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Opinión

  • | 2002/04/15 00:00

    Terrorismo

    Los terroristas de Colombia no han podido definir al enemigo -a no ser que el enemigo sea el angelito que vendía dulces en Villavo

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Esta en el primer parrafo de la famosa Guía del Terrorista que John Most publicó el 15 de noviembre de 1884: “Hemos dicho cien veces que cada acción del revolucionario debe buscar la destrucción del enemigo y la propaganda para su causa”.

Fue lo que hizo Al Qaeda con su feroz ataque del 11 de septiembre. Lo que hizo Ayal al-Akhras, la adolescente palestina que hace unos días voló un mercado de Jerusalén. Lo que hacen los asesinos de la ETA, los del IRA, los de Abu Nidal, los armenios de Asala, los japoneses de Chukaku-ha, los Devsol de Turquía, los eritreos del ELF, los chipriotas de Eoka, los tamiles del Telo, los macedonios del Imro, lo que hacían las Baader-Meinhof en Alemania, los brasileños de Carlos Marighella, los tupamaros de Uruguay o las Brigate Rosse en Italia.

Pero no es lo que hacen las Farc, el ELN, las AUC, “La Terraza”, la Jega, los narcos, “Patria Primero” y todas esas otras, de veras, “fuerzas oscuras” que aquí se reparten la autoría presunta de las bombas, los petardos y los muertos. Porque en Colombia el terrorismo no es como decía John Most, un acto de guerra o una acción de propaganda, no golpea al enemigo ni envía mensaje alguno.

Por eso los blancos carecen de valor intrínseco y simbólico. Por eso los caídos son gentes simples y anónimas que no se metían con nadie. Por eso nadie reclama para sí los atentados. Por eso faltan pruebas y sobran cábalas: que fueron las Farc, que los paras, que otra guerra de carteles, que lo del Meta huele a guerrilla, lo de Bogotá a derecha y lo del Parque Lleras a sicarios.

Y como falta mensaje, los terroristas se obstinan en que el medio sea el mensaje. Ni siquiera tenemos terrorismo; tenemos terrorismo degradado. Degradación en cuanto al afectado: el obispo de Cali, Chingaza, Carolina Haag, la niña de 6 años, o el angelito que vendía dulces en Villavo. Degradación en el procedimiento: el párroco que abalean mientras dice la misa en Argentina, Huila, el campesino que secuestran y devuelven como cadáver bomba en Sibaté, el petardo que estalla unos minutos antes para atraer curiosos a medianoche de un sábado.

Tampoco tenemos una estrategia contra el terrorismo, como no sea una estrategia degradada. Bush movió medio mundo y está por invadir el otro medio para eliminar la amenaza de Al Qaeda. Sharon está desafiando a todo el mundo para “deshacer la infraestructura” del terror palestino. Y aquí mientras tanto se oyen discursos del pobre Presidente, declaraciones oportunistas de los dos candidatos y sus “vices”, inculpaciones predecibles del Fiscal y los mandos militares, cuentas mezquinas de parte de los gremios, y la esperanza sorda, ciega y muda de que unos terroristas acaben con los otros terroristas.

Pues no estamos ni tibios. Cuando halcones como Bush y Sharon estiran del pescuezo la “legítima defensa” para invadir países y dar muerte a civiles, están violando el Derecho y alimentando el odio que engendra el terrorismo. Pero al menos no están persiguiendo a sus propios ciudadanos. Es la diferencia entre el terror doméstico y el internacional: el primero es cuestión de policía, el segundo de acción militar, el primero necesita de jueces, el segundo de hallar al gobierno “agresor”.

Dijo Sun Tsu que el primer secreto de la victoria es la identificación exacta del enemigo. Los terroristas de Colombia no han podido identificar al enemigo —a no ser que enemigo sea el angelito que vendía dulces en Villavo—: por eso los terroristas jamás podrán alzarse con “la victoria”. Pero los ciudadanos tampoco han podido aclarar quién es exactamente el enemigo:

—Algunos, tal vez la mayoría, piensan que el enemigo es la guerrilla;

—Otros muchos concuerdan con los gringos, cuyo enemigo en Colombia son las drogas;

—Y otros pensamos que el enemigo es la violencia por fuera de la ley, venga de donde venga la violencia.

Cada modo de definir al enemigo tiene su implicación respecto de los medios, las alianzas y el objetivo final de las acciones. Unos razonan que ante la emergencia no hay que pararse en pelos, que el enemigo del enemigo es un amigo, y que las cargas se compondrán más adelante. Otros creemos que no se puede destruir el Estado de Derecho para salvar el Estado de Derecho, que el Estado no tiene amigos al margen de la ley y que la victoria consiste en que no existan fuerzas armadas sino las del Estado.

Así que en vez de frases vagas y vacías, hablemos de la movilización nacional contra el terrorismo sobre los dos pilares posibles en el mundo civilizado: el de la inteligencia policial y el de las cárceles seguras.
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