tumbatecho

Morder la mano que te alimenta: una columna de Mario Jursich

Por: Mario Jursich

Un abogado de la Universidad de los Andes rescató hace poco una carta en el Archivo General de la Nación que nos habla en estos tiempos de empanadas.


Este artículo forma parte de la edición 160 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En 1972, cuando Misael Pastrana Borrero era presidente de Colombia, el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) expidió una resolución en la que prohibía de manera tajante que “personas con aspecto de hippie” pudieran ingresar al país.

Naturalmente, la medida desató un caos mayúsculo. En los despachos de los aeropuertos los atribulados funcionarios no dejaban de preguntarse una y otra vez: ¿pero qué es tener aspecto de hippie? ¿Usar el pelo largo? ¿Calzar sandalias de cuero? ¿Vestir con jeans o saya florida? ¿Llevar pulseras? ¿Chaquiras? ¿Oler a pachulí? ¿Cargar en la mano un ejemplar de El lobo estepario?

Sabríamos poco de este episodio de no ser porque Juan Serrano, un abogado de la Universidad de los Andes, rescató hace poco una carta en el Archivo General de la Nación que, además de ser extraordinaria en sí misma, resulta todavía más valiosa porque quien la firma no era un criptosubversivo, un, digamos, simpatizante encubierto de la Cuba castrista o de las Farc, sino el entonces embajador de Colombia en Panamá, amigo íntimo de Alfonso López Michelsen y fundador, junto con otros políticos, del Movimiento de Renovación Liberal: Jaime Ucrós García. Como quien dice, un miembro probado y requetecontraprobado del establishment de la época.

Por razones de espacio, me resulta imposible citar aquí la carta completa. Extraigo, pues, sus principales apartes, sin dejar de resaltar que parece una refutación a priori, con casi medio siglo de distancia, de todos los embelecos en que parece embarcado el actual neoconservadurismo colombiano: prohibir las burlas a los gobernantes en los carnavales, impedir que los contratistas del Estado opinen sobre las órdenes del ejecutivo, perseguir a los fumadores de marihuana en los parques y, claro, ensañarse con la venta callejera de empanadas.

Señor ministro: las compañías de aviación Avianca y Copa me solicitan adelantar algunas gestiones tendientes a que las autoridades colombianas definan exactamente lo que debe entenderse por “personas con apariencia de hippies” (…).

Como es de suponer, en asunto tan delicado ni son todos los que están ni están todos los que son, para apelar a una socorrida frase. La orden impartida por el DAS, si bien es cierto tiene fundamento legal, como que todo país se reserva la admisión de extranjeros, puede prestarse para que se cometan muchos atropellos e injusticias contra personas distinguidas (profesionales, estudiantes, turistas, etc.), que por el solo hecho de usar cabellos largos, frondosas barbas y vestidos de dril [pudieran ser confundidos] con aquellos elementos indeseables que, escudados bajo el rótulo de hippies, se pasean muy orondos por las calles y caminos de nuestro territorio.

Esta determinación del DAS, interpretada muy a la ligera como ha venido ocurriendo, se presta para burlas e irrespetos contra las autoridades colombianas, además de que causa enormes perjuicios a la industria del turismo en cuyo desarrollo estamos tan interesados. No considero conveniente que a muchos ciudadanos correctos, procedentes de los Estados Unidos y de varios países europeos, se les impida entrar a territorio colombiano por ejercer el derecho que tiene cada cual a vestirse como le parezca (…). Quizás muchas de estas personas que andan con ropas un poco deterioradas y cabellos largos nada tengan que ver con los vicios atribuidos genéricamente a los populares hippies. Y, contrario sensu, puede darse el caso de que muchos caballeros elegantes y hasta calvos tengan afición a las drogas, a la marihuana y demás “entretenimientos”.

Conviene, pues, no hacer el ridículo en cuestiones tan delicadas (…) La medida puede ser acertada en su espíritu, pero no puede llevarse a la práctica en la forma vaga y simplista concebida por la Sección de Extranjería del DAS (…). Pretender medir la capacidad delictiva de un varón, a estas horas de la vida, por el largo de su cabellera o lo corto de su pantalón equivaldría, más o menos, a determinar la virginidad de una mujer por la minifalda, la maxifalda o el bikini (…).

Yo añadiría algo más. En una exasperada cultura política como la nuestra, en que se nos recomienda rodear al presidente casi a diario y en que hasta la menor disidencia se asume como traición a la patria, la carta de García Ucrós viene a ser un recordatorio de lo decisivo que es contar con gente capaz de oponerse a las ideas de quienes les pagan el sueldo. Por lo general, se asume que estar a favor de una administración significa secundarla en absolutamente todo, olvidando que la verdadera lealtad pasa por rechazar lo que nos parezca falso y dar, si es necesario, duchazos de agua fría. Contra lo que ahora nos dicen, “morder la mano que te alimenta” no es un acto reprobable. Al contrario: dependiendo del caso, es o debería ser la obligación de cualquier funcionario público o privado orgulloso de serlo.

Lea todas las columnas de Mario Jursich en ARCADIA haciendo clic aquí.