opinión

Enrique Gómez, columnista invitado.
Bogotá, febrero 14 de 2022. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista Semana.
Enrique Gómez, columnista invitado. Bogotá, febrero 14 de 2022. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista Semana. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

¿Y todos eran petristas?

Muchos partidos dominantes del futuro congreso, que no hacían parte del Pacto Histórico, han acogido un formato de rendición incondicional e indeterminada, autoimpuesto y expedito.


Por: Enrique Gómez

Menos de ocho días después de la elección presidencial, y sin que siquiera el presidente electo haya concretado ningún punto de su acuerdo nacional, el Congreso mayoritariamente y la clase política tradicional se han rendido totalmente a sus pies. El país se mantiene expectante de cuál será la postura del Centro Democrático, que se ha beneficiado de audiencia especial para el presidente Uribe.

Muchos partidos dominantes del futuro congreso, que no hacían parte del Pacto Histórico, han acogido un formato de rendición incondicional e indeterminada, autoimpuesto y expedito.

¡Como si Petro y su triunfo representara una ruptura política! ¡Como si hubiera recibido un abrumador mandato el 19 de junio! ¡Como si la victoria de Petro borrara la necesidad de cualquier oposición ante la supuesta contundencia del respaldo popular!

Pero no hay tal mandato. Por el contrario, la victoria es pírrica y las diferencias en cuanto a la visión de país entre quienes votaron por Petro y quienes se le opusieron no pueden ser más radicales en todos los sentidos. Sin embargo, la clase política tradicional se apresura a treparse en el inexistente acuerdo nacional de Petro.

Este oportunismo está solamente regido por el deseo de mantener las cuotas burocráticas obtenidas de Duque y por la posibilidad de vender, de aquí en adelante, los votos que requieran las reformas ―¡cualesquiera sean!― que propondrá la nueva administración.

La pequeñez de los parlamentarios y de estos partidos es abrumadora. Obsesionados con fondear su reelección a cualquier costo, es solo comparable a la disposición de Petro de recogerlos y alimentarlos en su cada vez menos creíble propósito de cambio.

Se destruye, en las primeras de cambio, la posibilidad de una oposición necesaria ante un Gobierno que, sin consenso suficiente, quiere romper elementos esenciales de nuestro modelo económico, social y político. Perpetúa, Petro, esa mecánica siniestra de compra venta de votos en el congreso que, en medida sustancial, ha sido la perdición en la acción eficaz del Estado y la fuente de infinita corrupción.

El cambio que requiere el país no está solamente en los fines y contenidos de los programas. El cambio es casi que más importante en las mecánicas de interacción entre los poderes. Nada de eso parece que irá a suceder. No habrá un sano escenario de Gobierno–oposición frente a las radicales políticas previstas en el programa de gobierno de Petro. Se acudirá de nuevo a la componenda, voto a voto, con las fuerzas oscuras del congreso en busca de mayorías especiales que nos conducirán, incluso, a la ruptura de la democracia.

Ahora resulta que oímos a los líderes de estos partidos invocar la importancia de las reformas de Petro. Unos, como el conservador, invocando de manera cínica el Acuerdo sobre lo Fundamental y recordando a Álvaro para justificar su sumisión burocrática y sus ilusiones de mermelada.

Otros, en el Liberal y el Cambio Radical, dando vueltas como buñuelo en freidora, pontifican sobre su total acuerdo con las políticas y programas difusos de Petro.

Gaviria, Vargas, Toro y quienes controlan el colectivo burocrático del Conservador, como Cepeda y Barguil, llevan décadas en el poder. Se han beneficiado de infinidad de ministerios, entidades nacionales, han copado entes territoriales y devorado sus presupuestos, han marcado con Samper, Pastrana, Uribe, Santos y Duque cientos de cupos indicativos u otras formas de acceder a los fondos de inversión de los ministerios a cambio de sus votos en el Congreso. Han presidido desvergonzadamente el festín de burocracias y componendas, fracasando, junto con los ejecutivos venales que los utilizaron, en transformar productivamente el país, en crear el empleo, mejorar la educación, lograr la seguridad, ampliar las pensiones, fortalecer la salud, reformar la política, darnos justicia y derrotar la corrupción.

Si se les cuestiona, siempre nos cuentan de una ley, aquí o allá, que promovieron y que no se cumple. Siempre con excusas y, a pesar de haberse lucrado, reelegido y construido sus fortines electorales, nunca son responsables de nada. Sus fracasos como ministros y dueños del poder no cuentan.

Hoy son todos petristas, identificados con sus programas, trepados sin vergüenza en el bus petrista a pesar de haber promovido candidatos y visiones de país completamente diferentes.

Traicionan sin vergüenza a los más de diez millones de colombianos que rechazaron a Petro y, de paso, le muestran al país como, con lo más profundo del santismo burocrático, tratarán de devorarse también el gobierno Petro, con el convencimiento iluso de que lo controlarán una vez le aprueben, saciados de mermelada, el paso a una dictadura.