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Opinión

  • | 1997/02/24 00:00

    SIN PELOS EN LA LENGUA

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Algunos colombianos lo llaman el virrey o el procónsul porque sus declaraciones nunca están envueltas en formulismos solapados y en ellas, con frecuencia, parece estar amonestando al gobierno de Samper con la autoridad de quien representa un poder superior. Yo no me cuento entre esos compatriotas. A mí no me incomoda el estilo del emba-jador Myles Frechette. Con igual franqueza habla nuestro ministro del Interior, Horacio Serpa. Y tampoco se lo reprocho, porque siempre es más confortable hablar con un hombre que dice lo que piensa, o lo que piensa su gobierno. Hoy en día, para ganar tiempo, los diálogos entre jefes de Estado y la diplomacia misma se desprenden de esas enredaderas retóricas, propias del siglo pasado, que tanto nos gustan a los colombianos, para confrontar sin rodeos ni penumbras verbales conceptos y puntos de vista. Y es mejor que así sea. Las dulces palabras quedan sólo para homenajes y brindis.De Frechette se dice en Colombia que con frecuencia se entromete en los asuntos internos del país. Tampoco comparto esta idea. Varias veces he visto cómo esquiva preguntas comprometedoras que lo pondrían en el ámbito de nuestra política doméstica. "En eso no me meto ni de vainas", le dice a los periodistas usando nuestro propio lenguaje coloquial y soltando la risa. Simplemente ocurre que en asuntos relacionados con el tráfico de droga ya no hay umbrales, más allá de los cuales un gobierno extranjero entra en el vestíbulo reservado a la soberanía nacional. El problema lo tiene el mundo, y en las reuniones de Viena o en la Conferencia contra el Crimen Organizado, celebrada hace un par de años en Nápoles, se quebraron estos escrúpulos nacionalistas para lograr una mejor concertación en las acciones de la comunidad internacional contra el narcotráfico. No hay, pues, compartimentos estancos. No los tienen las mafias; tampoco los gobiernos.Hecha esta aclaración, hay cosas de Frechette con las cuales uno está de acuerdo y otras no.De acuerdo, por ejemplo, cuando dice que el gobierno y el pueblo norteamericano están escandalizados con las penas tan bajas impuestas a los hermanos Rodríguez Orejuela. También en Colombia estamos escandalizados con semejante providencia, que sólo revela la laxitud de nuestra legislación y tal vez más la manera como la venalidad o el miedo han tocado la médula de nuestro sistema judicial. De acuerdo cuando Frechette habla de la desconfianza suscitada en el Congreso de Estados Unidos y en el Departamento de Estado por las ofertas del gobierno colombiano, hasta ahora incumplidas, a propósito de un acuerdo marítimo y las leyes sobre endurecimiento de penas y lavado de dinero. Muchos congresistas nuestros, ya contaminados, vacilan antes de meterle el diente a estas dos leyes, y el gobierno no lo ignora. De acuerdo, en fin, a propósito de la extradición. El proyecto que llegó a cocinarse en el Congreso, el año pasado, tenía tantas excepciones como pulgas puede tener un perro callejero. Era inocuo.Ante estos hechos de muy poco sirven, para evitar una descertificación, los éxitos evidentes logrados por la Policía colombiana en el desmantelamiento de las redes del narcotráfico y de laboratorios y el decomiso y destrucción de enormes cargamentos de droga. El propio director de la Policía, el incorruptible general Serrano, lo ha dicho. Faltan colmillos judiciales más agudos a fin de que el negocio del narcotráfico no siga irrisoriamente dirigido desde las cárceles. La corrupción puede convertirlas en centros operativos de soborno e intimidación.Por último, no está mal que el embajador advierta la mala imagen que tiene en Estados Unidos el proyecto de ley, aprobado ya, poniéndole una soga al cuello del libre periodismo en la televisión. ¿Cómo vamos a indignarnos los periodistas ante una reacción solidaria con los intereses de la libre expresión en Colombia?Todo esto es razonable. Pero también hay posiciones del embajador Frechette y de su gobierno que no lo son, porque encierran una contradicción latente. ¿Un ejemplo? Frechette anuncia que no se nos dará ayuda alguna para combatir la guerrilla por obra de las denuncias de las ONG sobre violaciones de los derechos humanos. (Y si los servicios de la embajada americana se tomaran el trabajo de estudiar estos expedientes de cerca, comprobarían que muchos de ellos están plagados de infundios.) Al mismo tiempo, el embajador admite que tanto las Farc como el ELN derivan del narcotráfico apreciables ganancias por el impuesto a la producción de coca y por la protección armada que prestan a laboratorios y cultivos y al transporte de la droga. ¿Quién puede entender que en la lucha contra el narcotráfico un gobierno establezca excepciones de esta naturaleza? ¿Se habría podido luchar contra los gánsteres de Chicago y contra los políticos apoyados por ellos, pero no contra los pistoleros que aseguraban su protección? ¿Se puede defender la democracia en el continente ignorando la mayor amenaza que ella tiene en nuestro ámbito? Embajador: aunque Descartes era francés, su rigor lógico no debe ser extraño a los norteamericanos. Si usted es un hombre franco, sin pelos en la lengua, permita que también nosotros lo seamos.
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