opinión

Enrique Gómez, columnista invitado.
Bogotá, febrero 14 de 2022. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista Semana.
Enrique Gómez, columnista invitado. Bogotá, febrero 14 de 2022. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista Semana. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

¿Y por fin la revolución?

¡Claro que sí! Y esto no es novedoso en Latino América, continente adicto a las revoluciones.


Por: Enrique Gómez

No seré objetivo, claro está, pero es hora de repasar con cuidado lo que creo es la obra cumbre sobre el espíritu revolucionario latinoamericano: La Revolución en América de Álvaro Gómez. Ojalá prontamente reeditada, La Revolución en América ayudará a quienes lamentarán haber elegido a Petro a entender el proceso de su torpe decisión y nos ayuda a quienes votamos en contra del emperador Gus a entender el camino, la ética y los personajes que nos trajeron aquí.

Ser revolucionario, ser progresista es una moda antigua y determinante en la política latinoamericana. Tiene profundas raíces en el siglo XIX y en el XX. Centenares de motines, asonadas y cuarteladas marcaron nuestros siglos XIX y XX. En el XX fueron reformas adoptadas por la aristocracia del partido liberal (Santos, López Pumarejo, López Michelsen) y por la neoaristocracia tecnocrática promovida por el llerismo a partir de 1966 y que tuvo, por avatares increíbles del destino, al siempre contradictorio adalid Gaviria en la revolución institucional del 91, hoy decano gatopardiano de la revolución petrista.

Las revoluciones de golpes, homicidios o “reformas”, como las colombianas, son de diferentes clases: personalistas, que buscan una sustitución burocrática; las clasistas, que buscan trasladar privilegios de un grupo social a otro; o la auténtica, la radical, la que se avecina, rompe los valores existentes, destruye lo alcanzado, acaba las jerarquías y rechaza el pasado.

A nuestros revolucionarios los mueve una utopía abierta, futurista e indeterminada. Un punto abstracto de partida sin llegada clara o definida. “El vivir sabroso”, materializado de manera magistral por el ala radical del petrismo, no es objetiva ni medible, es indeterminada, construida de promesas abstractas, irracional e irrealizable, útil herramienta de dominación y perpetuación de la “revolución”. Nunca alcanzable, la utopía justifica la perpetuación de los “ungidos” (en palabras geniales de Sowell) que sí saben lo que es bueno para nosotros los “imbéciles” (Sowell) que no entendemos cómo estos intelectuales nos llevarán a un mundo mejor y más feliz. Deberemos cambiar un poco: aceptar que la libertad no es tan valiosa, que nuestros valores incomodan, que la soberanía sobre nuestras familias se opone a la sabiduría del Estado y que sus políticas fracasan pero nunca frenan, porque ellos, los ungidos, son moralmente superiores y no se equivocan ni rinden cuentas a la realidad.

Los ungidos revolucionarios, que ya asoman en la noveles designaciones del gabinete petrista, los que comentan con superioridad moral en la gran prensa, pontifican a los chicos en las universidades y adoctrinan en las escuelas, reclaman el derecho soberano a “imponernos” por haber logrado un activismo articulado y beligerante, considerarse políticamente más sofisticados (sino me creen, revisen como se auto define Irene Vélez, nueva ministra de Minas y Energía, ¡es para morirse de la risa!) y ser fervientes moralistas de la utopía.

Son las premisas que redefinen el nuevo orden jerárquico del Estado, no la idoneidad, la experiencia, la transparencia y el carácter. Eso es parte del pasado. En la nueva Colombia el fanatismo beligerante, la falsa intelectualidad y la adoración ferviente definen el derecho a gobernar.

Resumía Gómez Hurtado cuatro grandes características de la revolución progre que inició el 7 de agosto. ¡Es irreligiosa! A pesar de que Petro le debe tanto en su ascenso al poder a nuestra iglesia católica, las religiones son del pasado, reservorios de valores tradicionales caducos, invitan a una espiritualidad que enerva al materialismo dominante y, sobre todo, proponen un orden moral práctico que limita la destrucción revolucionaria del individuo.

La revolución es insolidaria. Nada de redistribución clasista. Hay que tomarlo todo. La solidaridad general debe ceder a la solidaridad de clases, grupos, etnias y colectivos. El más bravo, vociferante y agresivo gana.

La revolución no tendrá jerarquías, porque las jerarquías son el reflejo de la excelencia, la habilidad o el trabajo. Destruir las jerarquías tradicionales, bastante afectadas por la Constitución del 91, para reemplazarlas por las revolucionarias definidas por la viveza, la audacia y la denuncia. El canon girondino, la oportunidad de la guillotina o la prisión política. La audacia como fuente única de poder en una “rueda de la fortuna” que lo redistribuye de manera sistemática y que cuadra con la ética narcótica, tan cercana y querida por el Pacto Histórico.

La revolución necesita la inseguridad. La genera para amilanar a las fuerzas tradicionales de la sociedad. La política para destruir los espacios republicanos y por ello el llamado de Petro, el sábado, a las Asambleas Populares permanentes. La inseguridad jurídica para espantar a los inversionistas y propiciar la ocupación estatal del sector productivo. La personal, sistemática, cotidiana, abrumadora, para preparar a la población, a través de la fatiga, para que reclame de nuevo el orden a cualquier precio: una dictadura socialista para seguir en busca de la utopía inexistente.