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Este valioso proyecto cultural podría acabarse: una defensa de Mario Jursich

Por: Mario Jursich

“Lo que me llevó a escribir esta columna es constatar la facilidad con que un proyecto tan prometedor [como la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana] podría irse al traste por falta de apoyo institucional”.


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A favor de la BBCC

Soy consciente de que en asuntos así uno puede exagerar y dejarse arrastrar por las hipérboles. Espero pues que el lector me crea si le digo que, en mi ya dilatada carrera como editor de libros, pocos trabajos me han dejado tantas satisfacciones y me han suscitado tantas preguntas como haber sido asesor de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana (BBCC) entre los años 2016 y 2018.

Con esas siglas se conoce un proyecto impulsado por Consuelo Gaitán, exdirectora de la Biblioteca Nacional, que pretende emular el rastro dejado en la cultura colombiana por colecciones del mismo estilo, pero añadiéndole un giro que, al menos en términos teóricos, podría darle a este nuevo acervo un alcance insospechado.

Todas las bibliotecas básicas colombianas se han propuesto reunir lo más selecto del arte, la literatura y el pensamiento de nuestro país y ofrecerlo a un precio que hasta el aficionado más modesto a los libros se podría permitir pagar. Nada más por dar un ejemplo, cuando el poeta Jorge Rojas empezó a publicar en 1971 la Colección de Autores Nacionales y la Colección Popular, los tomos de la primera costaban en promedio cincuenta pesos y los de la segunda, diez. Es decir, tres o cuatro veces menos de lo que valía en el circuito comercial de ese entonces un libro de características similares.

La diferencia introducida por la BBCC es que sus contenidos son digitales y están disponibles de manera gratuita para quienquiera que tenga un computador o una tableta. El interesado simplemente debe ingresar a la página web de la Biblioteca Nacional, pinchar en la pestaña “bbcc” y luego decidir si quiere leer en pantalla o descargar a su disco duro lo que sea que haya mesmerizado su curiosidad.

Es imposible dar aquí una idea aproximada de las emotivas y extensas discusiones que José Antonio Carbonell, Julio Paredes y yo mantuvimos con el equipo de Consuelo Gaitán a lo largo de tres años. Así pues, me limitaré a decir que, puestos a seleccionar un máximo de ciento cincuenta títulos de todo lo publicado en Colombia desde el siglo XVII, fue indispensable preguntarnos no solo qué entendíamos con la palabra “canon”, sino explicitar cuáles serían nuestros criterios a la hora de escoger entre el abigarrado material a nuestra disposición.

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En los años treinta del siglo pasado, cuando Daniel Samper Ortega empezaba a publicitar su Biblioteca Aldeana, se daba por sentado que al hablar de “lo más selecto de nuestra cultura” estábamos refiriéndonos exclusivamente a géneros como la literatura y la historia, y en particular a los cuentos, novelas, poemas, crónicas de costumbres y libros de historia escritos por un grupo de hombres relativamente homogéneo.

Para nosotros, herederos de la Constitución de 1991, esa definición es inacatable, no tanto porque sea la vara de medir de otros tiempos, como porque apenas refleje la pluralidad del país y la sociedad en que estamos inmersos. De ahí que la BBCC incluya, además de todo lo que le interesaba a Samper Ortega, saberes y autores que en su época se asumían como excéntricos –esto es, fuera del centro o con un centro diferente–: por una parte, la economía, la botánica, el periodismo, la lingüística, la filosofía, la arqueología y en general todas las disciplinas que han enriquecido nuestra comprensión del mundo en los siglos XX y XXI; por la otra, las mujeres, los indígenas, los negros, los isleños, los homosexuales y en general todos esos grupos que han sido percibidos como ciudadanos de segunda categoría.

Con nada de lo anterior pretendo transmitir la idea de que la BBCC sea una “superación” de las bibliotecas básicas hechas en el pasado –ese es un juicio que solo pueden proferir los lectores–. Lo más que puedo decir al respecto es que los encargados de su confección tratamos de hacerla concienzudamente.

En realidad, lo que me llevó a escribir esta columna es constatar la facilidad con que un proyecto tan prometedor podría irse al traste por falta de apoyo institucional. Si uno entra hoy a la página de la BBCC, encuentra ciento tres títulos que a no dudarlo saciarían el hambre del lector más exigente, pero si queremos que sigan ahí y que la BBCC cumpla con los propósitos para los cuales fue diseñada, el ministerio de Cultura deberá asignarle más presupuesto a la Biblioteca Nacional, contratar ingenieros que le hagan mantenimiento al sitio donde se aloja esta colección de libros y vigilar que la Red Nacional de Bibliotecas cumpla sus funciones. Sería desmoralizador que solo quienes tenemos computador o tableta podamos leer los espléndidos títulos de la BBCC, mientras que los remotos habitantes de un pueblo en el Vaupés o en el Chocó deben resignarse a seguir leyendo el cielo porque no les ha llegado ni la conectividad ni ninguna otra de las fantásticas promesas de la economía naranja.

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