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Opinión

  • | 2002/07/15 00:00

    Super Sam. Por: Joseph Nye*

    ¿Podrá Estados Unidos mantener su preponderancia cultural, su fuerza militar y su potencia económica a lo largo del siglo XXI?

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El 28 de mayo de 2002 la Otan le dio formalmente la bienvenida a la Federación Rusa como participante en la alianza mediante la creación del Consejo Otan-Rusia. A través de este consejo Rusia cooperará con los aliados de la Otan como un socio en igualdad de condiciones para presionar tópicos urgentes de la agenda internacional, incluyendo contraterrorismo, manejo de crisis, mantenimiento de la paz, defensa aérea y operaciones militares conjuntas.

La declaración firmada por los líderes de la Otan subrayó el redescubierto espíritu de cooperación y una amplia gama de intereses comunes compartidos por la alianza y Rusia en su línea de apertura: "En el comienzo del siglo XXI vivimos en un mundo nuevo y estrechamente relacionado en el que nuevas amenazas y retos sin precedente exigen respuestas cada vez más unidas".

El consejo Otan-Rusia es un poderoso símbolo de cómo la política internacional se ha transformado desde el final de la Guerra Fría. La idea de unir a la Otan y a Rusia a través de un marco institucional tan concreto era visto con escepticismo por todas las partes hasta hace unos pocos años y hubiera sido imposible hace una década.

Devolvámonos a hace 20 años, cuando la revista SEMANA fue creada. El mundo estaba dividido en un sistema internacional bipolar en el que cada país era afectado por la competencia entre las dos superpotencias. Estados Unidos y la Unión Soviética parecían enzarzados en una lucha competitiva sin final a la vista. Aunque algunos expertos han discutido esto, retrospectivamente, el ascenso de los movimientos de reforma en Europa del este como Solidaridad en Polonia, el vacío de liderazgo en el Kremlin y las dificultades que los soviéticos afrontaron en Afganistán en los años 80 fueron tempranos signos de alerta de la decadencia soviética, nadie predijo el rápido colapso del Bloque Soviético y el final de la Guerra Fría menos de una década después.

Aunque los analistas fallaron en predecir su rápido declive -de hecho algunos erróneamente predijeron un declive norteamericano- la separación de la Unión soviética en 1991 dejó un poder norteamericano desequilibrado y un mundo que muchos llamaron unipolar o hegemónico.

Hoy, la disparidad entre el poder norteamericano y el resto del mundo parece verdaderamente enorme. En términos de poder militar, Estados Unidos es el único país que cuenta tanto con armas nucleares como con fuerzas convencionales de alcance global. La capacidad militar norteamericana es más grande que la de los siguientes ocho países combinada. Económicamente, Estados Unidos tiene un 27 por ciento de participación del producto mundial -aproximadamente el equivalente a los tres siguientes países combinados (Japón, Alemania y Francia)-.

Estados Unidos es el domicilio de 59 de las 100 más grandes compañías en el mundo y de siete de los 10 mayores vendedores de software. "Lo que ha parecido mantener a Estados Unidos de manera segura en los primeros lugares han sido sus tradicionales fortalezas -un enorme mercado común que promueve la competencia, una divisa estable y un sólido sistema financiero- unidas al rápido progreso tecnológico en su sector de información tecnológica." Y en términos de poder atractivo o 'blando', Estados Unidos es, con mucho, el mayor exportador de cine y televisión en el mundo y atrae el mayor número de estudiantes extranjeros por año.

¿Puede este nivel de dominación continuar? Particularmente en el terreno económico es poco probable. Como la globalización estimula el crecimiento económico en los países pobres, que pueden aprovechar la nueva tecnología y los mercados mundiales, su porción en el mercado mundial debería incrementarse, similar a los países de Asia del Este en las décadas pasadas.

Si Estados Unidos y otros países ricos crecen un 2,5 por ciento por año pero los 15 mayores países en vías de desarrollo crecen entre 4 y 5,5 por ciento por año "dentro de 30 años más de la mitad del producto bruto mundial estará en países que hoy son pobres, mientras los miembros actuales de la Oecd verán su participación caer del 70 por ciento del total mundial a un 45 por ciento. La participación de Estados Unidos cae de alrededor de un 23 por ciento a un 15 por ciento".

Desde luego, proyecciones tan lineales pueden ser frustradas por cambios políticos y sucesos imprevistos y el crecimiento en los países en vías de desarrollo puede no ser tan rápido, pero sería sorprendente si la participación de Estados Unidos no disminuyera algo -aunque lentamente- en el transcurso del siglo XXI.

Además de lo que probablemente sea un proceso de relativa decadencia gradual del poder económico de Estados Unidos en el transcurso del siglo XXI, otros cambios importantes están afectando la distribución global de poder, incluyendo el aumento de la importancia de las ONG, que varían en forma desde organizaciones internacionales como el FMI y la OMC hasta corporaciones multinacionales y redes transnacionales, tales como los grupos terroristas. Después del colapso de la Unión Soviética algunos han descrito el mundo resultante como unipolar; otros como multipolar.

Ambas descripciones carecen de algo, porque se refieren a diferentes dimensiones de poder que ya no pueden ser asumidas como homogenizadas por el dominio militar. La unipolaridad es engañosa porque exagera el nivel en el que Estados Unidos es capaz de obtener los resultados que desea en algunas dimensiones de la política mundial, pero la multipolaridad es engañosa porque implica varios países más o menos iguales.

En cambio hoy el poder está distribuido entre países en una estructura que se parece a un complejo juego de ajedrez tridimensional. En el tablero de ajedrez superior el poder militar es en gran medida unipolar. Como hemos visto, Estados Unidos es el único país con armas nucleares intercontinentales y las más grandes y avanzadas fuerzas aéreas, navales y terrestres, capaces de despliegue global.

Pero en el tablero central el poder económico es multipolar, con Estados Unidos, Europa y Japón representando las dos terceras partes del producto mundial, y con el dramático crecimiento de China, que probablemente la convierta en un jugador importante a principios del siglo. Como hemos visto, en este tablero económico Estados Unidos no es una hegemonía y a menudo debe negociar como igual con la Unión Europea.

Esto ha llevado a algunos observadores, como Samuel Huntington, a llamarlo un "mundo híbrido unimultipolar". Pero la situación es aún más complicada y difícil de captar con la tradicional terminología del balance del poder entre Estados. El último tablero es el terreno de las relaciones transnacionales que cruzan fronteras fuera del control gubernamental. Este campo incluye actores tan diversos como banqueros transfiriendo electrónicamente sumas más grandes que la mayoría de los presupuestos nacionales en un extremo, y terroristas transfiriendo armas o perturbando las operaciones de Internet en el otro. En este último tablero el poder está ampliamente disperso y no tiene sentido hablar de unipolaridad, multipolaridad o hegemonía.

Por su destacado papel en la revolución de la información y sus pasadas inversiones en fuentes tradicionales de energía, Estados Unidos probablemente continuará siendo el país más poderoso del mundo hasta bien avanzado el nuevo siglo. Mientras potenciales coaliciones para controlar el poder norteamericano podrían crearse, sería poco probable que se convirtieran en alianzas firmes a menos que Estados Unidos actuara de una manera dominante y unilateral que socavara su poder blando.

Como Joseph Joffe ha escrito, "a diferencia de los siglos pasados, cuando la guerra era el gran árbitro, hoy los más interesantes tipos de poder no salen del cañón de una pistola?Hoy se obtiene un mucho mejor resultado de 'hacer que los otros quieran lo que usted quiere', y eso tiene que ver con atracción cultural y ajuste de ideología y agenda y con ofrecer grandes premios por cooperación, como la inmensidad y sofisticación del mercado norteamericano". Estados Unidos podría desperdiciar este poder blando por un unilateralismo autoritario.

Al mismo tiempo, esta distribución más compleja del poder y el ascenso de actores no gubernamentales en el siglo XXI significa que hay más y más cosas fuera del control de, incluso, el estado más poderoso. Aunque Estados Unidos does well en las tradicionales medidas del poder, cada vez suceden más cosas en el mundo que esas medidas no consiguen capturar. Bajo la influencia de la revolución de la información y de la globalización ni siquiera el Estado más fuerte puede lograr todas sus metas internacionales actuando solo. En este sentido, el 11 de septiembre de 2001 dramatizó un cambio que ya estaba ocurriendo en la política mundial. Estados Unidos carece de la habilidad para resolver conflictos civiles complejos - por ejemplo, el terrorismo y la violencia en Colombia misma-, si bien está preparado para ayudar. Tampoco puede Estados Unidos controlar por sí solo transacciones transnacionales que amenacen a los norteamericanos en su territorio. No existe alternativa a movilizar coaliciones internacionales, incrementar la coordinación intergubernamental y construir instituciones efectivas para abordar amenazas y desafíos comunes. Como lo ha escrito un observador británico, "la paradoja del poder norteamericano al final de este milenio es que es demasiado grande para ser desafiado por cualquier otro Estado, pero no lo suficientemente grande para resolver problemas como el terrorismo global y la proliferación nuclear. Norteamérica necesita la ayuda y el respeto de otras naciones".

Este artículo contiene algunas tesis de mi más reciente libro:The Paradox of American Power: Why the World`s only Superpower can't Go It Alone (Oxford 2002). n
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