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Opinión

  • | 1998/10/05 00:00

    UN MINISTRO SERIO

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Desde su difícil posición en el ojo del huracán, Juan Camilo Restrepo se decidió a tomar las primeras medidas de ajuste económico que constituyeron, según muchos expertos, una operación de alta cirugía, con una gran dosis de arrojo personal. Pero de inmediato el Ministro, a quien hasta la semana pasada se le criticaba por no haber hecho nada y andar recostado sobre la crisis que había dejado el gobierno anterior, comenzó a ser criticado por todo lo contrario: por haber actuado.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), por ejemplo, salió volando a pedir mesura en la devaluación. O sea, a señalar a Juan Camilo por haber tomado una medida precipitada. Al contrario del Fondo, algunos miembros de la Junta del Banco de la República, como el economista Salomón Kalmanovich, opinaron que las primeras medidas de ajuste resultaron demasiado tímidas, y que no se está poniendo el suficiente énfasis en el ajuste fiscal que requiere la situación.
A ese "palo porque bogas, y palo porque no bogas", hay que sumarle lo demás: el presidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) asegura, en representación de los trabajadores, que no le gusta ninguna de las medidas económicas que se han tomado ni las que se van a tomar. El Congreso advierte que "no le jala" a la estrategia de elevar los recaudos fiscales aumentando la cobertura del IVA. Los pobres comienzan a sentir que los primeros 'paganinis' de la situación serán ellos. Los ricos se preparan a dar batallas monumentales para que sus productos no resulten gravados, o se les grave pero no mucho. En conclusión, no hay nadie contento con las medidas económicas, y eso que apenas empiezan. Todo el mundo está de acuerdo con que la crisis fiscal debe ser resuelta, pero nadie acepta que la solución deba pasar por sus predios, sino por los del vecino.
Por eso, el caso de Juan Camilo Restrepo, un hombre que viene de aspirar a ser presidente de la República, y que muy probablemente continúa aspirando, es uno de los más interesantes del momento.
Y es interesante, porque nadie en sano juicio consideraría que el Ministerio de Hacienda, en ninguna época pero menos en una como la actual, es el trampolín ideal para levantar solidaridades populares que alcancen para llegar a ser presidente.
Es cierto que César Gaviria fue lo uno y después lo otro. Pero a diferencia de Juan Camilo, cuando Gaviria estuvo en Hacienda no se le pasaba por la imaginación la posibilidad de ser presidente, no solo en muchos años, sino mucho menos en el período siguiente, y ello le permitió adelantar un ministerio no dependiente de que sus medidas fueran o no populares.
En cambio, las aspiraciones presidenciales de Juan Camilo son para ya. Para 2002. ¿Cómo conjugar esas aspiraciones con la inevitable consecuencia de pisar toda clase de callos, como le corresponde a un ministro de Hacienda responsable en tiempos de crisis?
Las posibilidades presidenciales han dependido tradicionalmente en Colombia de uno o de dos factores: la maquinaria yo el voto de opinión. Pero la seriedad, que es el principal activo de Juan Camilo, normalmente no hace presidentes en Colombia. Con el agravante de que esa seriedad apenas es reconocida por un pequeño grupo de personas que por lo general se expresan en los medios escritos, donde queda consignado el respaldo a unas medidas económicas que no obstante lo impopulares, se consideran vitales para el futuro del país. En los demás medios de comunicación, como la radio o la televisión, los que hacen bulla no son los que defienden la seriedad del Ministro sino los que se quejan de las medidas que tomó. Por eso no está tan claro qué tan rentable pueda ser jugarse las posibilidades del prestigio político contando con que ese pequeño grupo de personas dispuesto a escribir en los periódicos sobre la seriedad del Ministro de Hacienda haga las veces de agente multiplicador de su imagen ante la opinión.
Que actualmente las aspiraciones presidenciales de Juan Camilo estén montadas en su seriedad y basadas en los resultados económicos que lleguen a obtener sus medidas, que además tienen que resultar productivas no sólo en el campo fiscal, sino en el monetario y en el cambiario, hace que su caso sea todavía más admirable. Observarlo actuar de Ministro delegatario produce una gran tranquilidad, pero al mismo tiempo una enorme solidaridad por quien en los próximos meses estará atacado por todos los flancos posibles: queriendo llegar al máximo cargo del Estado, ha aceptado asomarse al proceso por la ventana menos vistosa de todas.
El tiempo dirá si en Colombia, los hombres serios como Juan Camilo, todavía tienen futuro.
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