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Opinión

  • | 2007/05/05 00:00

    ¿Vender el nombre?

    La misma empresa que comprara el nombre de Mutis podría seguir explotando esa firma por el resto de la vida

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Dijo un experto en la pasada Feria del Libro de Bogotá que la firma de un escritor es como una marca registrada. Pienso entonces yo que se llegará el día en que alguien nos ofrezca comprar nuestro propio nombre para comercializarlo de alguna manera y para sacarle un partido económico superior a los mediocres resultados de que son capaces los inestables, enfermizos, bohemios, perezosos escritores particulares. Álvaro Mutis, por ejemplo, quien lleva años sin publicar una novela, podría apresurarse a vender su nombre a una gran fábrica de novelas, a una gran trasnacional de la literatura. Tal vez le dieran dos o tres millones de dólares por borrarse del mapa y permitir a otros que usaran su firma para publicar y comercializar nuevos libros.

Esta empresa, que podría ser una nueva división de negocios en cada una de las pocas editoriales que se reparten el mercado del libro en el mundo entero (Hachette, Bertelsman, Harper Collins, Suhrkamp), empezaría a explotar el nombre Mutis, contrataría a unos cinco o seis yuppies de las letras, muchachos inquietos y despiertos -muy buenos lectores, admiradores del estilo de Mutis, y expertos en las andanzas y miserias de Maqroll el Gaviero-, para que produjeran al menos una novela al año, que se publicaría en todas las lenguas del mundo, e incluso en los meses muertos podrían producir, para un mercado más restringido, artículos, entrevistas y poemas. Estos jóvenes serían reemplazables, si pierden la vena artística, si se bloquean o disminuye su vigor poético, por otros jóvenes más inspirados. Los despedidos les contarían a sus nietos: "Yo fui Mutis del 2007 al 2010".

Los escritores -después de unos cuantos años en que serían ellos mismos, mientras se fabrican un nombre- pasarían al cabo del tiempo a ser como Juan Valdez, o incluso como la mula de Juan Valdez, un rostro, una identidad y una enjalma que se van renovando con el paso de los años: jóvenes perpetuos, fijos en una maravillosa juventud siempre fresca para satisfacer el mercado mundial. Su obra sería como algunas tiras cómicas (Mandrake, El Fantasma), que ya no las hacen sus creadores, y que siguen saliendo día a día en los periódicos incluso decenios después de la muerte de quienes las inventaron. ¿No habrá una empresa editorial dispuesta a pagarle a Quino lo que pida por poder seguir sacando historias de Mafalda durante otros 10 decenios? ¿Y no habría dibujantes y hacedores de chistes capaces de imitar las facciones y el pensamiento de Mafalda, Miguelito y Susanita? Tal vez Quino no lo permita, digno como es en la defensa de su creación y de su nombre, ¿pero los hijos de Quino, o los nietos que hereden sus derechos de autor?

Ya sé que esto nos suena absurdo en autores muy literarios, y que todos los buenos lectores de literatura llevamos por dentro la idea romántica del héroe individual que produce su propia obra, única, personal, intransferible, inimitable, una obra ligada a la propia vida, porque la misma vida es también una obra estética como en el caso de Oscar Wilde o de Lord Byron. Pero si alguien comprara el nombre de Paulo Coelho y cada 12 ó 15 meses siguieran sacando sus libros con receta, de aquí en adelante y por los siglos de los siglos, ¿a quién le importaría? Y la señora Rowling, ¿nos indignaríamos si firmara un contrato para que una compañía fabricante de textos explotara a Harry Potter durante 10 libros más?

En estos escritores de consumo aceptamos la idea con menos resistencia. Pero puedo pensar también en maneras de explotar a los grandes nombres de la literatura. ¿No es Isabel Allende, al fin y al cabo, un García Márquez aguachento? Y parodistas a lo Alvarado Tenorio podrían haberse dedicado a producir nuevos prólogos y sonetos de Borges, para una gran editorial. La misma empresa que comprara el nombre de Mutis, podría seguir explotando esa firma por el resto de la vida, ¿y por qué no, e incluso por el resto de la muerte. Si del baúl de Pessoa siguen saliendo nuevas páginas a 80 años de su deceso, también dentro de un siglo podrán seguir explotando el filón literario creado por el Gaviero.

Todo esto parece ciencia ficción en el supermercado del poscapitalismo de masas planetarias. Pero yo mismo, en mi humilde rincón diminuto, ¿si una empresa me ofreciera mucha plata para seguir explotando con mi propio nombre esta columna? La semana entrante un joven más capaz, con las facciones rejuvenecidas, con pluma menos cansada y pensamiento más acorde con la opinión de las mayorías, empezaría a escribir furibundos artículos de opinión uribistas, y quizá también alguna columna a favor de la libertad de mercado en el negocio de las palabras. Libertad de mercado sería el otro nombre, el nombre presentable, de la venta de la propia conciencia y de la propia firma.
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