Tendencias
El escritor y columnista de ARCADIA Antonio Caballero

mil palabras por una imagen

Tristes trópicos: una columna de Antonio Caballero

Por: Antonio Caballero

Nuestro columnista Antonio Caballero escribe sobre las recientes manifestaciones en Nicaragua en contra del presidente Daniel Ortega.

Este artículo forma parte de la edición 154 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Foto: AFP

Es un idiota el que no cambia de opinión, dijo un político colombiano excusando sus propias volteretas. Al ver ahora las manifestaciones contra Daniel Ortega en Nicaragua pienso en eso, recordando que hace cuarenta años –hace ya nada menos que cuarenta años– muchos, y entre esos muchos yo, aplaudíamos a Ortega y a sus compañeros sandinistas que estaban derrocando la dictadura hereditaria de los Somoza, impuesta por los negocios de los Estados Unidos. Ahora la vemos reemplazada por la dictadura hereditaria de los Ortega, respaldada por los negocios de la China, incluyendo el muy grande de la excavación de un nuevo canal interoceánico para rivalizar con el de Panamá. No me arrepiento de haber aplaudido el derrocamiento de la dictadura del último Somoza. Sí me arrepiento de haber aplaudido la ascensión al poder del primer Ortega, de su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo, y de sus muchos hijos.

Pero, ¿quiere decir eso que no soy un idiota, puesto que he cambiado de opinión con respecto a Ortega? Porque no creo que sea Ortega el que se considere idiota. Tras el triunfo de la Revolución Sandinista en l979 gobernó el país por diez años, hasta 1990, enfrentándose a la guerrilla de los Contras, respaldada por los Estados Unidos. Derrotado en las elecciones, quince años pasó en la oposición, hasta que, aliado con sus hasta entonces enemigos de la derecha, reconquistó el poder en 2006, para no soltarlo más. De modo que ha gobernado Nicaragua durante veintidós años: casi el doble que su predecesor Anastasio Somoza. Y por su resuelta intención de seguir en el poder es de suponer que está perfectamente satisfecho de sí mismo.

No piensan lo mismo otros muchos nicaragüenses. Esta fotografía de agencia (AFP) nos muestra las protestas contra Ortega y su mujer que ahora sacuden con sangre a Nicaragua. Es muy poco reveladora sobre la cruenta rebelión, que lleva ya varias semanas y casi tres centenares de muertos, y a la vez muy elocuente en cuanto a la monótona cotidianidad de las guerras en esta triste América mestiza. Una enorme pancarta contra Ortega ocupa la foto casi por completo, pero el interés no está ahí, sino en su esquina derecha.

Le puede interesar: ‘Hoy se libra una guerra moral en Nicaragua‘: Sergio Ramírez

Ahí, un hombre gordo de botas pantaneras y bluyins (probablemente made in China sobre el modelo universal norteamericano), y desteñida camiseta amarilla (que a lo mejor lleva en el pecho un eslogan en inglés o un Mickey Mouse, como las de los periodistas asesinados hace unas semanas en la frontera colombo-ecuatoriana), camina tranquilamente hacia una barricada cuidadosamente, meticulosamente construida con adoquines: ya la quisieran los ingenieros de Hidroituango. De una mano le cuelgan dos gallinas atadas por las patas, y de la otra un talego de plástico con tres o cuatro huevos. Aún sin verle la cara se nota que no ha leído el enorme letrero que cuelga de la barricada: Ortega Vende Patria.

Y se nota también que para él la barricada rebelde es simplemente un obstáculo incómodo que lo obliga a dar un rodeo en el camino de su casa, donde piensa preparar un sancocho con su par de gallinas. A este señor la sublevación contra Daniel Ortega lo tiene sin cuidado. Simplemente le molesta, como es probable que hace cuarenta años le molestara a su padre aquella otra sublevación de Ortega y sus compañeros contra Anastasio Somoza. Cosas que se repiten en el rutinario eterno retorno de todas las cosas. Nietzche, Marx, Hegel mirarían sin duda con desdén a este pachorrudo ciudadano, tan indiferente a los avatares del Espíritu.

Pero es que estamos en Nicaragua. En esta América tropical de la cual los filósofos alemanes dijeron al unísono que solo había contribuido al devenir de la Historia (usando la mayúscula propia de los sustantivos en alemán) con el Arte de beber Aguardiente: Kunst des Schnapsbrennens, si he de creerle –y no estoy muy seguro– al diccionario español-alemán de míster Google.

Lea todas las columnas de Antonio Caballero en ARCADIA en el siguiente enlace.