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Tres partidas de ajedrez que Biden deberá jugar

Por: Guillermo Valencia

La polarización, la confrontación con China y la regulación de los gigantes tecnológicos son los primeros desafíos de su agenda.


El tesoro más preciado de Estados Unidos está en sus instituciones democráticas. Fue gracias a ellas que Trump pudo ser electo en 2016 y luego, cuestionado por los demócratas en un ‘impeachment’. Hoy, son estas las que le permiten apelar los resultados electorales.

Si bien ambas votaciones fueron históricas, los 75 millones de votos de Biden no indican que todo el país esté de acuerdo con su visión. Aún quedan otros 71 millones de personas que votaron por Trump y cuya voz será escuchada en la Cámara y el Senado de este país. 

El desafío de la polarización

La polarización es el cáncer de una democracia. Cuando un país no logra un acuerdo en lo fundamental, la extrema radicalización divide la población en dos polos radicales. Por ejemplo: Donald Trump vs. Bernie Sanders/Alexandria Ocasio-Cortez. El primero representa la derecha radical y los segundos, la izquierda radical. 

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La dupla Biden-Harris tiene la oportunidad de crear reformas que puedan solucionar esta polarización. La clave para que esto ocurra está en un aumento en la productividad, por medio de tecnologías limpias; una mejora de la cobertura del sistema salud, y el empoderamiento y desarrollo de la clase media, sin desincentivar el fuerte espíritu emprendedor estadounidense.

El gran desafío es crear un ‘Green Deal’ sin acudir a la demagogia, lo que quebraría la economía de EE. UU., que vive niveles históricos de endeudamiento.

Fuente: Reserva Federal.

Fuente: Reserva Federal 

La globalización no volverá

Es tentador pensar que Biden representa el viejo multilateralismo, cuando en realidad se ha descubierto que es imposible vivir en un mundo hiperespecializado. La pandemia lo demuestra y evidencia que la globalización solo funciona cuando existe un claro poder geopolítico. Vimos esto en el Imperio Mongol, el Otomano y el Británico. Hoy vivimos en un mundo multipolar, que demanda cadenas de valor locales, no globales.  

China entendió esto y lo puso en práctica con su ‘Nueva Ruta de la Seda’. Su ascenso la ubica como una prioridad para Estados Unidos, que verá en el Mar del Sur de China un nuevo escenario de confrontación. En Asia, Biden deberá construir una alianza con India, Corea del Sur, Japón y Taiwán. 

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La consecuencia de esta decisión será una retirada en Medio Oriente, donde EE. UU. ha perdido los incentivos para proyectar su poder, debido a la autosuficiencia energética lograda a través del ‘shale oil’. 

Desde mi óptica, la administración de Biden representa bajos precios del petróleo en el corto plazo. Una caída de este combustible podría amplificar las guerras ‘proxy’ existentes entre Turquía y Emiratos Árabes, y Arabia Saudita e Irán.

Hoy, los precios del crudo suben frente a la expectativa de una vacuna. No obstante, atravesamos un cambio estructural en todo el complejo energético.

La regulación de los gigantes tecnológicos

Desde la elección de Barack Obama ha quedado patente que el uso de redes sociales es fundamental para el éxito de cualquier campaña, y 2020 no ha sido la excepción. Sin embargo, las restricciones impuestas a Cambridge Analytica, empresa consultora que apoyó la elección de Trump en 2016, y la casi prohibición de sus mensajes en redes sociales mostraron que estas están siendo cada vez más vigiladas. 

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Esto, al menos en Twitter, restó impacto a la campaña de Trump y limitó su estrategia digital. Es difícil saber si fue acordé con los lineamientos democráticos y legales, pero nos muestra una tendencia en la agenda de los CEO de estas compañías.

Facebook, Google, Amazon, Twitter y Netflix tienen una fuerte posición oligopolista, que va en detrimento del desarrollo tecnológico y de la libre competencia. Esto hace que sea muy difícil para nuevos emprendimientos competir contra ellos, pues les queda ser objeto de una adquisición hostil o ser destruidos por una cuota de mercado reducida. 

En la estructura del sistema económico estadounidense, el ganador se queda con todo. Para ganar la guerra tecnológica con China, Estados Unidos no debe apostar por campeones nacionales, sino por el desarrollo de ecosistemas vibrantes que permitan la supremacía de la inteligencia artificial, la computación cuántica, la exploración interplanetaria o la creación de medicinas para combatir las grandes enfermedades de la humanidad, como el cáncer. 

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Estos han sido durante décadas sinónimos del espíritu estadounidense. El reto está en aplicarlos al siglo XXI.