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Opinión

  • | 2018/10/22 01:35

    Le va a tocar ser traidor…

    A pocos días de cumplirse los primeros tres meses de gobierno del presidente Iván Duque, la gente aun no sabe cuál es su estilo, ni por qué se la juega, ni para dónde va.

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Durante la campaña presidencial, y en lo que va de este mandato, Duque ha soltado varias frases que con el tiempo se han ido volviendo lugares comunes que, si bien dan una que otra pista, poco ayudan a definir un rumbo claro sobre lo que será el turno de cuatro años que el pueblo le otorgó al Centro Democrático para que manejara los destinos del país. “El que la hace la paga”, “legalidad, equidad y emprendimiento”, “ni trizas ni risas”, “la economía naranja”, “no voy a gobernar con espejo retrovisor”, “seré el primer policía de la patria”, “debemos concentrarnos en lo que nos une y no en lo que nos divide”. Todas estas frases que sin falta salen de la boca del presidente en cada una de sus intervenciones, puede que suenen bonito pero, a la hora de la verdad, han empezado a caer en el terreno de lo obvio y carecen de todo sustento y profundidad.

Queda la impresión de que el primer mandatario, no solamente está experimentando una curva de aprendizaje y de reconocimiento mientras le coge el tiro a eso de manejar un país, sino que aun no tiene una visión clara de a dónde quiere llegar en su gobierno. No creo que esta absoluta ausencia de claridad, de coherencia y de visión se deba a que Duque sea un tipo incapaz o que no sepa lo que está haciendo. Ese no es el caso. Por algo logró convertirse en el presidente más joven en la historia reciente de nuestro país. Iván Duque, inteligente y preparado sí es. Su problema no radica propiamente en los temas técnicos, ni gerenciales, ni sociales, ni económicos. El problema de Duque es pura y meramente político. Me explico:

Para lograr hacerse a la candidatura del Centro Democrático, un partido que durante años se dedicó a hacer una implacable oposición y a criticar toda iniciativa que viniera del Ejecutivo, Duque debió moldear sus posiciones en varios frentes para parecer más radical y sectario de lo que realmente es y, así, darle tranquilidad a las bases de su plataforma política y a su padrino y promotor el senador Álvaro Uribe.

Así las cosas, Duque tuvo que casarse con varias de las tesis de la extrema derecha, a la que tal vez no pertenece, como esas de cambiar la columna vertebral de los acuerdos de paz, modificar la estructura de la JEP, prometer cárcel para los jefes de las Farc, crear una sala especial para juzgar a los militares, bajar los impuestos pero a la vez subir los salarios, prohibir la dosis mínima, etc… El tema es que todas esas propuestas y promesas de campaña no eran más que el utópico deseo de un candidato. Y es que los programas de un aspirante son al gobierno de un presidente, lo que es una hoja de Excel a un negocio. En el papel todo cuadra, todo se puede y parece que todo funcionará como un reloj. Pero la realidad es bien distinta.

Lamentablemente para quienes votaron por Duque, y afortunadamente para el país, el presidente ha dado indicios de que empieza a darse cuenta de la inmensa diferencia que existe entre ser candidato y ser quien se sienta en la silla de Bolívar. Por cuenta de varias reuniones con miembros de la comunidad internacional, y por un puro sentido de la realidad, Iván Duque se está estrellando con el hecho de que su lugar en la historia dependerá de si es o no capaz de implementar, tal y como están, los acuerdos de paz suscritos entre el Estado y la guerrilla de las Farc. Esos mismos acuerdos que varios de los votantes que lo llevaron al palacio, y sus principales padrinos políticos, querían ver hechos trizas.

Estamos entonces siendo testigos del inicio de la que será la más dura de las batallas del presidente de la república. Un verdadero reto de malabarismo. En esta lucha para que su gobierno llegue a buen puerto, Duque tendrá que enfrentar a dos adversarios implacables. Y no me refiero a Gustavo Petro, ni a Robledo, ni al Partido Verde, ni a las Farc, ni a nadie en la oposición. Los dos grandes enemigos del nuevo mandatario, por más extraño que parezca, serán la cantidad de promesas que hizo en la campaña, y que él sabe que no va a cumplir, y su partido, el Centro Democrático.

Con actos como la invitación a la Casa de Nariño a los exjefes de las Farc, reconociéndolos como partido político, y su visita a La Guajira a reunirse con Joaquín Gómez y otros líderes de la desmovilizada guerrilla, Duque empieza a dar un necesario timonazo y a moderar su discurso frente a la paz. Al término de esa reunión, que a Uribe y al sector radical de su partido les debe haber caído como una patada, el Presidente se comprometió ante las cámaras a cumplir, implementar y respetar los acuerdos de paz.

Esto, que si bien es una luz de esperanza, y hasta ahora equivale a solo palabras y promesas, puede marcar el inicio de un rompimiento entre el jefe de Estado y ciertos halcones de su partido. Habrá que ver si el presidente va a ser capaz de encontrar una forma decorosa de volteársele al Centro Democrático y a una buena parte de sus electores, por el bien de Colombia, sin que sus hoy aliados se conviertan en sus adversarios y sin que a Uribe se le explote una úlcera. ¡No quisiera estar en los zapatos de Duque! ¡Qué problema! Pero le llegó el momento de decidir si quiere ser un grande que pase airoso a la historia, o el muchachito que le hace caso a su “Presidente Eterno”. Amanecerá y veremos…

En Twitter: @federicogomezla

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