paz, pero tal vez sí ser el nuevo líder regional de la evolución del socialismo del siglo XXI.

La primera misión de esta administración y su séquito será la de adelantar una profunda reforma tributaria, esa misma a la que se opusieron alimentando a las primeras líneas durante las protestas y saqueos, fomentando mociones de censura y tumbando ministros, como Carrasquilla. La única diferencia es que ahora la promueve el nuevo jefe de Estado, respaldado por Roy Barreras, con el disfraz de que solo pagarán los ricos.

Si las reformas, como la tributaria que intentó pasar el Gobierno Duque, no salieron adelante por el solo hecho de emanar de un sector político diferente al que gobernará, ¿qué dice eso de los que antes se oponían y ahora la respaldan? Pues que, simplemente, detuvieron el país y nos sumieron en una profunda división por la disputa del poder y no por lo que les conviene a todos. Eso es mezquino.

Sobre la reforma, diremos lo mismo que en el Gobierno pasado: es altamente inconveniente. El país no ha terminado de salir de los efectos de la pandemia, y el escenario internacional es muy negativo. Estados Unidos está entrando en recesión, los precios de los combustibles están en las nubes y las tasas de interés internacionales están empezando a mover los fondos. Si en Colombia se toman medidas para cobrarles más impuestos a los inversionistas, los capitales locales y foráneos buscarán escenarios más seguros, menos volátiles y más rentables. Y, lo que es peor, si esa reforma, como la pintan, tiene como blanco a las “familias de mayores ingresos”, inevitablemente, terminará ahorcando aún más a la clase media nacional asalariada, que ya paga suficientes impuestos.

En Colombia, ricos ricos hay muy pocos, y esos ya encontraron la manera de sacar su plata, por lo que no le quedará otra al Gobierno que clavar a los que ya forman parte del sistema y no tienen como salirse, es decir, los empleados. Una verdadera reforma tributaria pasaría por aumentar la base gravable, ampliar el cobro del IVA a más bienes y servicios a una tasa general más baja y hacer un serio proceso de formalización, es decir, meterse con los informales y evasores, pero eso no es populista y será muy difícil de vender. Lo fácil es gritar que paguen los ricos y, de paso, seguir sembrando una soterrada lucha de clases.

El balance de poderes es clave en cualquier democracia. La discusión de postulados evoluciona en ideas más sólidas, sostenibles y efectivas. Los Gobiernos con carta blanca corren el riesgo de descarrilarse y generar incentivos para que sus líderes se resbalen en su propio ego y den rienda suelta a sus impulsos autocráticos, que destruyen democracias eficazmente. Una Colombia sin pesos ni contrapesos es una nación destinada a protagonizar el peor capítulo de su historia.

En conclusión: Petro no tiene control, la oposición está muerta, y los incentivos y características del nuevo mandatario aumentan las probabilidades de que no inauguremos a un nuevo presidente, sino que coronemos a un déspota. Hasta acá llegamos gracias a las mentiras de la izquierda y la estupidez de la derecha.