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Opinión

  • | 2019/08/03 15:58

    Socialismo milenial

    ¿Por qué cada vez hay más jóvenes en Estados Unidos e Inglaterra que tiene una opinión positiva sobre el socialismo?

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Hace algunos meses, la revista británica The Economist le dedicó su portada a la irrupción, particularmente en Estados Unidos y Reino Unido, de líderes políticos con propuestas ubicadas bastante a la izquierda de donde se han situado las plataformas de los partidos Demócrata y Laborista en las últimas décadas. Denomina a este fenómeno “Socialismo Milenial”, en razón a que resuena con ciertos aspectos del espíritu de nuestra época, y a la acogida que ha recibido entre los jóvenes. Según una encuesta de Gallup, un 51 por ciento de los norteamericanos entre los 18 y los 29 años (nacidos después de la caída del Muro de Berlín) tiene una opinión positiva sobre el socialismo.

 Aunque esta acepción contemporánea del término luce algo difusa en materia doctrinaria y contiene múltiples variantes, sin duda dista mucho del socialismo ‘real‘, marxista-leninista. De hecho, en sus llamados a incrementar los impuestos a las personas más ricas, subir el salario mínimo, universalizar el aseguramiento público en salud (ya vigente en el Reino Unido), dar participación a los trabajadores en los órganos de decisión de las empresas y ampliar el rango de acción de los gobiernos en el frente climático, por ejemplo, tiene bastante más en común con los postulados de los partidos socialdemócratas de los países de la Europa continental (y con los gobiernos laboristas de la posguerra británica hasta Blair).

 El fenómeno resulta más novedoso en Estados Unidos, donde la palabra “socialismo”, así se apellide “democrático”, ha sido tradicionalmente anatema. El semanario inglés aduce como razones del resurgimiento de una izquierda más asertiva en ese país el indiscutible aumento de la desigualdad en las últimas cuatro décadas, la amenaza creciente de desórdenes climáticos asociados al alto consumo de hidrocarburos y la creciente influencia del dinero privado en la política. A estos habría que añadir los pésimos resultados del país del norte en materia de salud y de violencia en comparación con sus pares, atribuibles a la precariedad de su red de seguridad social y a la laxitud de su regulación de las armas de fuego.

 Si bien comparte en buena medida esta prognosis y le parece “refrescante” la disposición de estos movimientos a cuestionar a un statu quo que enfrenta serios desafíos, The Economist, de corte liberal, conceptúa que en muchos frentes, y sobre todo en sus propuestas más radicalmente estatistas, fallan en las recetas. A su modo de ver, estos “socialistas democráticos” pecan de una fe desmedida en la incorruptibilidad de la acción colectiva y de una desconfianza injustificada en la capacidad y autonomía del individuo. Además, señala que al tirar a las bases Demócratas a la izquierda pueden estar pavimentándole el camino de la reelección a Trump.

 Al margen de que en Colombia la “narrativa socialista” ha tenido históricamente más influencia que en Estados Unidos (“el que de joven no es comunista no tiene corazón …”), el lector reconocerá paralelos con el surgimiento en el panorama nacional de candidatos presidenciables viables con posiciones enfáticamente izquierdistas, a pesar del espejo del desastre venezolano.

 Hay quienes creen que la manera de contrarrestar esta tendencia es la reificación, ya no del estado, sino del mercado, como panacea. La persistencia de la pobreza y las desigualdades, en un entorno de control territorial altamente imperfecto, y los retos supranacionales como el cambio climático, que requieren de la acción coordinada de los gobiernos, significan que no solo seguirán siendo factibles los candidatos de tendencia estatista, sino que necesariamente una oposición efectiva deberá versar sobre cómo tener un mejor, y no un menor, estado.  

 

 

 

  

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