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| 4/3/2005 12:00:00 AM

Una visita de paz

Los siete días blancos, nombre que se le dio a la peregrinación del Papa en Colombia, permitieron una de las semanas más pacíficas y espirituales en la historia del país.

Una visita de paz Una de las imágenes que más conmovió a Colombia y al mismo Juan Pablo II fue su visita a la desaparecida Armero, donde oró de rodillas durante varios minutos frente a la inmensa cruz en memoria de los más de 23.000 muertos de la avalancha. El Papa mantenía una copia de esta imagen en su residencia privada.
En Colombia había una expectativa general por conocer de cerca los planteamientos del papa Wojtyla, que en la primera entrevista de su pontificado me había dicho que "lo importante no era venir a los pueblos, sino que estos se unieran en verdadera reconciliación y paz"; pero también en el Vaticano había ansiedad por el comportamiento de una nación católica azotada por los flagelos del narcotráfico y de la guerra.

Analizando lo anterior, conversé el 29 de junio, día de fiesta grande en el Vaticano pues se recuerda a San Pedro y a San Pablo, con el cardenal vicario de Roma, Hugo Polleti, y me había definido el viaje como "una visita de esperanza y amor con un pueblo que está en dificultades", y más adelante analizó: "Es un mensaje de paz para aquellos de buena voluntad y sin violencia porque esta mata a los cuerpos, pero también aniquila los espíritus".

Así partimos el primero de julio del 86 a las 10:40 de la mañana desde el aeropuerto romano Leonardo da Vinci acompañando al papa Juan Pablo II, 65 periodistas más el séquito oficial del Pontífice, en el Alitalia bautizado 'Isla de Capri'. Allí fue despedido por el cardenal Camarlengo, quien lo reemplaza en el gobierno vaticano mientras está ausente, cardenal Sebastiano Baggio.

A los 50 minutos de vuelo recibimos la primera grata sorpresa de este viaje papal. S.S. Juan Pablo II bajó de su apartamento en la nave y comenzó a recorrer a los periodistas silla por silla para responder a nuestros interrogantes, luego de explicarnos que esta visita la resumía como "la reconciliación que nace en el corazón en el hombre, con una deseada paz para vuestro país".

Luego respondió sobre la situación colombiana, que definió como "males actuales que se deben sanar atendiendo la situación moral (...) porque normalmente, para una reconstrucción orgánica auténtica se debe atender lo que está viviendo la base de la población".

Le pregunté entonces sobre una carta que le había dirigido la guerrilla de las Farc hace algunos días, y me dijo que "ellos ya recibieron respuesta a su carta a través del Nuncio, porque no debemos olvidar que vamos a un país que tiene instituciones estatales y eclesiásticas, porque (...) Paz sí, pero, ¿qué quiere decir paz?, se preguntó (...) Si la paz quiere decir hacer terrorismo, así no la podemos entender".

Le insistí entonces sobre dejar las armas en la montaña, y me contestó: "Esto es un problema técnico; en verdad deben dejar las armas, pero no sé si en la montaña o en otra parte para no hacer más daño".

A un mes de iniciar gobierno el presidente Virgilio Barco, le dije que si tenía alguna recomendación para el próximo mandatario colombiano. Me dijo que "el nuevo gobierno debería mantener todo aquello que es justo en el sistema democrático de este país para resolver los difíciles problemas que enfrenta", y añadió: "Debe introducirse una verdadera justicia social siempre mayor, con las reformas necesarias sin llegar a la violencia".

Cuando le pregunté por su mensaje a los narcotraficantes, paró un poco su recorrido por el pasillo del avión y me tomó del brazo para decirme muy seriamente: "Todos sabemos bien que ellos están haciendo mal (...) Deben buscar las instancias y las acciones necesarias para detener este mal, y como responsables deberían buscar incluso salvar a sus víctimas".

Así llegamos a Bogotá y empezamos aquella peregrinación que denominaron luego 'los siete días blancos de Colombia', y de los que destacaría el mensaje para América Latina en Bogotá cuando insistió: "La América Latina es amante de la paz (...) y sabe que este don supremo es indispensable para su progreso. Pero al mismo tiempo es consciente de los numerosos peligros que la amenazan".

Subrayo también el recogimiento que mostró ante la gran cruz de Armero, y su diálogo con los indígenas en Popayán que fue bruscamente interrumpido por alguien de la curia que se molestó por las quejas del indio, que más tarde el Papa quiso oír y leer. Meses después el indígena desapareció en la selva colombiana.

También recuerdo su despedida en Cartagena, donde ante la tumba de Pedro Claver profundizó: "Hoy, como en el siglo XVII en el que vivió el apóstol, la ambición del dinero se adueña del corazón de muchas personas y las transforma, con el comercio de la droga, en traficantes de la libertad de sus hermanos, porque los traficantes de droga llevan sus víctimas hasta la destrucción misma de su personalidad".

Entre los pasajeros vaticanos tuve la suerte de hablar con el que considero uno de los diplomáticos del mundo más importantes del siglo XX, el cardenal Agostino Cassarrolli. Él me definió el tema de la paz como "una bondad necesaria, pero con las condiciones necesarias para obtenerla".

Otra de las anécdotas que recuerdo es una conversación con el entonces secretario adjunto de Estado, cardenal Eduardo martínez Somalo, quien había sido nuncio de Colombia. Le pregunté su opinión sobre la candidatura del cardenal colombiano Alfonso López Trujillo a la cancillería vaticana que se había lanzado en Colombia ante los rumores de renuncia de Cassarolli, quien ya se encontraba delicado de salud. Me respondió: "Mira Caballero, cuando uno calza 39 jamás debe comprar zapatos 42. Yo, por ejemplo, sé que nunca deberé comprar más allá de 38", muestra clara del fuerte humor político vaticano.

Al subir al avión Avianca de regreso a Roma, caí en cuenta de que la carta de viaje que nos entregaron estaba errada y en lugar de estar marcada con el escudo pontificio de Juan Pablo II estaba sellada con el de Paulo VI. Entonces le preguntamos en chanza su opinión, y con fino humor nos dijo: "Es un honor para mí que me recuerden a mi antecesor, que fue el que abrió los caminos para los atletas de Dios".

Después de Santa Lucía nos recibió a los periodistas colombianos en su sala personal y a la pregunta de Paloma Gómez sobre si había llorado en Armero, respondió: "Yo no soy muy pronto para llorar... fue más un recogimiento, una concentración interior... una emoción muy profunda cuando se encuentra esta realidad; esta tragedia".

Con su agradecimiento y su bendición nos despidió en el aeropuerto militar de Ciampino el 8 de julio al mediodía, pero al llegar allí ya me habían informado desde Bogotá que la guerrilla había roto la 'tregua papal' y que en Colombia el dolor contaba de nuevo los muertos... y años después vemos que el narcotráfico sigue azotándonos unido ahora con la guerrilla, a pesar de todo lo que nos dijo el papa Juan Pablo II durante los siete días y tres horas de su viaje número 30, en el que habló en 35 discursos para recomendar "la reconciliación que nace en el corazón del hombre".

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