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Opinión

  • | 1994/08/29 00:00

    UN EMPALME DE ATAQUE

    Lo único que está pasando es que un gobierno se acabó y viene el siguiente, y que entre uno y otro hay un abismo conceptual

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El correo eficientísimo de los chismes chismes está saturado de versiones acerca de un enfrentamiento fuerte entre los samperistas y los gaviristas Los rumores hablan de un clima bastante frío en el seno de las comisiones de empalme, y hay quienes sostienen que en algunos casos la frialdad ha llegado a ser fisico hielo, y en otros una calentura cercana a la temperatura a la que los líquidos comienzan a hervir.
En esto, como en casi todo, hay tanto de mito como de realidad. Es cierto que hemos visto empalmes más tranquilos. El episodio de los narcocasetes irritó bastante la situación, pues sin darle tiempo al presidente electo para que durmiera una sola noche en paz, lo puso de buenas a primeras a defenderse de unas acusaciones cuyas primeras versiones lo ponían casi al nivel del general Noriega.
El problema fue que el correo de las brujas detectó una corriente -que al comienzo fue clandestina y luego se volvió un poco más explícita-, según la cual el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Colombia se debía a la falta de eficiencia en materia de cabildeo del embajador Gabriel Silva. ¡Quién dijo miedo! Aparte de lo injusto de la acusación, ese planteamiento tiene el riesgo de ser una invitación a aterrizar la discusión. Y en ese aterrizaje tiene mucho más que ganar el gobierno que termina: muestra entre sus logros positivos nada menos que la eliminación del cartel de Medellín, y en materia de lobby se dio el lujo de implementar la política de sometimiento a la justicia y soportar la fuga de Pablo Escobar sin que el gobierno de Estados Unidos hubiera dicho esta boca es mía. Por eso, y porque Gaviria, Noemí Sanín y Gabriel Silva asumieron como propia la indignación por los narcocasetes, resulta justificada la indignación de los funcionarios salientes con el asunto.
En Defensa también ha habido roces, aunque no entre los ministros ni las comisiones de empalme. Salvo el incidente tras la malévola insinuación de que Rafael Pardo le habría podido entregar los narcocasetes a la gente de Andrés Pastrana, a ese nivel no ha habido mayores problemas. Sin embargo, las referencias de algunos militares al nuevo gobierno no son del todo apacibles, en especial en lo que tiene que ver con el anuncio de los diálogos regionales con la guerrilla. Además, el recuerdo de la participación aguda de Fernando Botero en la comisión parlamentaria que investigó la fuga de Pablo Escobar es una herida que poco a poco sana, pero no sana del todo. Y a esto se le agrega un sentimiento que se resume en una frase que oí en días pasados: "Hay que hacer un esfuerzo para dejarse mandar de un ministro con edad de capitán ". Lo cual puede ser incómodo, pero no grave.
Sin embargo, la recia postura de Botero en el tema de orden público, en contraste con la de Horacio Serpa, más permisiva, le da puntos al primero frente a los militares, y la combinación de posiciones divergentes, que tanto se le criticó en la campaña electoral, le puede resultar útil a Samper como estrategia de mano tendida y pulso firme en la administración del complicado asunto de la paz.
En el manejo de la hacienda pública, los enfrentamientos han sido más explícitos pero también más explicables. Se trata de dos criterios bastante contradictorios sobre cómo se deben enfrentar temas neurálgicos de la economía, y hasta que no llegue el acto de posesión, el 7 de agosto, Rudolf Hommes, el cancerbero de la administración Gaviria, se siente en su derecho (y lo tiene) de marcar todavía su territorio.
Y el último, pero no el menos importante, es el que se está dando en materia de Comunicaciones. La línea de privatizaciones jalonada por Armando Montenegro y su equipo puede estar a punto de dar un frenón en seco frente a un Samper mucho más protector de los privilegios de las empresas estatales. Aunque, para hacer honor a la verdad, William Jaramillo ya había empezado a desacelerar este proceso, mediante el curioso sistema de escalafonar al sector privado en el campo de las comunicaciones de acuerdo con una tabla subjetiva de afectos y antipatías.
Pero nada de todo esto es preocupante. Lo único que está pasando es que un gobierno se acabó y viene el siguiente, y que entre uno y otro hay un abismo conceptual en temas fundamentales. Esto no tiene por qué asustar a nadie. Más que por sus posturas ideológicas, un gobierno bueno se diferencia de uno malo en que el primero le impone un rumbo específico al Estado y el segundo se deja llevar por las circunstancias. Y el presidente bueno es el que improvisa salidas exitosas a las crisis casi diarias de un país como Colombia. El de Gaviria demostró que fue de los buenos. Vamos a ver qué pasa con Samper. -
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