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Opinión

  • | 1988/08/08 00:00

    UNA BUENA Y UNA MALA

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"Eran conocidos en todos los clubes sociales de Bogotá... Personas de la alta sociedad, de buenos modales y relaciones,,.
(El Espectador, julio 7)

Los griegos lo llamaban hado. Es el destino. Los fatalistas dicen que cada quien nace con su destino marcado en la frente, como una cruz de ceniza, y que no hay manera de escaparse de él. Los cartesianos, que sólo creen en la razón, sostienen que cada persona se labra su propio destino día a día. Los cristianos, que partimos del principio de la fe, sabemos que el destino de pende del amor al prójimo, de las buenas obras, de la tolerancia y la humildad.

Parece mentira, pero el destino, que suele tener esas ironias, le jugó a Colombia una broma cruel la semana pasada: a la misma hora en que llegaba a Bogotá el nuevo cardenal, tres financistas de alto coturno se escapaban por la otra puerta, alzándose malamente con los ahorros de viudas, pensionados, empleados pobres y gentes anónimas.

Con monseñor Revollo, como lo anotaba la plumilla de Osuna, se ha cumplido el precepto biblico según el cual los que se humillen serán ensalzados. Lo conozco, soy su feligrés y, si no fuera una exageracion, diría que es mi amigo. Es, en todo caso, mi pastor. Lo reconozco y lo acato porque en este hombre se combinan, de forma magistral, el carácter recio y las buenas maneras.
Sonrie con mansedumbre, pero también sabe subirle el tono a la voz cuando hace falta.

De monseñor podran decirse muchas cosas. Pero es suficiente con decir que se trata, básicamente, de un hombre bueno. Un cura casi a la manera de los párrocos antiguos, cuyo único vicio mundano consiste en fumarse dos paquetes de cigarrillos mentolados al día. Los periodistas, incluso los descreidos, que tratan con él por asuntos noticiosos, sienten por Revollo el afecto hogareño y suave que producen los abuelos. Es como el pan: casero, coloquial y tierno.

Los tunantes que han dado un nuevo motivo para el escandalo financiero son, por el contrario, hombres de mala indole. De triste condición y peor calaña. Siembran el desconcierto entre los pobres, les escamotean sus centavos, los dejan a la deriva, les saquean el fruto de su trabajo y de largos años de privaciones.

Otra vez, como en las ocasiones anteriores, los periódicos dicen que se trata de hombres prestantes, con sólidas reputaciones a sus espaldas, miembros de familias prestigiosas, herederos de alcurnias y heráldicas. Eso es, precisamente, lo que asombra: ¿qué es lo que hace posible que estos ciudadanos, que se supone fueron educados en los mejores preceptos, terminen convertidos en delincuentes?
El dinero, ya lo sé. La ambición desbocada. Hemos invertido nuestra tabla de valores. Viejos principios polvorientos, que guiaron los pasos de esta nación, como el honor, la honra, la virtud, son ahora sombras que apenas resuenan en el pasado, estantiguas, motivos de burla y de chacota. Alguien, leyendo estas lineas, se mofa de mi con una sonrisita torcida, entre la comisura de los labios, poniendo cara de listo, de avispado, de tramposo.

Antes se decia que la mejor herencia que se podia dejar a los hijos era una buena educacion, y que el pan nuestro de cada día se ganaba con el sudor de la frente.
Ahora no hay educación que valga: todo el mundo se ha vuelto voraz, insaciable, taimado. Para conseguir dinero se engaña, se miente, se tima y se embauca.
Corporaciones piratas, fiduciarias de fachada, negocios de baja entraña. Ya estamos hasta aqui de tanto malhechor de buena familia.

Como es apenas obvio, con estas aves de rapiña destrozando a sus presas, y sin autoridad alguna que les aplique un tatequieto, cunden el desasosiego y el caos.
La horrenda lógica del crimen campea sobre el país. Si los ricos estafan a los pobres, ¿por qué los pobres no pueden asaltar a los ricos? Papini sabia lo que estaba pensando cuando dijo que el dinero es el estiércol del demonio.

La gente decente también es culpable. Nos hemos vuelto permeables ante el truhán, departimos con él en fiestas y cocteles, lo miramos con una moral elástica, casi como un elemento decorativo de la sociedad, como si fuera una figura pintoresca, un objeto del paisaje o una sustancia folclórica. El tango de Discépolo, que parecia tan injustamente sombrío, ha demostrado que tenia razón: ya los ladrones nos han igualado, y ahora da lo mismo ser derecho que traidor... --
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