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Camilo Díaz, columnista de Dinero. - Foto: Dinero

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¿Dónde están los líderes?

Por: Camilo Díaz

Hay que hacer un llamado a la sociedad para que no se utilice la violencia como forma de expresión de la inconformidad y exigir a las autoridades resultados sobre los abusos cometidos.

Los hechos desafortunados que han venido enfrentando el país en las últimas semanas, con las masacres en Llano Verde, Samaniego, Arauca, y Cauca, más el constante asesinato de líderes sociales sin que los hechos se esclarezcan, muestra que la figura del Presidente Duque carece del liderazgo suficiente para conducir adecuadamente el país, más aún, parece que en muchos aspectos no está en control de la situación.  

Eso se ha hecho evidente en la forma como camina el gabinete de ministros y altos funcionarios que andan por su propia cuenta. En ausencia de una agenda definida de gobierno, cada quien busca objetivos políticos y profesionales individuales. 

El presunto asesinato a mitad de semana de un ciudadano a manos de dos agentes de policía en Bogotá, y el ulterior manejo de la situación por parte del Gobierno, su Ministro de Defensa, y las autoridades locales, nos mostraron a la sociedad que Colombia adolece de liderazgos positivos. 

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El cruce de trinos para achacarse responsabilidades o exculparse en lugar de tomar control de la situación es preocupante, porque deja la situación a la deriva, en manos de los agitadores en las redes sociales, y en los políticos oportunistas que buscan sacar réditos en medio del caos, instigando discursos de odio entre los diferentes sectores de la sociedad.  

Basta ver que los “líderes” de las principales fuerzas políticas del país todavía no salen a pedirles a sus seguidores mesura, prudencia, calma y civismo. Al contrario, salen a agitar la situación, usando sus redes sociales para echar culpas a sus rivales o pidiendo extrema mano dura contra la sociedad, qué, con razón, pero con medios equivocados, está expresando su inconformidad con el manejo del país. 

También es notable la ausencia de los “líderes religiosos”. Ninguno, antes muy activos en las campañas políticas, tanto al Congreso como a la presidencia, ha llamado la atención de sus feligreses para pedirles mesura, guardar calma en estos momentos de tanta alteración, y civismo para que las protestas no se conviertan en asonadas que destruyen los bienes públicos que sirven a toda la sociedad, pero que son más utilizados por los sectores más vulnerables de la población.  

Un hecho de violencia policial contra un ciudadano se convirtió rápidamente en un problema más complejo a nivel nacional, puesto que las protestas no se quedaron en Bogotá, sino que se extendieron a otras partes del país. A la situación actual derivada del coronavirus, se está sumando el elevado descontento social por los anuncios errados del Gobierno en varios frentes, así como sus omisiones en otros tan importantes como el control del territorio. 

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Hace muchos años, el país no vivía una escalada de violencia tan elevada, las masacres parecían eventos del pasado, y la pugnacidad entre los líderes políticos no tenía semejante nivel. La confianza en las instituciones se mantenía, inclusive después de que se conocieron grandes escándalos como los falsos positivos, las chuzadas del DAS, a la Corte, y la corrupción que se robó a Bogotá, etc.   

Hoy la situación pasó a convertirse en una batalla campal entre la sociedad civil y la policía, perdiéndose el respeto de aquella por los derechos de los ciudadanos, y estos últimos olvidando el deber de respeto a la autoridad.  

Es una obligación del Gobierno nacional y de los gobiernos locales tomar el control de la situación. Primero, llamando a los ciudadanos a la calma. Segundo, exigiendo a los comandantes de policía el control total de su personal, ya que si lo que está ocurriendo está en contra de las órdenes que están dando los altos mandos significa que hay insubordinación del personal. Tercero, haciendo que los hechos irregulares sean castigados rápidamente para presentar resultados a la sociedad civil de que en verdad hay cero tolerancia con los abusos de autoridad.  

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Cuarto, plantear desde el mismo Estado el diálogo entre las fuerzas de policía y representantes de la sociedad para corregir el rumbo, tanto de la institución como de las reacciones violentas de la ciudadanía. El Ejecutivo no puede seguir en lo que está, encerrado en la Casa de Nariño, asesorado por pocas voces que lo están descunchando con sus peticiones y otras que lo llevan a tomar decisiones perjudiciales para la democracia.