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Opinión

  • | 2019/08/13 12:47

    Vallenato y machismo

    J. Balvin entendió en el reguetón que había que sintonizarse con la modernidad. La consigna en el vallenato debería ser: reinventarse o morir.

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Balvin fue el primer artista latino en superar el billón de vistas en Youtube. Balvin dijo: “Hago música como latino, pero me reconozco como ciudadano del mundo. Mi música debe conectar personas de Medellín, Tailandia o Australia”. The New York Timesdijo de él: Está reescribiendo las reglas de lo que significa ser una superestrella latina en una época de teléfonos inteligentes y redes sociales. Semana dijo: “Eso le implicó a Balvin acercarse a un concepto más universal y alejarse de la estética característica del género, llena de letras sexistas, videos con mujeres voluptuosas y tipos con cadenas”. En un género musical con tintes de estética machista y rezagos de la narcocultura, Balvin irrumpe rompiendo ese patrón. Comenzó imitando a Daddy Yankee para luego actualizar y modernizar esta música más allá de la cosificación de la mujer. Justo lo contrario de lo que sucede con el vallenato.

Casi ciento cincuenta años luego de haber iniciado su ascenso nacional, la música vallenata vive hoy de la nostalgia. Cada vez hay más y mejores acordeoneros (el acordeón, de hecho, cruza hoy otros géneros) y hay también ciertas innovaciones estéticas en las presentaciones, pero en general las letras no trascienden las fronteras porque narran las vivencias y preocupaciones de una región que permaneció físicamente aislada hasta la segunda mitad del siglo XX y lo sigue estando en cuanto a sus inquietudes mundanas.

Esa nostalgia está mayormente habitada por miedos y prejuicios, como el racismo y el clasismo. Y por uno peor: es esta una sociedad sospechosamente misógina que entiende a la mujer como objeto sexual, pero le atemoriza lo femenino. Es cierto que hay muchas canciones románticas, pero también que muchas de ellas tratan a la mujer con desprecio o condescendencia machista.

Más que la música en sí, las historias detrás de los cantos, que se repiten en las parrandas de boca en boca, imponen la conducta de mis paisanos. Es el poder de la palabra, en este caso de la literatura oral, que cala y se enquista. Muchos quizá no son conscientes de la violencia a la que en algunos casos hacen eco, donde la mujer suele ser victimaria ora porque no complace las exigencias del hombre; ora porque, al hacerlo, se enamora y lo cela, limitándole así su libertad e impidiéndole regar su simiente en otras hembras, lo que él cree su deber. La fuerza del lenguaje, lo sabemos, valida: es notorio como a la mujer se le sigue llamando “la hembra”, lo que indirectamente alude al macho.

De tanto alabarlo, este comportamiento le ha hecho un profundo daño a la región, a la música y al hombre mismo. El vallenato de hoy imita al juglar de antier, sólo que mientras éste estaba inmerso en la realidad de su tiempo, aquel es un tipo inseguro ante las nuevas masculinidades y entiende las relaciones a partir de la sumisión de la mujer.

 “Así somos”, se justifican. O, “Los hombres vallenatos traemos la infidelidad en la sangre”. Como si los destinos humanos estuvieran trazados de una forma fatídica y “ser vallenato” sea una fuerza determinista imposible de superar, cuando se trata en realidad de un sentimiento solidario con el pasado que hoy es obsoleto en el resto del mundo. Lo cómodo es que todo siga igual, por eso hay un círculo vicioso entre el género musical y el comportamiento social: se necesitan mutuamente para justificarse, para anclarse en lo que fue.

Esta mirada arcaica se está comiendo viva nuestra música. La única manera para que un género subsista es actualizándose, adaptándose a lo de hoy. De lo contrario corre el riesgo de convertirse en pieza de museo. Es un hecho innegable que, fuera de las fronteras regionales, el vallenato cada vez pierde más fuerza. De seguir así, no va a llegar nunca a países que han desnaturalizado el machismo.

No se trata de cambiar el pasado -las canciones, las historias de quienes ya murieron- sino de insertar esta música en el mundo revisando el presente social hasta actualizar el presente musical. Los jóvenes que se están tomando hoy el vallenato deben alejarse de la estética machista y bucólica (esto es, insertarse en lo urbano) si quieren llegar a Australia y a Tailandia, y las letras deben enviar mensajes acordes con el presente, para que de esta manera evolucione la música y se mantenga.

Balvin entendió en el reguetón que había que sintonizarse con la modernidad. La consigna en el vallenato debería ser: reinventarse o morir.

@sanchezbaute

 

 

 

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