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JORGE HUMBERTO BOTERO
Jorge Humberto Botero - Foto: Guillermo Torres - Foto: Guillermo Torres

Visiones de futuro

Las bases del Plan Nacional de Desarrollo contienen la visión del país que el Gobierno quiere implementar. Discutirlo a fondo es indispensable.

Por: Jorge Humberto Botero

En el fallido conato de detener a Petro en su aspiración electoral, se dijo que es un “castrochavista”, una manera de vincularlo a los gobiernos de Venezuela y Cuba, cuyos resultados en materias económicas y sociales han sido desastrosos y nulo su respeto por las instituciones democráticas. La estrategia no funcionó, en parte, porque no corresponde a la realidad.

Cuba es un Estado comunista calcado del modelo soviético que se fundamenta en la estatización de los medios de producción y la regulación minuciosa de la vida civil (“lo que no está autorizado está prohibido”), que no logró corregir las desigualdades sociales y que ha generado una corrupción gigantesca. Siendo evidente su fracaso, Petro tiene claro que no es un modelo digno de imitar.

La Venezuela de Chávez y Maduro es otra cosa. Vagamente inspirados en el pensamiento del libertador Bolívar, que de nada sirve en el siglo XXI, y sentados sobre una riqueza petrolera gigantesca, intentaron repartirla con tal grado de torpeza que la destruyeron. Entonces se apropiaron de las empresas privadas pensando que podían tapar ese hueco: arrasaron con ellas. Aunque han dado pasos tímidos para cambiar el rumbo, recuperar los niveles de bienestar relativos -comparados con otros países de la región- que existían antes del Chavismo podría no suceder jamás. En el siglo XVIII, el PIB de Haití, colonia francesa, era superior al de la metrópoli. Hacia los años treinta de la pasada centuria, Argentina era la novena economía del mundo. Para nuestro presidente usar estos países como referentes de su candidatura hubiera sido un error enorme.

Obsesionados con estas simpatías incorrectamente atribuidas a Petro, muchos no le creyeron que tiene una ideología, que explica su estilo de gobierno y otorga sentido a su Plan de Desarrollo: “El Progresismo”. Esto tiene dos consecuencias. La mala es que mucho de lo que dice y hace no son meras torpezas, que corregirá con el paso de los días. Y la buena: que parte de ello obedece a sus convicciones profundas, lo cual nos permitirá adoptar frente a su gobierno una postura más inteligente.

He aquí algunos rasgos de su ideología: (i) una enorme desconfianza en la economía de mercado y, por el contrario, la pretensión de asignar funciones al Estado como las que estuvieron en boga, con pésimos resultados, en los años sesenta del siglo pasado; (ii) el énfasis en el reparto sobre la generación de riqueza; (iii) la preferencia a ciertas identidades grupales como las que provienen de la religión, el género, la raza y las preferencias sexuales; los campesinos le interesan muchísimo, no así los “proletarios” que eran objeto de atención especial de los antiguos marxistas; a los pobres casi no los ve.

(iv) El rechazo a la modernidad, es decir, al conocimiento científico que para los “progres” no es más que un relato cuyo valor es equivalente al de las cosmogonías indígenas; la preferencia por el mundo rural sobre el urbano, y por los lazos comunitarios, que son innatos, y no libremente asumidos; (v) una visión catastrofista del futuro de la humanidad derivada de la contaminación ambiental. De allí su radicalismo ecológico y su respaldo a una idea utópica: el decrecimiento de la población mundial; (vi) la superación del principio de neutralidad del Estado sobre la estructura de la economía, lo que implica regresar a la vieja idea de los sectores lideres, en su caso la industria y el agro.

Cabría pensar que los párrafos anteriores son un mero resumen del recetario petrista. No hay tal. Según Francis Fukuyama, el senador Bernie Sanders, el eterno disidente del partido Demócrata, sostiene que: “El gobierno prestaría servicios sociales muy generosos, pagaría la educación superior, financiaría la atención sanitaria, garantizaría los empleos…”. También nacionalizaría el sector financiero “y desplazaría de manera masiva la inversión hacia medidas de prevención del cambio climático”. Cualquier parecido con las propuestas de quien nos gobierna no es mera coincidencia.

Sin embargo, se impone reconocer que nuestro presidente ha jugado (hasta ahora) dentro de las reglas. Sabiendo que carece de mayorías sólidas en el Congreso, aceptó, sin perder la compostura, que la reforma tributaria tuviera numerosos cambios. No va a insistir en la aprobación apresurada de un nuevo código electoral. Comienza a entender que la estabilidad de las finanzas públicas está en riesgo y que es importante preservar la confianza de los inversionistas internacionales. Tal vez ese entendimiento explica el tono mesurado en su reciente discurso en la Asamblea de Anif y el nombramiento de una economista ortodoxa en el directorio del Banco Emisor.

Lo anterior sin perjuicio del peso de la ideología que aparece aquí y allá en las Bases del Plan. Nadie hubiera creído que en la estrategia de industrialización un elemento importante fuera convertir a Satena, una empresa estatal que provee servicios de transporte a regiones remotas, en una aerolínea internacional. El transporte no es una industria sino una empresa de servicios; dentro del ideario presidencial no genera riqueza; las necesidades de transporte aéreo de Colombia están adecuadamente atendidas.

No es verdad, como allí se dice, que “en los asuntos ambientales los límites entre las naciones pierdan relevancia. La responsabilidad es colectiva”. Las decisiones en las cumbres ambientales realizadas en el ámbito de Naciones Unidas se toman con el voto unánime de los países miembros. La mística preferencia por la producción de alimentos conduce a ignorar el principio de ventaja comparativa. En términos de seguridad alimentaria es mejor producir y exportar café y flores, que no son alimentos, a sembrar trigo y maíz. Es que ya nadie confecciona sus propios zapatos ni satisface sus necesidades alimenticias con cultivos hidropónicos en su terraza (si es que la tiene). Salvo Margarita, mi esposa, nadie repara su nevera o el televisor, sino que llama a un técnico.

Briznas poeticas. Escribe Nicolás Gómez Dávila esta profunda simpleza. “Que, en nuestro tiempo, ‘rutinario’, sea un insulto, solo comprueba nuestra ignorancia en el arte de vivir”.