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Opinión

  • | 2007/09/15 00:00

    Una mirada a la izquierda

    Gabriela Perdomo* analiza cada uno de los gobiernos de América Latina que al llegar al poder bajo esta ideología y la herencia que han dejado

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La frase de cajón no se ha vuelto a repetir mucho este año. El “giro a la izquierda de Latinoamérica” por el que tanto se preocupaban unos, y se alegraban otros, ha tomado una cara compleja y sutil que ya no se puede analizar con una sola lupa. Una mirada a los gobiernos que entraron en esta onda el año pasado deja lecciones para los partidos políticos de izquierda que buscan el poder en otras naciones de la región, incluida Colombia.

El 2006 fue un año de elecciones y posesiones en nuestro hemisferio.

Muchos países, como en efecto se esperaba con algo de escandaloso amarillismo, escogieron líderes de izquierda. Bolivia escogió a Evo Morales, el líder indígena y antiguo jefe de grupos cocaleros campesinos que prometió refundar el país para recompensar al pueblo indígena pobre boliviano (más del 60 por ciento de la población) por siglos de dominación euro-descendiente. Nicaragua eligió al antiguo líder de las guerrillas sandinistas y enemigo acérrimo de Washington Daniel Ortega. Chile escogió a la socialista Michelle Bachelet, la hija de una pareja que sufrió en carne propia los oscuros designios de la dictadura derechista de Augusto Pinochet. Bachelet se convirtió en la primera mujer en la historia en ser elegida Presidente en Suramérica. Brasil reeligió a Luis Inácio Lula da Silva, quien había llegado al poder como el primer líder obrero en ser elegido por voto popular en el país. Ecuador respaldó la candidatura solitaria de Rafael Correa, un economista comprometido con los principios del llamado socialismo cristiano, quien, como Morales, prometió mejorar la calidad de vida de los millones de indígenas marginados de la sociedad dominante en el país.

Ahora, cuando ha pasado el frenesí electoral, el balance de los jóvenes gobiernos de la supuesta ola de izquierda es frágil y complejo.

En Bolivia, Morales y su Movimiento al Socialismo (MAS) no han logrado construir las bases de un consenso para reescribir la Constitución política del país. El documento tenía que haber estado listo en agosto, pero los escribanos de la nueva carta no logran sentarse a dialogar por un día completo. El tono pendenciero de Morales y sus más cercanos colaboradores ha puesto en evidencia la inexperiencia del carismático líder, y ha hecho pensar a más de uno que lo que busca su política es más una revancha que una reivindicación indígena.

El caso de Ecuador es muy similar. Correa no tiene ni un aliado político, pero el pueblo lo apoya. Ad portas de elegir una asamblea constituyente, el país ha entrado más de una vez en crisis y Correa ya ha dicho que renunciará a la Presidencia si los partidos de la oposición (que son casi todos) ganan la mayoría de asientos en la constituyente. Diez meses después de su elección, su proyecto de acabar con la pobreza y reinventar la economía ecuatoriana todavía no es claro.

El proyecto izquierdista de Nicaragua, por su parte, nunca lo fue realmente. Si a Ortega le va bien en su recién estrenado mandato, no será precisamente por sus ideales de izquierda. El otrora líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln) se convirtió con los años en un camaleón político que ha hecho alianzas con quienes fueran sus enemigos del pasado y ahora defiende ideas conservadoras con tanto ahínco como profesa su retórica anti-yankee (que tampoco traduce en la práctica).

El caso de Chile es muy particular. Bachelet, a juicio de la mayoría de los analistas políticos, ha manejado lo que hoy es conocido como socialismo responsable – políticas socialistas con una mezcla de responsabilidad fiscal y respeto por las libertades individuales– con sabiduría y gran juicio. Sin embargo, los chilenos no están satisfechos con su mandato, principalmente porque se han cometido errores muy visibles que han afectado ostensiblemente al grueso de la población. En Santiago, la implementación desordenada de un sistema masivo de transporte basado en el TransMilenio bogotano causó a comienzos de este año una crisis de movilidad tan grande, que Bachelet en persona debió disculparse con los capitalinos.

Pero otros indicadores más silenciosos, que tal vez se harán evidentes sólo en unos años, sugieren que el gobierno de Bachelet ha sido eficaz y ha cumplido sus promesas. Entre otras cosas, Chile hoy ostenta el índice de pobreza más bajo de toda Latinoamérica. Desde 2003, el número de personas viviendo en extrema pobreza se redujo en un tercio hasta 500.000. En la actualidad, por cada punto porcentual que la economía chilena crece, la pobreza se reduce un punto y medio.

En Brasil, que acompaña a Chile en el tiquete de gobierno “socialista responsable”, la izquierda ha debido aprender y pagar caro sus errores. Un enorme escándalo de corrupción en el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula –que casi le cuesta la reelección al Presidente– puso en evidencia que la corrupción no está ligada a una u otra ideología. Sin embargo, la izquierda en Brasil también ha logrado metas que la izquierda en otros países, con excepción de Chile, no ha podido alcanzar, como una reducción real de la pobreza y un mejoramiento verificable del sistema educativo.

Por último, el supuesto líder de la izquierda latinoamericana, Hugo Chávez, ha oscurecido con su sed insaciable de poder los cambios positivos que algunas de sus ideas socialistas han traído para Venezuela. Con su semidictadura lograda a punta de torcer procesos democráticos, Chávez ha ido borrando con el codo lo que con la mano había escrito para la izquierda latinoamericana.

*Periodista e investigadora asociada para el centro de estudios de opinión pública Angus Reid Global Monitor (www.angus-reid.com).
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