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Luis Carlos Vélez. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

Trampas presidenciales

El presidente Petro tendrá que hacer un esfuerzo para ejercer el poder desde el ejemplo y el respeto. El ejemplo que se marca con el autocontrol, la humildad y la disciplina.

Por: Luis Carlos Vélez

La Casa Blanca no cambia a las personas, amplifica sus defectos y multiplica sus virtudes. Es un lente magnificador de la personalidad de aquellos que son bendecidos con la dignidad de ocupar una de las oficinas de mayor poder en el mundo. De esta manera, el expresidente Barack Obama describe el poder que tiene la Oficina Oval en su libro Una tierra prometida.

Para ejercer el poder hay que tener la cabeza bien puesta. Es la única garantía de que los deseos más profundos del ser no terminen secuestrando la razón y los objetivos trazados durante toda una carrera. La búsqueda de maneras de domar esas hambres que se desatan cuando se llega a lo más alto ha llevado a múltiples académicos a estudiar los riesgos del liderazgo. Entre los profesores más destacados están Ronald Heifetz y Marty Linsky, profesores de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. Uno de sus libros más citados se llama Liderazgo en la línea. Cómo mantenerse vivo a través de los peligros de liderar. Totalmente recomendado.

Heifetz y Linsky dedican un capítulo completo al manejo de las hambres de poder. Aseguran: “De nuestra propia y dolorosa experiencia personal, sabemos que la manera más limpia para que una organización te derribe, es dejar que te derribes a ti mismo”. Una advertencia que aumenta su importancia a medida que se asumen posiciones de poder como la propia presidencia.

“A veces nos derribamos a nosotros mismos al olvidar que debemos prestarnos atención. Nos quedamos trabados en la causa y olvidamos que liderar es, en el fondo, una actividad personal. Nos reta intelectual, emocional, espiritual y físicamente. Pero con la adrenalina fluyendo, podemos convencernos de que de alguna manera somos diferentes, no sujetos a las fragilidades humanas que vencen a mortales más ordinarios con misiones más ordinarias”, aseguran.

Los profesores identifican tres hambres peligrosas. El hambre de poder y control, el hambre de afirmación e importancia, y el hambre de intimidad y gozo. La primera hace referencia al deseo desaforado de querer que todo funcione como se desea. De querer imponer una manera de funcionamiento, desconociendo potenciales violaciones de procedimientos, leyes o ética, por el solo hecho de estar convencido de que se está en lo correcto.

La segunda se refiere a la necesidad que tienen algunos de rodearse de gente que continuamente dé golpes de espalda y celebre a rabiar los pensamientos y acciones propias. Una exageración de esta autocomplacencia generalmente lleva a los líderes a rodearse de un comité de aplausos que apoya sin criterio o evaluación.

Y la tercera está relacionada con la falta de disciplina, y que lleva a aquellos que se encuentran con el poder, ya sea producto de un trabajo largo y doloroso, o de manera sorpresiva, a celebrar sus victorias y posición, desatando demonios insaciables.

Uno de los ejemplos que los autores usan en el libro es la experiencia del expresidente de EE. UU. Bill Clinton, quien, al llegar al poder en 1993, asumió el control del país agotado y con déficit de sueño. Relatan que el exmandatario usó el tiempo entre su elección y posesión trabajando, jugando y celebrando, lo que lo llevó a tener un arranque de administración a lo menos tortuoso. Más adelante, relata el libro cómo Clinton cayó en las redes del deseo. Una vez estuvo alejado de su equipo de trabajo y quedó en manos de un grupo de practicantes aduladores, terminó siendo protagonista de uno de los episodios más vergonzosos en la historia de la presidencia de EE. UU.

Lo que nos trae a Colombia. El presidente Petro tendrá que hacer un esfuerzo para ejercer el poder desde el ejemplo y el respeto. El ejemplo que se marca con el autocontrol, la humildad y la disciplina. No se puede empezar una relación con las FF. MM. dejándolas plantadas el día de la celebración más importante del año, no se puede pretender la construcción de puentes con los empresarios con una clase de dogmas económicos y no se puede hacer nombramientos sin consultar a los expertos legales de Palacio para conocer si hay inhabilidades.

Lo mínimo que se espera de un mandatario es que sea puntual, esté abierto al diálogo y reconozca que nunca se puede saber todo de todo. El nuevo jefe de Estado debe reconocer que, como la Casa Blanca, el Palacio de Nariño magnificará toda su personalidad. Ojalá todo esto sea una “primiparada” para concentrarnos en el fondo, aunque la forma, como en este caso, hable a gritos.