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Actuar rápido, con inteligencia y sin ortodoxia: el trilema posible

Por: Mario Valencia

Se plantea como una disyuntiva la atención de la emergencia sanitaria y proteger la economía. No lo es, y ambas requieren suficiente atención, porque están íntimamente interconectadas. En primer lugar, porque aunque no se recuerde con frecuencia, la economía se encarga de resolver asuntos exclusivamente humanos.


El ideal –entonces- es que los asuntos económicos se ocupen del bienestar de las personas, y el más importante de ellos es preservar la vida. 

Por eso las decisiones que han tomado la mayoría de países priorizan la atención en salud de los contagiados por covid-19, con el propósito de preservar vidas, el mayor número que sea técnica y médicamente posible salvar. 

En segundo lugar, porque para evitar y reducir los contagios, así como para procurar el mejor cuidado que recupere la salud de los contagiados, se requieren buenas ideas, pero -sobre todo- recursos de capital. En este sentido, los gobiernos enfrentan el reto de confinar a la mayoría de la población, a sabiendas del profundo impacto económico negativo que esto causará, tanto en países con fuerte producción manufacturera como en aquellos con niveles de trabajo callejero muy alto. Es un alto precio que se debe pagar. 

En verdad, la efectividad de la cuarentena consiste en ganar tiempo para que los sistemas de salud se preparen para la inevitable atención de la mayoría de la población que se contagiará, y el tiempo que dure el aislamiento en buena medida dependerá de qué tantos recursos son capaces de acopiar y distribuir los gobiernos. Por último, como si fuera poco, es necesario equilibrar ambas cosas: proteger a la población enviándola a sus casas y proteger que el sistema económico no colapse totalmente, porque de poco servirá que la gente no se contagie si igual sufrirán por la falta de acceso a bienes y servicios esenciales. 

Para ejecutar semejante acto de malabarismo social, se requieren -al menos- tres cosas simultáneas:

1) La rapidez con que se actúa, anticipándose a los hechos. Un error garrafal que han cometido algunos países y personas es menospreciar la gravedad de la emergencia sanitaria, lo que los llevó en muy poco tiempo a tener un número alto de contagiados.

2) La inteligencia con que se actúe. Es importante entender la naturaleza, el desarrollo y aprender de experiencias exitosas para mitigar y suprimir el contagio, con el objetivo de volver rápidamente a la producción y el trabajo. A la gravedad del virus se le puede sumar rápidamente el desastre político de gobiernos ignorantes y populistas, que no escuchan a los expertos en materia epidemiológica y -también- a quienes han planteado recomendaciones serias en economía.

3) Esta crisis no se parece a ninguna otra, por lo tanto, pensar que la teoría económica tradicional tiene todas las respuestas, es equivocado e irresponsable. Así pues, las rápidas y sabias decisiones que la gente espera y confía en que sus gobiernos tomarán, tienen que romper con doctrinas como la austeridad fiscal, el control de la inflación, los acuerdos de libre comercio y la intervención solamente para salvar al sector financiero y a los monopolios. 

Si algo puede quedar como aprendizaje de esta crisis, es el necesario retorno al debate de la importancia del Estado en la orientación y control del mercado. Pero no solo esto, sino en cuál es la función social que deben retomar las instituciones públicas en la creación y distribución de la riqueza de forma más justa y sobre todo de forma más humana. Es un buen momento para tener esperanza de que, una vez superada la emergencia, es posible pensar en una sociedad mejor.