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Opinión

  • | 1996/05/13 00:00

    UN CULPABLE INOCENTE

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El caso del canciller Rodrigo Pardo es excepcional. Reúne todos los requisitos incriminatorios en el esquema del proceso 8.000: estuvo en el lugar del delito, se codeó con el grupo que diseñó y ejecutó el delito, y estuvo presente en el momento en el que se cometió el delito. Eso haría un culpable, aquí y en Cafarnaún.Sin embargo, Rodrigo Pardo es un hombre inocente.De todos quienes rodearon al Presidente en la época de los escandalosos hechos de la campaña, es Pardo el que tiene un comportamiento más parecido al resto de la opinión pública colombiana, en cuanto al proceso que casi todos vivimos y que corresponde a la siguiente ecuación: publicación de los narcocasetes incredulidad confesión de Medina duda confesión de Botero certeza. Aunque Pardo puede no haber completado todavía esta ecuación hasta el final, lo que sí es obvio es que comenzó a recorrerla al mismo tiempo que el resto del país: enterándose a través de los medios de comunicación de que, según unas conversaciones grabadas, había algo muy turbio en relación con los dineros de la campaña de Samper. Lo prueba el asombro que le produjo la primera vez que los escuchó, que fue tarde, en relación con el conocimiento que tuvieron de ellos Samper y otros de sus allegados. A Pardo no le contaron de su existencia: por algo sería.Si muchos de nosotros pensamos entonces que se trataba de un montaje ante la gravedad del delito que revelaban estas grabaciones, no podemos extrañarnos de que Rodrigo Pardo hiciera lo propio, con mayor razón frente a los principales implicados, el propio candidato y amigo y el staff principal de la campaña.Salvo por algunas insinuaciones bastante débiles de Botero, quien sostiene que Pardo tenía que saber, porque él ordenaba la publicidad y en alguna oportunidad le hizo entrega de una elevada suma de dinero, nadie cree realmente que Pardo hubiera participado en el proceso de recepción de los narcodineros. Los interrogantes acerca de su conducta surgen después, porque, a diferencia del resto de los colombianos, Pardo se movía en un círculo donde el asunto de los narcocasetes no se discutía con asombro de espectador sino con terror de implicado. Es decir, que pertenecía a aquel sector del gobierno que gobernaba para que las cosas no se supieran. Y en ello radica el reclamo esencial de la Fiscalía contra el actual Canciller: que Pardo no sabía, pero que tuvo que saber en un determinado momento, a partir del cual colaboró para encubrir.Eso es lo que hace dramático el caso de Pardo: que por el hecho de haber seguido en el gobierno, y de no haber presentado una renuncia cuando todavía podía poner a salvo su conducta, los investigadores puedan suponer que encubrió. Pero no fue así. Su proceso de convencimiento de los hechos fue lento, influido en esa lentitud por la absoluta coherencia con la que Samper insiste en privado en su inocencia, versión que a un ciudadano corriente le cuesta menos trabajo poner en duda que a un amigo íntimo. Pero además, Pardo cayó, cuando ya era inevitable comenzar a creer que la plata sí había entrado, en la ingeniosa versión inicial de Botero de que era Medina el autor intelectual y material de los hechos. Y con estas dos versiones en el bolsillo, la de Samper y la de Botero, Rodrigo Pardo se concentró en hacer una buena Cancillería, que teniendo en cuenta las circunstancias consistía en que los narcocasetes le hicieran el menor daño posible a Colombia ante el resto del mundo.Personalmente he visto y oído a Rodrigo Pardo escandalizarse hasta las entrañas ante el hecho de que entraron dineros del narcotráfico a la campaña, cosa que considera "una catástrofe". Nadie ha oído a Samper hasta ahora hacer un reconocimiento semejante. Lo he visto repasar una por una sus funciones en la campaña, que no incluyeron jamás el pago de facturas, y reconocer que la versión que le vendieron fue la de que los recursos con los que contaba la campaña provenían de la generosa contribución de los grupos económicos, algo factible de creer para quien, como Rodrigo Pardo, se ocupaba de manejar egresos y no ingresos. Y lo he visto considerar muy seriamente la posibilidad de su renuncia ante la realidad responsable de que un ministro indagatoriado no puede ser un buen Canciller.Las únicas cosas por las cuales se podría condenar a Rodrigo Pardo no son penales. Ingenuo, bueno, tímido, leal, amigo, con un 'demasiado' puesto al lado de cada una de estas características.Por eso duele la posibilidad de que, ante una medida de aseguramiento que pueda dictar la Fiscalía, no convencida de la inocencia del Canciller, el presidente Samper, que sabe perfectamente que Rodrigo Pardo no sabía, y que por consiguiente tiene en sus manos la 'prueba reina' de su inocencia, sencillamente opte por reemplazar a su Ministro de Relaciones por otro Ministro, cuando llegue el momento. Así funcionan las cosas de fácil en el universo del "aquí estoy, y aquí me quedo".Ojalá la Fiscalía pueda sacar, de las declaraciones de Pardo, la conclusión de que está ante un hombre que hizo todo el itinerario de los otros culpables, siendo totalmente inocente.
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