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Opinión

  • | 2018/09/12 10:35

    ¿Ya comenzó la guerra con Venezuela?

    Que Farc y ELN actúen con tropas en apoyo al régimen en ese país, extendería las ataduras económicas de la diáspora a lo militar. Imposible un escenario peor a que ya estemos en guerra con Venezuela y ni siquiera nos hayamos dado cuenta.

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Según el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, el presupuesto de la nación tiene un faltante de 25 billones de pesos. Los procesos de paz con las Farc y el ELN atraviesan crisis profundas y parecen ir en barrena. Son dos de los más graves problemas que enfrentamos y en ambos está presente la mano siniestra del régimen venezolano que preside Nicolás Maduro.

El presidente Iván Duque ha manejado con prudencia y cautela la divulgación de informes y cifras respecto de la compleja situación que atraviesa la economía. Su prioridad no son los cortes de cuentas sino cuidarse de enviar mensajes que afecten la imagen y las calificaciones del país en el contexto internacional. Carrasquilla ha dicho, sin embargo, que el déficit afecta gravemente inversiones y programas del gobierno, entre ellos subsidios y ayudas a los más pobres. Eso obliga al nuevo gobierno a poner fin de inmediato a la irresponsable estrategia de Juan Manuel Santos y María Angela Holguín de meter la basura debajo del tapete, en lo que respecta a Venezuela. Sincerar, enfrentar y manejar la crisis. Cuantificar y conseguir los recursos que representa absorber una población de 2 millones de venezolanos en fuga. ¿Cuánto cuesta integrarlos al país y atender sus necesidades básicas? ¿Vincularlos al sistema educativo y al de salud?

En el otro complejo frente, de la seguridad, cada día son más visibles las denuncias de la oposición acerca de la presencia masiva de Farc y ELN en Venezuela -en 70 por ciento del territorio de ese país según la líder María Corina Machado-. El gobierno Duque estaría preparando una denuncia ante la ONU al respecto.

Por eso son tan nocivas y preocupantes las ambigüedades, los misterios y las imperfecciones que afectan a los procesos de paz en marcha. Cada vez es más claro que la paz con las Farc no es, como dijeran Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, “el mejor acuerdo posible” sino un desastre “in crescendo” que amenaza al país. Ninguno de sus componentes, -tierras, participación política, narcotráfico, reinserción, desarme, fin del conflicto, Justicia Especial para la Paz-, presenta a la fecha un balance medianamente aceptable. Por el contrario: incumplimientos, fracasos, mutuas recriminaciones, trampas, corrupción.

La realidad demuestra que el acuerdo es una entelequia retórica y jurídica que creó una carga tan extensa y onerosa de obligaciones al Estado, que en la práctica ha sido imposible de implementar. Y sobre todo que su construcción fue hecha a la medida de los intereses personales y particulares de los jefes de las Farc. Nada lo confirma mejor que siete integrantes de la alta dirigencia -Iván Márquez, el Paisa entre ellos-, y un número importante de mandos medios se hayan apartado del proceso y abandonaran sus obligaciones en el mismo, cuando y como quisieron, sin reacción ni respuesta alguna del Estado.

Este vuelco negativo del proceso, inquietante y perturbador, hace que mucha gente se pregunte cuál es ahora el estatus de Iván Márquez y los otros evadidos: ¿prófugos? ¿reincidentes? ¿Cuántos de ellos y de los centenares de mandos medios y de tropas que también abandonaron los espacios de reintegración volvieron al narcotráfico y al terrorismo? ¿Cuál es la realidad de las disidencias? ¿Fue una estrategia dividir los grupos para tener una fuerza en la legalidad y otra para defender los negocios y las rentas ilegales?

No habrá buen futuro para el proceso con incertidumbres de ese tamaño. Ya recorrimos un camino tortuoso que dividió al país en torno de sus imperfecciones y contradicciones. Congreso, corte constitucional, gobierno, participaron del juego y aceptaron crear soluciones atractivas para las Farc. Nuestra nación asumió un gran rediseño institucional y altísimos costos económicos y políticos. Tenebroso, imperdonable que el proceso termine siendo una especie de ‘Estrategia del Caracol‘, aquella famosa película de Sergio Cabrera en la que desocupan una casa, pero dejan la fachada, con Timochenko y sus muchachos viendo todos los días disminuir sus huestes, mientras del otro lado crezcan la fortaleza militar y los negocios de las disidencias, su poder y su presencia, aquí y en Venezuela.

Es más claro, pero a la vez más complejo, el panorama con el ELN. Como las Farc en los tiempos del Caguán, gracias a la tolerancia del gobierno anterior con sus vaivenes y trampas, tuvieron medios y espacio para retomar contactos, reclutar gente y fortalecer su aparato militar y sus negocios ilícitos. Por razones humanitarias es comprensible y lógico priorizar el tema del secuestro, pero tanto o más importante es clarificar su papel en actividades que afectan gravemente nuestra seguridad y nuestra economía: sus negocios con oro en el sur de Bolívar, su rol -en complicidad con militares venezolanos- en el contrabando hacia Colombia de ganado, de minerales, de gasolina. El narcotráfico y las operaciones ilegales de divisas.

La gran piedra en el estanque la lanzó la semana anterior el alto comisionado de paz Miguel Ceballos quien, retomando un tema que fue recurrente en sus tiempos de columnista, pidió al ELN aclarar cuál es su verdadera presencia en Venezuela. Antes de llegar a su nuevo cargo había hecho lo propio con las Farc, con base en las denuncias de María Corina Machado. Es un tema crucial en la actual coyuntura. La diáspora hace que nuestro país esté irremediablemente envuelto y atado en lo económico a la suerte letal de nuestro mal vecino. Que adicionalmente Farc y ELN no solo tengan a ese país como santuario, sino que estén actuando con un número grande de tropas como fuerzas de apoyo al régimen que se derrumba, plantea un nuevo escenario que extiende las ataduras a lo militar. Durmiendo con el enemigo. Imposible concebir un escenario peor a que ya estemos en guerra con Venezuela y ni siquiera nos hayamos dado cuenta.

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