Ilustración de Erika Gutiérrez.

adelanto editorial

'Las Pléyades', un adelanto de lo nuevo de Carolina Sanín

Por: Carolina Sanín*

'Somos luces abismales' (Literatura Random House), un conjunto de ocho composiciones híbridas que se mueven entre la narrativa autobiográfica y el ensayo, es el libro más reciente de Carolina Sanín. Se lanza en septiembre, y ARCADIA presenta en exclusiva este fragmento.

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En mi casa vivimos solas mi perra y yo, pero cabría alguien más que no fuera una cabra, que se escribe casi igual que cabrá, pero sin el ala de pájaro encima del final. Donde vivo cabrían cientos de animales que fueran pájaros y estuvieran casi todo el tiempo volando afuera, o miles de animales que se apretaran suficientemente unos contra otros, o millones de animales ínfimos, o billones de animales que supieran meterse los unos dentro de los otros.

No sé cuántos vivimos en mi casa. La noche que siguió a mi visita al aprisco creí que me acompañaban unas pulgas que había traído de un viaje a otra ciudad dos semanas antes. En la última noche del viaje, en el último hotel, sentí que de la alfombra surgía una especie de acechanza. A lo mejor eran ellas, y se habían metido en la maleta después de que apagué la luz.

Al llegar de aquel viaje me vi un cinturón de picaduras, pero traté de convencerme de que las pulgas no habrían podido sobrevivir al avión. No es fácil concebir pulgas en el cielo. Pero dos semanas más tarde creí ver dos pulgas quietas en la toalla blanca que extiendo en el suelo a la salida de la ducha, y me encontré en las piernas ocho ronchas nuevas.

¿Un parásito acompaña?

Me rasqué detrás de las rodillas hasta sacarme sangre, en la cama, mientras veía una película de terror sobre una mujer que se mudaba a una granja de Nueva Inglaterra y poco después empezaba a sentir ganas de asfixiar a su hijo. La mujer no sabía que en su nueva casa había vivido una bruja que dio a luz a un niño para ofrecérselo a Satán y se colgó de un árbol después de decretar que su espíritu poseyera a todas las mujeres que habitaran la granja en adelante, para que también ellas asesinaran a sus hijos. Mientras la nueva habitante de la granja dormía, el espíritu de la bruja le chupaba la sangre. Por la mañana, la mujer se descubría el cuerpo cubierto de picaduras, moretones y chupazos.

La película era mala y, mientras la veía y me rascaba, yo iba corrigiéndola con una telenovela excelente, de terror y amor: la embrujada no era la granja, sino la mujer misma. La granja no era granja, ni estaba en Norteamérica, sino que era una gran casa de maderas resinosas, de tres pisos, construida hacía mucho tiempo en América del Sur, en una sierra junto al mar Caribe, en medio de la selva, en la orilla de un río que bajaba lentamente al mar. Y la mujer no estaba embrujada exactamente, sino encantada: agradecía el haber podido comprar esa propiedad, y su suerte casi le parecía excesiva, y por eso decidía convertir la casa en un hotel: para que otros pudieran disfrutar con ella del paisaje que desde allí se contemplaba, y hacer, como ella, excursiones al río y a las quebradas, y ver desde la terraza el mar tibio y la nieve de las cumbres, y bajar a bañarse en la playa; y para que otros dejaran en su arena chismes y enredos, cuentos, secretos y mentiras. Una tarde llegaba al hotel el primer huésped. Era hermoso y alto, y parecía de hierro en todo menos en la voz, que era “de pandereta de hojas de oro y flauta hecha de caña”, según se decía la anfitriona en una vuelta de las vueltas de su oído. El extraño se hacía amigo de ella, y cada noche hablaban durante horas. Él le contaba de las diecisiete veces que se había ido de su casa cuando apenas era un niño, y de sus dieciséis regresos. Le cantaba. Al cabo de un tiempo, le ofrecía ser su socio y arreglar la casa, con la condición de que, hasta que la obra estuviera concluida, ella no alojara allí a ningún otro huésped. La mujer aceptaba la propuesta. Se sentía maravillada por su compañero y –poco a poco, y más y más– conmovida por su soledad, que parecía “de una estrella en el fondo de un abismo”, según se decía ella entre las entretelas de su corazón. Primero, el hombre construía una chimenea y encendía un fuego magnífico en el centro de la sala. Luego traía a la casa muebles, alfombras, cuadros, cabezas talladas, cabezas bruñidas. Decía cuanto podía saberse e inventarse sobre cada objeto que llegaba al hotel desde las ruinas del tiempo, y sobre las guerras que en su estela habían dejado los objetos. Parecía conocer todas las cosas que el arte había creado. A veces la mujer sentía miedo y creía que su huésped quería quedarse con la casa. Otras veces creía que el huésped quería dormir en su cama y quedarse con ella para siempre. Las sospechas de robo se esfumaban tan rápido como las de amor. Un hombre así de rico, de hierro, de pandereta de oro, flauta de caña y estelar abismo despertaba tal lealtad de la curiosidad, que arrugaba cualquier romance de la fantasía. Un día, el extraño misterioso le revelaba a su socia que quería celebrar en el hotel una fiesta para invitar a una señora a quien amaba desde siempre. La describía, y en la mente de la hotelera se figuraban una reina y una nube, una generala que caminaba sobre el agua, una rosa, una abeja, una yegua, un potro, un jaguar, un cordero y un pelícano. De tantas maneras prodigiosas parecía ser la amada, que su imagen barría en la hotelera todo asomo de la envidia. Pero, poco después de que el hombre le confiara su secreto, ella empezaba a oír rumores en los mercados, en los bingos y en las salas de televisión de la ciudad cercana. Se decía que el huésped misterioso había vagado durante quinientos años por este lado del mundo, cambiando de nombre y nacionalidad. Que había conseguido una fortuna con el tráfico de drogas, con el contrabando de osos hormigueros, con un pozo petrolero, tachando el Casanare con el cultivo de la palma de la leche. Lo habían visto bailar como una mujer y deambular como un mendigo, y habían oído que jugaba con un gato en cuya lengua las papilas rasposas se peinaban al revés que en la lengua de los gatos. Una vieja de la sierra, adivinadora de recuerdos, le salía al paso a la hotelera en el camino que subía a su casa y le contaba que el huésped misterioso, cuando niño, había hecho algo brutal: lo habían encargado de cuidar durante un rato a su hermana de pocos días de nacida, y él, azuzado por los celos, había tratado de asfixiarla. El perro de la casa se había lanzado a morderlo y había salvado a la hermanita. Luego, al oír que el padre regresaba, el perro había salido a la puerta a saludarlo, con la boca y el pecho ensangrentados. Creyendo que había mordido a la bebé, el padre lo había matado de un golpe. Pero enseguida, al ver a la niña ilesa y al hermano mordido y acechante, había comprendido la verdad. Se había arrepentido de matar al perro fiel, había llorado y había expulsado de la casa al hijo, que desde entonces no tenía familia ni lugar. La hotelera, al amanecer del día siguiente a su encuentro con la vieja de la sierra, en el momento de salir del sueño, veía entre la niebla de su mente a la señora de quien el hombre decía estar enamorado. Inmediatamente comprendía que era la misma niña que, según le habían contado, él había tratado de matar. Y al abrir los ojos, entendía que los hermanos habían nacido allí mismo, en su hotel, en la casa de madera de tres pisos. Antes del siguiente atardecer, su huésped le pedía que hiciera las invitaciones a la famosa fiesta de inauguración que quería organizar. La hacía prometer que pondría mucha atención en la invitación para su amada. Después de algunas mañanas de tristeza, en las que maldecía al destino, que la había llevado a hospedar a un criminal, y tras soñar unos cuantos sueños de más, la hotelera veía que no tenía otra opción que ayudar a su socio: tal vez porque él era bello en todo lo que ella le había oído decir y le había visto hacer, y era justo que la mujer a quien quería tuviera el amor de un hombre tan de hierro y oro, o tal vez porque quería que la fiesta se celebrara y que toda la gente que ella conocía viera su hotel esplendizado, o tal vez porque ella misma se había enamorado de la amada, de tanto imaginarla, y ya se veía convertida en la madrina de los dos amantes, en la ahijada de ambos y en la amiga inseparable de cada uno. En el ansia de su amor, y como electrizada por un rayo, se ponía entonces a escribir la invitación para la fiesta, que sería el matrimonio entre los hermanos, la reconciliación del hijo mayor y la consagración del hotel de la selva. Redactaba muchos borradores buscando ser convincente, y en eso pasaba los días, las semanas y las noches. Le describía a la amada los árboles de la sierra, el diamante de la nieve, las últimas luces en el mar, el canto de los pájaros del bosque y hasta el canto del ruiseñor y la abubilla, que vivían en bosques de otros continentes. Juntaba unas cosas con otras hasta que sentía que en su casa se abría un jardín infinito, y luego escribía de los ojos brillantes de la lechuza y del chillido del murciélago y del barco que se alejaba en la niebla de la noche y de la luna llena y de la raíz podrida, y para definir el trópico copiaba unos versos de Coleridge que decían que “era un clima donde, se decía, / la noche es más amada que el día”, y no volvía a dormir, mientras yo me rascaba las picaduras de las pulgas en los tobillos y veía aquella película pésima sobre la mujer que, poseída por Satán, iba a matar a su hijo.

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*Escritora. Columnista de ARCADIA