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Opinión

  • | 1986/04/14 00:00

    USTED ME DESESPERA

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Responda sí o no a las siguientes preguntas:
1 ¿Tiene entre 18 y 35 años?
2 ¿Se clasificaría entre las clases media alta a media baja de la población?
3 ¿Vive en una zona urbana?
4 ¿No "se halla" ni en el Partido conservador ni en el liberal?
5 ¿No votó en las parlamentarias de 1982 pero votó por BB en las presidenciales?
6 ¿No votó en las recientes parlamentarias pero votará en las proximas presidenciales?
7 ¿Aún no sabe por quién?
8 ¿En general, la política le produce indiferencia, indecisión o desconfianza?
9 ¿Piensa que en las últimas elecciones ganó la maquinaria clientelista?
Si contestó afirmativamente las preguntas 1, 2, 3, 5, 6, 8 y 9, y negativamente las preguntas 4 y 7, usted está irremediablemente clasificado por la politología contemporánea bajo el rótulo de "franja".
Aunque pueda inicialmente llenarlo de satisfacción descubrir que existe gente tan preocupada por saber de usted, de su comportamiento electoral de sus características socioculturales y de la que finalmente será su escogencia política, lo que voy a decirle en seguida no le gustará tanto: usted no existe.
Aguarde. Antes de que se angustie podría servirle de consuelo descubrir que, al igual que usted, se calcula que hay cerca de un millón de personas que tampoco existen por ahora, pero que podrían cambiar el rumbo de las próximas elecciones si finalmente se sienten atraidas por alguno de los dos candidatos presidenciales.
Eso de no existir podría confundirlo un poco. Porque no significa que a usted no me lo pueda yo encontrar caminando por la calle, sino que por ahora usted no nos ha permitido contarlo en las estadísticas electorales. Y eso es una manera de no existir. Porque si finalmente termina no votando en las próximas elecciones presidenciales, lo tendremos que sacar del folder "franja" para pasarlo al de la "abstención", de manera que todo lo que le he venido diciendo habría estado dirigido a alguien que, finalmente, jamás existió.
Si usted, en cambio, vota en las próximas elecciones, habrá confirmado su vocación de existir politicamente. Porque la franja es precisamente eso: un grupo de gente que no se siente obligada a votar por un partido; que ha sido en algún momento abstencionista, pero que reacciona en circunstancias determinadas por motivos más allá de los partidistas.
La primera vez que notamos su existencia fue en 1978, cuando se separaron las elecciones parlamentarias de las presidenciales. Usted aparecía sumado a los resultados de las segundas, pero ausente de los de las primeras. Es decir, usted engrosaba la diferencia existente entre los votos logrados por los caudillos locales y los candidatos presidenciales.
En aquella oportunidad, o sea en el año 78, 200 mil indecisos como usted votaron por Turbay y 200 mil por Belisario, para un total de 400 mil votos de opinión.
Más adelante, en las elecciones de 1982, usted y otros 799 mil votaron por Belisario, pero ninguno de ustedes por López.
Se calcula que en las elecciones que se avecinan, ustedes subiran a un millón y pico de votos. Pero hasta que éstos se produzcan, o sea, hasta que usted resuelva existir, será imposible saber a cuál de los dos candidatos presidenciales decidió favorecer la franja.
Aunque sabemos que le preocupan problemas colectivos como el desempleo y la inseguridad, también sabemos que usted generalmente resuelve votar por quien mejores soluciones le ofrezca a sus problemas individuales. Dicho de frente, usted es un grandisimo egoísta. El problema de los candidatos consiste en meterse en medio de su egoísmo para, una vez adentro, vencer su indiferencia, su escepticismo y su desconfianza.
Si me promete no volverse muy vanidoso, le diré que usted es, en la actualidad, el dolor de cabeza de todos los politólogos del país. No está mal, para tratarse de alguien que no existe. Los preocupa tanto, que quizás por alabarlo resolvieron cambiarle el nombre de "franja" por uno más sofisticado: el de "voto de opinión", a ver si de pronto usted se volvía menos esquivo.
Y si nos detenemos a considerar el hecho de que está en manos suyas la escogencia de Presidente de la República, el asunto comienza a parecerme un tanto injusto.
¿Por qué, me pregunto, es más interesante su voto que el mío?
¿Por qué pesa más en el destino del país su indecisión que mi seguridad?
¿Y, finalmente, qué hago yo aquí, escribiendo bobadas para alguien que no existe, y que de pronto jamás llegue a existir?
Mire: por mucha franja que sea, me siento en la libertad de decirle que usted es el culpable de todas mis angustias y de todos mis quebrantos. Su indecisión me desespera, me mata, me enloquece. Y me muero de la envidia de sólo pensar en la cantidad de cosas que se escribirán de usted después de las proximas elecciones, por el único mérito, quién lo creyera, de haberse definido a última hora.
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