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Opinión

  • | 2003/11/17 00:00

    Terrorismo para todos

    No es llevando tanques, aviones, soldados y misiles como se pueden contagiar los avances morales conseguidos en Occidente

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Del rey Jaled de Arabia SaudI, uno de los aliados de Estados Unidos en Oriente Próximo, se cuenta una historia impresionante. Este potentado acostumbraba viajar en su propio 747 y allí disponía de una sala de oración que rotaba mediante giróscopo para que estuviera siempre orientada hacia La Meca. Como el rey sufría del corazón, el segundo piso del Jumbo había sido convertido en una unidad de cuidados intensivos especializada en problemas cardíacos. Pero había algo más: con el rey viajaba un donante vivo, dispuesto a sacrificarse en todo momento por su amo y señor. Al fin el rey se murió de un infarto fulminante (no hubo tiempo de sacarle el corazón al siervo) en uno de los baños de su propio palacio, pero esta historia -que parece leyenda- ilustra muy bien la visión del mundo que impera en las monarquías de los países árabes. La tecnología de punta, allí, es contemporánea de un servilismo y de una ideología medievales.

Hablar de democracia en ese mundo, de libertad religiosa, de derechos de la mujer o de elecciones generales, es algo que les puede sonar tan lejano, irreal y absurdo como le habría sonado a Isabel la Católica una propuesta de libertad de culto para los españoles (incluidos judíos y musulmanes), o como le habría sonado al Rey Sol la idea de que en Francia se votara cada siete años para elegir a un nuevo monarca con los votos de la plebe. Es algo que no cabe en su visión del mundo.

Si aceptamos que Estados Unidos invadió a Irak para derrocar a un tirano, combatir el terrorismo y llevar la democracia a esa esquina del mundo, hay que decir que el único objetivo que han conseguido hasta el momento es el primero: Hussein está derrotado y escondido. En cuanto a lo segundo (combatir el terrorismo) el efecto ha sido exactamente el contrario: la acción militar ha multiplicado por 100 el terrorismo en esa zona del mundo, con grave peligro de contagio a toda la región. Lo cual está íntimamente ligado con el tercer problema, es decir, con la posibilidad de exportar e imponer por las malas el sistema democrático.

No basta la apabullante superioridad militar para obligar a un cambio completo de costumbres y de mentalidad. El trasplante artificial de la democracia produce -en los países nunca aclimatados a un ambiente de libertades- una instintiva reacción de rechazo. Los ejércitos invasores, cristianos y supuestamente democráticos, son percibidos de inmediato como un cuerpo extraño por los habitantes de esas naciones. La mezcla explosiva de modernidad, fuerza bruta y religión provoca una repulsa inmediata. Una imposición externa de otro modelo y de otro momento histórico lleva a un desajuste tan grande, a una ruptura tan radical de todos los equilibrios tradicionales (algo que sólo se obtiene a lo largo de siglos), que el resultado es el caos. En ese escenario la única estrategia militar vencedora sería el exterminio del contrincante, pero nuestra conciencia moral actual no admite un genocidio, y así el resultado son posguerras larguísimas, con un costoso ejército de intervención puesto en jaque perpetuo por cientos de células fanatizadas y suicidas.

Si observamos la historia de Occidente vemos que la democracia y el liberalismo se impusieron muy despacio, tan despacio que todavía no se han terminado de imponer ni siquiera en Europa. Para llegar a un régimen de libertades individuales se requiere un Siglo de las Luces, grandes hombres como Voltaire y Diderot, varias revoluciones, cabezas de monarcas. La tolerancia religiosa, la posibilidad de no creer en todo lo que dice la Biblia, fue una conquista intelectual lenta y dolorosa. En el mundo islámico todavía no se puede poner en duda una sola sílaba del Corán.

No es llevando tanques, aviones, soldados y misiles como se pueden contagiar algunos avances morales conseguidos en Occidente. Lo que habría que llevar es el virus del libre examen, de la libertad de conciencia y expresión, el acceso general a la educación, la liberación femenina. Lo cual no requiere sanguinarias invasiones relámpago, sino una lenta y paciente penetración cultural, condimentada con seducciones comerciales y tecnológicas.

La línea dura de Bush está produciendo todo lo contrario: un total descrédito de los valores que Occidente dice profesar; una desconfianza radical en todo el mundo islámico; y lo peor, un auge sin precedentes del mismo mal que los norteamericanos querían exterminar. El mundo es mucho más inseguro y está mucho más azotado por el terrorismo desde que Bush resolvió invadir Irak. Así como Israel consiguió (con sus métodos militares a ultranza) unificar a los comunistas palestinos con sus adversarios del radicalismo islámico, así mismo Estados Unidos ha conseguido unir el nacionalismo del partido Baath iraquí con el ala más fanática del integrismo musulmán. En el intento por modernizar a la fuerza a Irak y a Afganistán, Estados Unidos sólo ha conseguido alborotar el avispero de sunnitas y chiítas, de Al Qaeda y Hamas. El resultado, un recrudecimiento generalizado del terrorismo, no podría haber sido peor.
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