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| 9/11/2005 12:00:00 AM

¿Reelección o catástrofe?

Si la Corte Constitucional tumba la reelección no será el fin del mundo

Hace muchos años el ambiente político no había estado tan tenso. Posiblemente desde cuando la Corte Suprema de Justicia le dio luz verde a la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente bajo el gobierno de César Gaviria, no había un fallo judicial que tuviera en vilo a todo el país. Ni que generara tantas expectativas sobre sus efectos en el rumbo de Colombia. El fallo de la Corte Constitucional sobre la reelección de Álvaro Uribe es el tema que más se comenta en las reuniones sociales, políticas y familiares. Y, desde esta semana, los nueve magistrados se concentrarán en una especie de cónclave para producir un humo blanco que marcará el destino de la política en los próximos años.

Para muchos, el dilema es dramático: reelección o catástrofe. La increíble popularidad de Uribe tiene a las galerías nerviosas con la posibilidad de que la Corte saque humo negro. En el Congreso, por ejemplo, todo el mundo está armando sus campañas electorales bajo el supuesto de que Uribe es candidato. Y hay sectores que consideran que va a ser difícil que alguien reciba el relevo y continúe los principales aspectos de su agenda de gobierno. A ocho meses de las elecciones, ya incluso El Tiempo, único diario de circulación nacional, se pronunció a favor de la continuidad de Uribe durante un segundo período.

El sentimiento que genera Uribe es intenso y radical. Sus seguidores lo apoyan con pasión y sus opositores lo cuestionan con firmeza. Dado que los primeros son la gran mayoría de los colombianos, es entendible que muchos piensen que si Uribe es marginado del poder, el país rodaría por un despeñadero. ¿Depende acaso el buen rumbo del país de la reelección? ¿Se estancará la economía? ¿Le pondrán las Farc de nuevo el revólver en la nuca al país?

La verdad es que en estas percepciones hay más emoción que análisis y más sentimiento que cabeza fría. Ya en octubre de 2003, cuando se llevó a cabo el famoso referendo de 15 preguntas de las cuales sólo fue aprobada una, se había vaticinado que su fracaso conduciría al naufragio del país. Sin embargo, el clima de optimismo y la buena marcha del gobierno superaron la derrota y, luego de un leve bajonazo, se recuperaron los índices históricos de aprobación en las encuestas.

Esta visión pesimista de un país sin Uribe en el poder tiene sustento en cuatro elementos fundamentales: su desestabilización en el campo político, su coletazo en la economía, el efecto en una política de seguridad que ha sido exitosa y el impacto en el clima de confianza que ha prevalecido desde cuando el Presidente llegó al poder.

En lo político, quizá lo más importante es el entusiasmo que despierta la figura de Álvaro Uribe: un político creíble, un líder carismático, un trabajador incansable y un hombre comprometido con sacar a Colombia adelante. Hay que reconocer que el magnetismo que el actual Presidente despierta en la opinión pública también se ha construido sobre la impopularidad de los gobiernos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana. El primero salpicado por el proceso 8.000, y el segundo afectado por la imagen de un hombre sin profundidad. La imagen positiva de Uribe se traduce entonces en la convicción de que no hay nadie capaz de calzar sus zapatos.

Y, por otro lado, la popularidad que se ha ganado el actual mandatario gracias a la ética del trabajo y del sacrificio, no es un asunto de poca importancia. Ni de simple vanidad. Uribe ha demostrado que los índices altos en las encuestas se traducen directamente en una mayor capacidad de acción. La gobernabilidad, entendida como la capacidad de llevar a la práctica los objetivos, ha sido muy alta en este gobierno. Desde la siempre impopular compra de un avión presidencial, hasta el arriesgado proceso de reincorporación de los grupos paramilitares. Y por eso, tumbar la reelección despierta los fantasmas de volver a frenar la máquina del Estado.

Quienes profesan el credo de la 'reelección o catástrofe' lo extienden a la economía. Aseguran que la confianza generada por Uribe es indispensable para mantener el crecimiento y la inversión. E inclusive, para apuntarles a tasas superiores a las actuales, atractivas a la luz de la crisis de finales de los 90, pero insuficientes para las necesidades de generación de empleo y reducción de la pobreza. Uribe, además, es un ídolo del sector privado. En estos sectores hace carrera la idea de que si no continúa el actual Presidente, los mercados le cobrarán su decisión a la Corte, y decisiones pendientes en materia de inversión extranjera -que esperan el famoso fallo- se postergarían indefinidamente. Sobre todo en actividades como el turismo. Entre los yuppies y los hombres de negocios, el lema parece ser 'reelección o recesión económica'.

Pero el argumento que más alienta la idea de que el futuro es incierto sin Uribe tiene que ver con la seguridad. Dentro de esta lógica, el éxito de la política de seguridad se ve atado a la permanencia del Presidente en el poder. Más aun cuando, en palabras del propio mandatario, "la culebra aún está viva". Y este año la guerrilla se ha vuelto a mover con ataques, pipetazos y masacres, dejando tras de sí toda la estela de su veneno mortal. Uribe, además, es el primer civil que lidera verdaderamente la guerra y ha contado con un gran apoyo militar de Estados Unidos y la confianza personal del presidente George W. Bush. Difícil ver otro mariscal de campo en la Casa de Nariño. En ese contexto, muchos pensarán que el único hombre capaz de 'descabezar la víbora' es el actual Presidente.

Todo lo anterior, finalmente, ha producido una atmósfera de optimismo. Según la encuesta Invamer-Gallup, en ningún momento de las administraciones Samper y Pastrana hubo tantos ciudadanos que consideraban que el país va por buen camino. En medio de ese entusiasmo colectivo se ha ido tejiendo una relación casi mesiánica entre Uribe y las masas, donde la suerte del país está íntimamente ligada al futuro político del caudillo.

¿Tiene este panorama asidero en la realidad? ¿Qué pasa realmente si la Corte tumba la reelección? ¿Sería acaso una irresponsabilidad histórica?

En primer lugar, hay que entender que la falsa disyuntiva de 'reelección o catástrofe' es producto de un clima sicológico caracterizado por la emotividad, el atractivo personal de Uribe y los espejismos que generan los éxitos de su gestión. Pero de ahí a pensar que no hay vida después de Uribe, hay mucho trecho. Un análisis más frío muestra que el porvenir de una nación depende mucho más de la fortaleza de sus instituciones que de la audacia de su caudillo. El fin de la reelección no va a cambiar el buen curso que lleva el país.

Para empezar, la pregunta '¿si no es Uribe, quién ' no es válida en esta coyuntura. Si algo caracteriza a Colombia, y la diferencia de sus vecinos, es su extraordinaria capacidad para producir presidenciables. Mientras en otras latitudes pululan los Bucaranes y los Chávez, aquí hay una baraja de lujo -de todo el espectro ideológico- con capacidad para gobernar y con naturaleza de estadistas. Actualmente, en ningún lugar de América Latina existe un grupo como el de Enrique Peñalosa, Antanas Mockus, Horacio Serpa, Juan Manuel Santos, Antonio Navarro, Rafael Pardo, Carlos Gaviria, Noemí Sanín o Rodrigo Rivera. Nueve nombres que a algunos les gustan y a otros no, con diferentes trayectorias y en distintos momentos de sus carreras, pero que tienen un denominador común: son serios, responsables y les cabe el país en la cabeza. Uno solo de ellos haría una diferencia en algunos países cercanos.

Una virtud de la no reelección es que ha servido para estimular el surgimiento de nuevas figuras en la vida pública. La Asamblea Nacional Constituyente de 1991 consideró que la reelección convertía a los ex presidentes en candidatos vitalicios, lo cual, a su vez, taponaba la renovación política. Y la prohibieron con el objetivo de ponerle fin a la manipulación del otrora vital e influyente 'club de los ex'.

La experiencia de otros países indica, más bien, que la catástrofe llegó con la reelección. Segundas partes nunca fueron buenas para Menem, Fujimori, Caldera y Carlos Andrés Pérez. Tres de ellos no terminaron sus segundos períodos y salieron en medio de crisis y escándalos. Pero tampoco lo han sido para los presidentes exitosos. Para el de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, su segundo tiempo fue muy inferior al primero. Lo mismo les ocurrió en Estados Unidos a Clinton y a Reagan, dos bien recordados mandatarios que después de la reelección sufrieron los escándalos de Monica Lewinsky y del financiamiento ilegal de los contras en Nicaragua. Y, según las últimas encuestas, ese es el camino que le espera también a George W. Bush, quien esta semana, menos de un año después de su segunda victoria electoral, llegó al punto más bajo de aprobación de su gestión: 40 por ciento. Más allá de las virtudes de las reelecciones, lo más probable es que el segundo período de Uribe sea menos bueno que el primero.

Por otra parte, una permanencia de Uribe puede debilitar los esfuerzos hechos en los últimos años para consolidar las instituciones. En Colombia, otros contrapesos que establece la Constitución para evitar la concentración excesiva del poder podrían quedar en entredicho. La independencia de la Junta del Banco de la República, por ejemplo, que en un segundo cuatrienio uribista quedaría conformaba por miembros nombrados por el Presidente. Y habría que ver qué pasaría con la Corte Constitucional, a varios de cuyos magistrados se les vencerá el período durante el cuatrienio 2006-2010.

En materia económica, con o sin Uribe, la situación no va a cambiar mucho. El margen de maniobra que hoy día tiene un gobierno para cambiar el manejo macroeconómico es muy reducido. El Banco de la República conduce las políticas monetaria y cambiaria; los compromisos con el FMI imponen conceptos y metas en lo fiscal; la globalización genera corrientes mundiales que no puede cambiar un país en forma individual; las decisiones de las grandes corporaciones internacionales hoy día pesan más que las de muchos gobiernos. En este sentido, la economía opera con piloto automático, y el comandante de la nave no tiene mucho que hacer para definir su rumbo. Con Uribe o con otro al mando, se va a conservar la misma hoja de ruta, al menos en sus aspectos fundamentales (ver punto de vista).

En términos generales, la mayoría de los fatalistas son empresarios. Consideran que la economía se está recuperando y que una derrota de Uribe podría significar un retorno al hueco negro. Sin embargo, aunque no hay duda de que la reelección es conveniente para la economía, no es muy probable que lo contrario tenga consecuencias catastróficas. Lo más posible, si se cae la reelección, es que después de una breve turbulencia la economía retorne la tranquilidad.

Para las perspectivas de la economía, Uribe es toda una paradoja. Su formación no es de economista, ni su experiencia se ha concentrado en la administración. Sus conceptos tienen poco de ortodoxia y nada de neoliberalismo. Está de acuerdo con el proteccionismo, al menos de algunos sectores, y ha defendido a capa y espada las exenciones fiscales que les paran los pelos a los gurúes del Banco Mundial y del FMI. Su gobierno no ha sido propiamente draconiano en materia de gasto público (más bien ha sido gastador) y ha tenido enfrentamientos públicos con el Banco Central sobre asuntos como la revaluación del peso y la utilización de parte de sus reservas. Uribe es un ídolo en los mercados internacionales, sin duda, pero no por su mentalidad, ni por la austeridad de sus políticas, sino por la confianza que han generado los progresos en materia de seguridad.

Tanto, que la continuidad de la seguridad democrática es el pilar de la teoría de la 'reelección o catástrofe'. Pero la verdad, en este campo, tampoco se puede reducir a una versión en blanco y negro, y sin matices. El verdadero liderazgo de Uribe sobre la política de seguridad democrática es que la armó para que no dependiera de él. Se trata de una estrategia integral que interpreta las dificultades del conflicto interno y la escasez de recursos del Estado, pero que ha logrado fortalecer a las Fuerzas Armadas y profesionalizar a la tropa.

Aquí existe, incluso, otra gran paradoja. Ningún candidato o precandidato de oposición está proponiendo un giro radical en materia de seguridad. Ni siquiera Antonio Navarro, el candidato del Polo Democrático. En términos generales, en la baraja de aspirantes presidenciales hay un consenso continuista en este campo. Si hay cambios, será sólo para hacer ajustes, como en los excesos que se han cometido con las capturas masivas, y no para darle un timonazo estructural a la política de seguridad.

Curiosamente, el que más se ha apartado del discurso uribista es el propio Uribe. Puso a hablar a sus rivales sobre sus propuestas de 2002 para combatir a las Farc y fortalecer el Estado, y se tomó la bandera de la búsqueda de la paz en 2006, cuando el péndulo de la opinión está girando hacia una salida negociada al conflicto. Al menos con su significativo viraje de esta semana (ver artículo), de rectificar su tesis de que no hay conflicto, dejar salir de la cárcel al ex comandante del ELN, Francisco Galán, y proponer reunirse con las Farc para solucionar el intercambio humanitario, Uribe ya tiene una fisonomía diferente a la del guerrerista a ultranza, o a la del Presidente que sólo buscó la paz con los paras. Una jugada hábil, que deja en claro que la continuidad de la política de seguridad democrática no depende de que la Corte apruebe la reelección.

El dilema de reelección o catástrofe, en síntesis, es falso. La Corte no va a definir el futuro del país, simplemente porque la situación no va a cambiar mucho. Entre otras cosas, porque las discusiones que llevarán a cabo los nueve magistrados en el cónclave que empieza esta semana no van a tratar sobre ninguno de estos temas. Se limitarán a un tedioso análisis para determinar si el Congreso tramitó la reforma bajo las condiciones que establece la Carta Política. Esa es, exclusivamente, su función.

Ni la caída de la reelección es el fin del mundo, ni su aprobación es una panacea. Lo más probable es que después del humo blanco, cualquiera que sea el sentido del fallo, venga una intensa polémica de unos días, y que luego las aguas recuperen su nivel y su quietud. Las instituciones colombianas son mucho más sólidas de lo que los colombianos creen y ya han demostrado que sobreviven a circunstancias diversas y difíciles.

Además, si la reforma constitucional se cae, la imagen histórica del gobierno de Uribe será mucho más favorable si el jefe del Estado conduce a la Nación a tramitar el difícil fallo sin demasiados sobresaltos y sin dejarlo caer al despeñadero. Uribe sería el primer interesado en demostrar que si la reelección no pasa, no habrá ninguna debacle.

EDICIÓN 1893

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