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La guerra comercial del año

Por: Raúl Ávila Forero

La situación comercial que mantienen Estados Unidos y China se preveía desde hace unos meses, como una antesala a una crisis comercial de escala mundial. Por el momento, ya se están brotando impactos negativos a nivel internacional y Colombia no se salva de ello.

La declaración de una guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo es una realidad y un problema que afrontar. Esto sucede luego que Trump materializara sus medidas proteccionistas imponiendo a inicios de julio una tasa de impuestos del 25% a una larga lista de importaciones chinas valoradas en aproximadamente USD$34 mil millones. Medida a la que, por supuesto, China respondió aprobando nuevos aranceles por un monto similar.

El presidente de Estados Unidos prometió desde su campaña que reformaría los acuerdos comerciales que el país mantenía con otros, bajo un idealismo de protección a la economía interna. Sin embargo, existe el riesgo de repetir la historia de su nación, cuando el proteccionismo tomó relevancia en la década de 1970 y generó una caída productiva en su nación, desencadenando así un periodo de estanflación en un intento salvaje por desarrollar su joven sector industrial.

¿Cómo salió de la crisis de 1970? precisamente con lo contrario, dislocando su aparato productivo a nivel global e iniciando relaciones comerciales con China. Pero ahora, parte de su discurso, se establece en que fijando nuevos aranceles, los estadounidenses podrán consumir más productos hechos en Estados Unidos, al tiempo en que se cierra el déficit comercial con China que, por ahora, supera los USD$375.000 millones al corte de 2017.

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No obstante, no ha tenido tampoco en consideración las consecuencias que se avecinan a su mercado laboral. Sectores como el metalúrgico, construcción y las industrias que usan en sus procesos de fabricación componentes eléctricos tendrán que pagar mucho más por sus insumos, lo que conlleva a una subida en el precio de los productos que ofrece al mercado o, lo que es más probable, para reducir costos, a una reducción de puestos de trabajo para mantener costos.

La que ha sido considerada como la guerra comercial más imponente del siglo puede llevar, indudablemente, a una recesión económica a Estados Unidos en el mediano plazo; no obstante, las repercusiones en China serán casi de la misma magnitud, con la diferencia de que le sería más difícil de afrontar una crisis así, ya que su sistema financiero no cuenta con el mismo desarrollo. Con esto, el país asiático sería el más interesado en alcanzar algún diálogo de negociación.

Pero si ampliamos la visión, las consecuencias a nivel mundial pueden ser de gran impacto también para las economías emergentes. El mismo Fondo Monetario Internacional (FMI) ya ha hecho especulaciones sobre cómo puede agravarse la situación que padecen países como Argentina y Turquía. Es inevitable una profundización de su crisis, incluso más allá de la fuga de inversores con la que lidian actualmente.

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Incluso, países tan diversos como Indonesia, Brasil y Sudáfrica también se han visto envueltos en una lucha por afrontar esta tupida fuga de capitales, lo que aumentaría el riesgo de una crisis más amplia, prolongada y con consecuencias cada vez más globales.

Colombia, por otro lado, no quedará ajeno a los impactos que trae esta guerra comercial. Por un lado, se sabía que la industria del hierro y el acero sería de las primeras afectadas, aumentándose en este sector las importaciones en un 46,9% en el primer semestre del año, y las exportaciones un 87,9%. Indicadores que tienen una lectura positiva y negativa a nivel nacional.

Es decir, con el aumento de las exportaciones es clara la evidencia de la apertura de nuevos mercados para el producto. Y no sólo para con el acero; según Analdex, las confecciones y bienes relacionados vienen presentando la misma tendencia. Sin embargo, la ANDI ha asegurado que el incremento de las importaciones es un claro efecto de la desviación comercial que se viene presentando por la medida arancelaria norteamericana, situación que también se presenta con el arroz, el maíz y, potencialmente, con los automóviles.

El problema con esto último es que, a diferencia de otros países, Colombia no ha buscado implementar medidas comerciales en su defensa para, por un lado, proteger la industria nacional y, por otro, evitar una sobreoferta de algunos productos, por cuenta de mayores importaciones, para una demanda que no existe.

La oportunidad que se viene abriendo para la región latinoamericana es para China con un modelo de exportación sustituta, gracias a la búsqueda que ha emprendido para tener nuevos aliados comerciales que le provean lo que Estados Unidos ya no envía. Allí, vienen tomando relevancia productos como la soja, cereales y diversos tipos de carne bovina y porcina por cuenta de países como Brasil, Ucrania y Rusia.

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Por el lado de Estados Unidos, nuestro país debe mantener la insistencia para implementar una negociación que nos permita quedar exentos de varias de las medidas arancelarias que consolidó el presidente Trump.

Con una guerra comercial de este calibre, Colombia queda en jaque. Estados Unidos y China son sus dos principales socios en exportaciones, teniendo el primero una participación del 27,9%, mientras que China  un 5,3%, al cierre del año pasado. Una guerra de aranceles y la imposición desmesurada de barreras comerciales no es buena para nadie, y menos para nosotros que quedamos en medio de peleas que son capaces de reconfigurar el comportamiento comercial a nivel nacional e internacional.