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Opinión

  • | 2019/05/16 10:04

    Una fábula

    Cualquier semejanza con hechos ocurridos o posibles, o con personas e instituciones, es mera coincidencia

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Asumo que todos recordamos las fábulas de Rafael Pombo. Solo mencionar algunas suscita nostalgia por la infancia remota y por los hijos que crecieron: “El gato con botas”, “La pobre viejecita” y “Rin rin renacuajo” quien, como recordarán, “salió de su casa esta mañana muy tieso y muy majo”. Es un género muy antiguo, que asigna a los animales virtudes y defectos que no son suyos sino humanos. Su creación se atribuye a Esopo, quien vivió en el siglo VI a. C. De las fábulas que he leído me fascina la colección de “Kalila y Dimna”, publicada en sánscrito por primera vez al comienzo de nuestra era; hay una bella edición reciente de Acantilado. Del siglo pasado, recomiendo “Rebelión en la Granja” de George Orwell para apreciar los abusos que caracterizan a los sistemas totalitarios.

 Ahora, a lo que vinimos. El león, que domina la sábana ubicada a los pies del majestuoso Monte Kilimanjaro, luego de una semana de hibernación ha despertado con la luz del sol, lanzado unos cuantos rugidos aterradores, flexionado sus músculos y salido por la planicie en pos de alimento. Una cebra que inocente pastaba por los alrededores alcanzó a vislumbrar un ser descomunal que se le vino encima en busca de su vena yugular. Dos minutos después ya no era una cebra, sino su cadáver; dos horas más tarde sus despojos nutren a animales carroñeros, mientras el león, ya saciado, hace la siesta en su guarida.

 Este episodio suscita diversas reacciones. Grupos de antílopes, jirafas y cebras deciden alejarse del sitio con rapidez; una manada de elefantas opta por permanecer en la vega del río donde retozan sus crías pero extreman las precauciones para reaccionar en conjunto si el león se acerca amenazante. Los hipopótamos y rinocerontes que deambulan en la zona deciden que han afrontado riesgos peores y que no vale la pena movilizarse, o comprar un seguro de vida. Los chacales que tuvieron conocimiento del homicidio de la cebra saben que, si permanecen juntos, el león no se atreverá a atacarlos. Los buitres, participantes de la comilona, emiten una declaración oponiéndose a cualquier represalia contra el león; argumentan que la armonía de la naturaleza y, en particular, de la cadena alimenticia hace indispensable el sacrificio de aquellos animales que, sin saberlo, nacieron para ofrendar su carne a razas superiores. ¡Hay que preservar el statu quo!, dicen en medio de una protesta social en las copas de los árboles: hasta allí la policía antimotines no puede llegar.

 El pánico se apodera de liebres, conejos y ratones. Reunidos en junta de acción comunal constatan la huida de algunos animales de mayor tamaño, mientras que otros organizan una minga, lo cual los coloca en una situación muy compleja pues les resulta imposible abandonar el territorio. Deciden que su única posibilidad de sobrevivir consiste en buscar la protección del toro quien hasta este momento reposaba inocente en su dehesa. “Señor toro -le dicen-: usted es tan corpulento como el león y está dotado de poderosos cuernos; el león difícilmente se le pondrá en frente. Como usted es herbívoro, no se interesa por nuestras escasas carnes; a cambio de su protección le ofrecemos recolectar la hierba que necesite; así podrá descansar el tiempo que le plazca”.

 El toro acepta representar esa noble causa y, mediante acción de tutela, obtiene una audiencia con el león a quien le pide abstenerse de prácticas caníbales contra los demás animales que pueblan la zona. El león le responde de inmediato: “lo que usted me propone es inadmisible; si lo aceptara moriría de inanición. Le sugiero que se retire si no quiere convertirse en mi cena de hoy; además, sepa usted que para imponer mi voluntad no necesito mayorías en el reino animal”.

 El toro compungido se aleja para reflexionar a solas. Toma nota de que, según las estadísticas del Dane (por desgracia, no hay otras), en la confrontación con el león tiene una de siete posibilidades de salir vencedor; y se percata de que si bien su carne resulta poco apetitosa para el gran felino, no habiendo otra disponible mirará la suya con buenos ojos. ¿Qué hará entonces, nos preguntamos? Tiene varias posibilidades: (I) atacar por sorpresa al león. (II) Proponerle un acuerdo de paz consistente en que, si le respeta la vida, a cambio cesará una guerra que ha durado “más de cincuenta años”; se compromete también a extirpar ciertas hierbas que hacen parte de su dieta (es consciente de que traiciona los animales que en él confiaron pero se consuela pensando que “la política es dinámica”). (III) Pedir traslado para otro parque natural; sin embargo, se percata de que ese movimiento requiere visa …del león.

 Una influyente integrante de mi familia me exige abstenerme en ciertos temas para no causar molestias. No hablaré, entonces, de revocación de visas a altos funcionarios del Estado, o de la suspensión de apoyos para la modernización de la Corte Constitucional; tampoco de dignidad nacional, renuncias de altos funcionarios, objeciones y glifosato. Menos aún de riesgos de descertificación en la lucha contra las drogas. En cuanto a la fábula, cada quien interpretará lo que quiera. En esa materia me declaro inocente.

 Briznas poéticas. El erotismo como sumisión en Shakespeare: “No quiera Dios que me hizo tu esclavo antes y ahora, / Que piense en controlar tu tiempo y tus placeres, / …Puedes ir donde quieras; tu derecho es tan fuerte / Que te autoriza a darte las licencias mayores; / Y haz todo lo que gustes, porque te cupo en suerte, / Perdonarte a ti mismo por tus propios errores”.

 

 

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