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Opinión

  • | 1999/12/13 00:00

    YO TAMBIEN SOY BERLINES

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Emocionante _por decir lo menos_ ver la celebración de los 10 años de la caída del muro de
Berlín. Agolpados en la Puerta de Brandenburgo, miles de alemanes que durante décadas estuvieron divididos
por la intolerancia del hombre y el espejismo de las ideologías se abrazaron para cantarle a la vida y a la
libertad. Los gritos de júbilo y el cielo iluminado con fuegos de artificio fueron una expresión espontánea y
simbólica de que el pueblo alemán quiere borrar de su memoria la humillante cicatriz que los marcó durante
casi 30 años. La consigna se podía leer en sus rostros: "Nunca más". Esa noche, todos fuimos
berlineses.Pero los 10 años de la caída del muro más que una conmemoración sobre lo que dejó de ser
debe ser una reflexión sobre lo que ha sido. Y no sólo para la Alemania reunificada sino para el resto del
mundo. Porque nunca antes, en tan pocos años había cambiado tanto el curso de la humanidad. La
aparición de Internet, la globalización, el nuevo imperio made in USA, la integración económica, la
internacionalización de los conflictos, entre otros, están transformando las relaciones entre los Estados,
las empresas y las personas. Lo que comenzó Lech Walesa a comienzos de los años 80 con el
sindicato Solidaridad fue una revolución dentro de la revolución. No fue, sin embargo, una revolución a la
francesa o a la rusa, que estaban dirigidas contra algo, llámese monarquía o zarismo. Fue una revolución para
algo. Como dijo al The New York Times Adam Michnik, periodista y estratega del movimiento Solidaridad:
"Una revolución por una Constitución, no por el paraíso. Una revolución antiutópica. Porque las utopías llevan
a la guillotina y a los gulags". Y ese 'algo' tiene nombre propio: la democracia. El colapso del muro no sólo
significó el derrumbe del socialismo real, fue el triunfo de la democracia liberal. Y, pese a lo que sentenció
Francis Fukuyama, la historia no se acabó. Al contrario, con la consolidación de la democracia y la crisis
de las ideologías, han salido a la superficie una serie de contradicciones culturales (étnicas, tribales,
religiosas_) que parecen sacadas del congelador. El conflicto de los Balcanes, primero en Bosnia y luego
en Kosovo, es la más clara demostración. Estas guerras étnicas en el patio trasero de Europa, que parecen
calcadas de las que estallaron en 1914, muestran que ni la política ni la ideología pueden subyugar a la
cultura. Lo mismo ha sucedido en Africa con los atroces genocidios étnicos y tribales que, cada vez más,
cuestionan una descolonización que no tuvo en cuenta las barreras culturales. Si durante la Guerra Fría el
peor enemigo de la estabilidad fue la política, ahora lo es la cultura. Si antes el enemigo estaba afuera de las
fronteras y era un Estado, ahora está adentro y puede ser la lengua, la raza, la etnia o la tribu. Si antes las
guerras eran para agrandar los países ahora son para achicarlos. Según un artículo publicado en la
revista Foreign Policy, mientras que entre 1950 y 1990 se creaban 2,2 países por año, desde 1990 la tasa
subió a 3,1 países. Y como van las cosas, para allá van Timor Oriental y Chechenia. ¿Quién sigue? ¿Los
kurdos? ¿Cataluña? ¿Córcega? ¿El País Vasco?Como vemos, la democracia y la globalización, las dos
banderas de la era posmuro, tienen a la historia vivita y coleando. Pero también la han vuelto más vulnerable e
incierta. Es indudable que se derrotó el autoritarismo y hoy el mundo es mucho más libre. Pero el
camino de transición no está exento de peligros. No sólo por el factor cultural sino por el económico y el
político. En América Latina, pese a que todos los gobiernos han sido elegidos popularmente _salvo Cuba_, el
aumento del crimen, el desempleo, la inseguridad y la pobreza tienen a mucha gente añorando el orden y
la seguridad. El neocaudillismo de Chávez y Fujimori es un rechazo palpable a las flaquezas de estas
democracias delegativas. Y el sureste asiático, por su parte, ha sido la gran víctima de la globalización con la
crisis financiera de hace un par de años.¿Es mejor el mundo de hoy al de hace 10 años? Personalmente creo
que sí. Por una razón sencilla pero inapelable: triunfó la libertad sobre el despotismo. Así haya que hacer
severos ajustes en el camino. Los berlineses tienen porqué celebrar.
* * *
Escribiendo estas líneas oigo un estruendo que hace vibrar las ventanas del cuarto. Minutos después
vienen las sirenas. Todavía al calor de los acontecimientos, todo apunta a que el carrobomba que
explotó al norte de Bogotá fue una represalia de los narcos contra la extradición. El retorno del
narcoterrorismo es lo único que le falta a un país en crisis económica, política y social. Nos queda el valor y la
dignidad. Y, como los berlineses, no vamos a dejar que se erija de nuevo el muro del miedo y el terror que
tanto daño le hizo a la sociedad colombiana en 1989. ¡No nos vamos a dejar amedrentar!
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