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Opinión

  • | 2003/03/07 00:00

    Sobre la meritocracia

    Alejandro Feged, antropólogo y humorista, escribe dos casos sobre los alcances de la meritocracia, esperanza de muchos colombianos desempleados que aspiran por sus propios méritos a ocupar cargos públicos.

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Un estudio del caso sobre la nueva forma de contratación estatal

Sea equis un amigo íntimo de un ex presidente con bigote y pusilánime cualquiera. Equis, como es de suponer, estudió en un colegio bilingüe. Tuvo que habilitar matemáticas todos los años de bachillerato, y fue suspendido por fumar marihuana en los predios cuatro veces. En su penúltimo año de bachillerato tuvo matrícula condicional por estrellar un bus en una borrachera descomunal, y finalmente fue expulsado por indisciplina siete meses antes del grado. Habría tenido que validar si su padre no hubiera sido amigo del dueño de un colegio pequeño en el cual le graduaron con honores. Como era tradición en su familia, viajó un año por Europa para perfeccionar su inglés y graduarse de una institución escolar extranjera. Fue allí dónde se hizo amigo del futuro ex presidente, que había llevado una vida similar, con la salvedad de haber vivido en el palacio de Nariño ya una vez. Estudiaron en la misma universidad, y se hicieron grandes amigos a costa de repetir las mismas materias y hacer cursos de verano fuera del país, donde eran más fáciles de pasar.

Sea ye un individuo clase media baja cualquiera, con inteligencia 2N dónde N = inteligencia de equis, o sea 2N es una inteligencia relativamente promedio, o quizá un poco (poquísimo) superior al promedio de la población latinoamericana. Ye se habría destacado en su colegio de no haber sido por sus constantes ausencias a cuenta de tener que atender asuntos del negocio familiar. Tuvo problemas de disciplina al ejercer el legítimo derecho a la defensa personal cuando el matón de la escuela (dos años mayor) intentó acceder a su limitada mesada por medio de la intimidación física, y como en su colegio no había clase de inglés su único contacto con el idioma transnacional fue a través del cine, dónde rápidamente aprendió palabras como as-jol, san-a babish y moder foquer, entre otras.

Mientras equis hacía inmensos esfuerzos para levantarse e ir a clase después de parrandas con proporciones épicas de música electrónica (inconvenientemente situadas en la mitad de la semana) en un costosísimo posgrado en el exterior, ye debía dividir su tiempo entre el trabajo que había logrado conseguir en una pequeña empresa, asistir a un instituto de clases de inglés, y el cotejo de fútbol dominical. A su regreso del exterior equis obtuvo una distinguida posición en una empresa de un conocido, mientras ye había conseguido un puesto diferente en el cual debía trabajar más por el mismo sueldo.

Con la llegada a la Presidencia de su amigo, equis fue nombrado director de una agencia estatal encargada de controlar una infinidad de recursos nacionales y realizar un número indefinido de contrataciones en las que, a su vez, favoreció a sus amigos personales. Ye, en cambio, fue despedido por la recesión en la que entró el país por la mala presidencia, y al pretender ingresar al sector público (el único que parecía no estar en depresión por el alto número de contrataciones) no logró sino perder la inversión que hizo en papel e impresiones para hojas de vida. Con la llegada de un nuevo presidente (un número indeterminado de años después), se proclamó el final del clientelismo como técnica de contratación estatal y se aseguró la igualdad de oportunidades a través del concurso público, todo esto bajo el nombre de meritocracia.

Ye, emocionado, se preparó para aplicar a cuanto concurso se abriera y así empezar su vida laboral. Equis, por su parte, decidió aplicar a unos cuantos puestos que le serían útiles como trampolín electoral.

En una simple y llana hoja de vida, ye no tendrá ningún tipo de oportunidad. Ye será apabullado por los años de agasajos y despilfarro que equis vivió en el exterior. Equis, que con su inteligencia le resultaría difícil superar a ye hasta en un examen de orina, sería el claro ganador del concurso y la meritocracia no sería nada más que un nombre diferente para otorgar los cargos con fundamento político. Un verdadero programa de oportunidades debe incluir un examen de discriminación profesional. Un equivalente al Icfes para personas ya graduadas en el que se mida realmente la capacidad de trabajar. Es un examen que se hace más que necesario para múltiples finalidades, como otorgar becas y la sana competencia laboral, pero fundamentalmente acabar con la importancia política de la amistad.

*Antropólogo y humorista

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