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Opinión

  • | 1993/12/20 00:00

    Un pionero

    Fernando Gómez había resuelto pasarse por la faja su expectativa de vida y hablaba del futuro de la televisión como si tuviera todo el tiempo del mundo.

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ENTRE LAS MUCHAS COSAS DESTACABLES de la vida de Fernando Gómez Agudelo, la que más se resaltó siempre fue la de haber sido el hombre que trajo la televisión a Colombia. Las fotos en blanco y negro del joven Gómez con sus inmensos televisores de tubos y sus mamotretos de transmisión, al lado del general Rojas Pinilla y de los altos funcionarios de la época, forman parte desde hace 40 años de los hitos de la cortísima historia de esta república parroquial.
Es difícil hablar de aquella época con los ojos de hoy.
En este momento es casi imposible imaginar un mundo sin televisión, y por eso no parece tan notable la tarea de quien la trajo al país en los años 50. Mirada con ojos de fin de siglo, la televisión habría llegado a Colombia con o sin la intervención de Fernando Gómez. Pero si esa misma pregunta se la hubiera hecho (como seguramente se la hizo) un colombiano en 1950, la respuesta hubiera sido que la televisión podía no llegar nunca al país, puesto que no era indispensable. Ni si quiera importante, porque hasta esa fecha se había podido vivir tranquilamente sin ella. Con un periódico, un cigarrillo y un radio era suficiente.
La tendencia humana más frecuente es la de ver al mundo y la ssciedad como algo terminado. Como un hecho cumplido.
Como una obra ajena. Esa visión obliga a acomodarse de la mejor forma posible a lo que ya hay, como quien se sube a un bus lleno de gente. Pero hay quienes ven las cosas de otra manera.
Hay gente que vé el mundo como algo en movimiento, que nunca está definitivamente formado, y por eso creen que todo puede ser cambiado siempre. Estos no ven la decoración sino el escenario. Estos últimos son los que creen que se puede hacer algo más cuando la mayoría de la gente está convencida de que todo está hecho ya. Son los que tienen alma de pionero, como Fernando Gómez Agudelo.
La última vez que lo vi, hace un par de semanas, estaba enfrascado en una discusión acalorada acerca del proyecto de ley sobre privatización de la televisión, que está tramitando el Congreso. Me impresionó mucho. Se trataba de un hombre enfermo y desahuciado. Un moribundo. Pero había resuelto pasarse por la faja la expectativa de vida que le habían pronosticado sus médicos y estaba hablando del futuro de la televisión como si tuviera todo el tiempo del mundo. Hablaba de aplicación de nuevas tecnologías, de ampliación de los mercados publicitarios, de nuevos esquemas de producción, de cubrimiento nacional, de conquista de nuevos horarios de transmisión... En su situación, lo lógico y lo sensato para muchos sería qué hacer para mantener el esquema vigente -sin importar cuál- durante el tiempo que le quedara de vida. No obstante, prefirió dar el paso hacía lo nuevo, rediseñar el escenario, independientemente de si él iba estar ahí para ver el resultado. Se trataba de una postura ante la vida, mientras hubiera. La actitud de Fernando Gómez en su ocaso es la misma que registran las fotos en blanco y negro de la época de Rojas Pinilla: la del pionero.
En el campo que él descubrió, implantó, lideró y gozó durante cuatro décadas, con su muerte se acaba de cerrar un ciclo que es el que corresponde al pasado. Quienes tienen ahora en sus manos la decisión sobre cuál será el esquema del futuro (parlamentarios, Gobierno, programadores) tienen la oportunidad de oro de hacerlo con el mismo criterio que inspiró el paso de Fernando Gómez por la televisión: diseñando algo nuevo y no reorganizando lo viejo. Como pioneros.
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