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Opinión

  • | 2007/03/31 00:00

    Sobre la inanidad de los discursos

    Los homenajes así, entre los achaques de la última edad, son una anticipación de los mementos

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Habrá que admitirlo: yo también me puse corbata para ir al homenaje y al banquete que le ofrecieron a García Márquez en Cartagena. Y tendré que confesarlo: embutido en ese atuendo diseñado para la zona templada de la tierra, sudando como un caballo en la tórrida humedad del Caribe, incómodo física y espiritualmente, me sentía al mismo tiempo alegre, ridículo y lambón. El orgullo me decía: "Estás asistiendo a la coronación de un escritor nacional, como Tolstoi para Rusia, Goethe para Alemania o Víctor Hugo para Francia". La angustia me preguntaba: "¿Qué estás haciendo aquí, lagarto?". Y yo solamente le podía contestar con el recuerdo de ese alumno de Juan de Mairena que le propuso el siguiente trabajo sobre "la inconveniencia e inanidad de los banquetes":

El artículo estaba dividido en cuatro partes: A) contra aquellos que aceptan banquetes en su honor; B) Contra los que declinan el honor de los banquetes; C) Contra los que asisten a los banquetes celebrados en honor de alguien; D) Contra los que no asisten a los tales banquetes. Censuraba agriamente a los primeros por fatuos y engreídos; a los segundos acusaba de hipócritas y falsos modestos; a los terceros, de parásitos del honor ajeno; a los últimos, de envidiosos del mérito". Y Machado concluye poniéndole título al trabajo: "Contra el género humano, con motivo de los banquetes".

Cuando tocaron los himnos, Andrés Trapiello me reconcilió con el "Oh Gloria inmarcesible" nacional. Me dijo: "Parece de Verdi", y yo saqué pecho, orgulloso de don Oreste Sindici. Mientras hablaba el Rey de España, Monsiváis se giró para comentar: "¿Ya leíste a Fernando Vallejo? Está genial". Y recordé al iconoclasta mayor, que decía que el Rey "será muy bueno para la escopeta y la rapacería pero nos ha resultado a los de la raza hispánica bastante torpe de lengua así lo pongan a presidir los congresos de Academias de la susodicha". Y en efecto, el Rey no sabe leer, habla siempre como si tuviera la boca llena.

El más perfecto español que he oído en mi vida, en cambio, con una dicción que emociona (porque yo me imagino que más o menos así hablaba Garcilaso), es la del presidente de la Academia española, Víctor García de la Concha. Yo no sé si el señor será buena o mala persona, pero escribe muy bien y pronuncia mejor. Fue el único que hizo reír a todo el auditorio cuando contó que García Márquez (que volvió a ser por un instante el joven 'Trapoloco' que rompe el protocolo) le dijo al monarca: "¡Tú, Rey, tienes que ir a Cartagena!". ¿De qué sirve haber escrito algunas de las mejores novelas del siglo si no se puede tutear a un monarca que a duras penas sabe leer?

Belisario Betancur sacó la cara por la Academia colombiana, que había quedado perdida por un discurso soso de su presidente en Medellín. Citó del primer soneto en lengua muisca un verso que parece el mejor prólogo a toda la obra de García Márquez, al referirse a una Europa "que tendrá mis verdades por novelas". Hablaron también el presidente del Instituto Cervantes (muy preocupado por el español como negocio), un Muñoz Molina evocador, y un Fuentes que se tiró un buen discurso haciendo al final más reverencias que un director de orquesta egocéntrico.

En el intermedio llegó Clinton, ovacionado, con el pelo más blanco y brillante que ojos humanos vieran. ¿Por qué lo aplaudía tanto la gente? En sánduche entre esas bestias de Reagan y los dos Bush, el ex presidente Clinton parece de verdad un estadista, y con mayor razón porque estuvo dispuesto a perder su reino por una mamada. Hizo algo lamentable en la comida que siguió: aunque todos soñemos con un demócrata que reemplace estos años de pesadilla republicana, no hay derecho a plantar en el pecho de un octogenario indefenso el botón de una campaña electoral, por muy Hillary que se llame su mujer.

A los reyes y a los presidentes les escriben los discursos. Una vez en un congreso de intelectuales el presidente Menem de Argentina, tan corrupto como burro, leyó durante largos minutos amenas reflexiones sobre el sorgo, la soya y la boñiga hasta que a sus neuronas les llegó la señal de que que se había equivocado de discurso. A Uribe en Cartagena no le fue tan mal como a Menem. Lo que sí es lamentable es que haya empleado unos seis minutos en saludar a todos los asistentes importantes al teatro, y luego otros seis minutos a volverles a agradecer a los mismos que estuvieran allí. Cuando al fin se puso a hablar de don Marco Fidel Suárez, la hilaridad e inquietud del auditorio por sus excesos protocolarios ya no dejaba oír.

¿Y qué decir del homenajeado? Hay algo hermoso y hay algo también triste en la parábola vital de ese genial escritor que ha sido García Márquez. Los homenajes así, entre los achaques de la última edad, son una anticipación de los mementos. Eso tiene algo melancólico. Pero para él, que durante toda su vida de escritor sobrehumano ha tenido una única debilidad humana (una malsana simpatía por los poderosos, de Clinton a Fidel), este final con reyes y presidentes aplaudiéndolo, se puede interpretar como un final feliz.
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