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| 2/15/2004 12:00:00 AM

Orgía de sangre

Haití, el país más pobre de América, se debate en el caos mientras la comunidad internacional mira para otro lado.

Orgía de sangre Los rebeldes haitianos apodados 'caníbales' mutilan a sus víctimas a machetazos y saquean los bienes de los defensores del gobierno. El fin de semana pasado llegaron a tomarse 11 ciudades y el jueves seguían controlando Gonaives.
Las escenas recuerdan las sangrientas revueltas del África subsahariana. Pero se trata de Haití, el país más pobre de América, que desde hace más de una semana se ha convertido en una sucursal del infierno. El jueves pasado se contaban 47 muertos, y Gonaives, cuarta ciudad del país, seguía tomada por los rebeldes del frente de resistencia revolucionaria de Arbonita (antiguamente conocidos como el 'ejército caníbal'). En el pasado, esta fuerza era partidaria del presidente Jean-Bertrand Aristide, pero hoy pide su dimisión. La policía y las cuestionadas milicias gubernamentales habían logrado retomar el control de otras 10 ciudades, pero el caos seguía reinando por doquier.

Las fotos de las agencias, demasiado fuertes para ser publicadas, muestran a rebeldes haitianos con sonrisa triunfal mientras sostienen miembros mutilados de sus víctimas. Lo que parece ser un pedazo de pierna en la mano izquierda y en la otra un machete. En otras, cadáveres amontonados son exhibidos como trofeos por muchedumbres enfebrecidas.

La sede de una estación de radio, Tête à tête, acusada de vínculos con la oposición, fue incendiada, al igual que la casa un sacerdote vudú padre del director exiliado. En Cap-Haitien, un grupo de encapuchados arrasó con un depósito de alimentos y cientos de saqueadores vaciaron los contenedores de los barcos comerciales. Fuerzas leales al gobierno quemaron viviendas y obligaron a los opositores a abandonar la ciudad. En Saint Marc, otro grupo rebelde acabó con la estación de policía y los tribunales. Desde Gonaives, donde toda la insurrección comenzó, los 'caníbales' amenazaban con avanzar a Cap Haïtien y Port-au-Prince.

La ONU advirtió de una crisis humanitaria en Haití, donde los habitantes ganan menos de un dólar diario y tienen una esperanza de vida de 49 años, la más baja del continente. Unas 268.000 personas dependen del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas para sobrevivir. El bloqueo de la carretera que comunica

Port-au-Prince con Port-de-Paix y Cap-Haitien ha hecho que estos recursos dejaran de llegarles a cientos de damnificados por la sequía, menores, mujeres embarazadas y enfermos de sida. Los centros médicos y hospitales tuvieron que cerrar y Amnistía Internacional expidió un comunicado para advertir del deterioro de la situación de derechos humanos.

La ira popular contra el gobierno viene exacerbándose desde que Aristide ganó en forma dudosa las elecciones de 2000. La oposición cuestionó su validez y se negó a participar en las elecciones legislativas por falta de garantías. Desde entonces piden que Aristide renuncie, pero él está empeñado en continuar con su mandato hasta 2006. El descontento se recrudeció por el empeoramiento de la situación económica. Las exportaciones tradicionales de café y ron se acabaron; el turismo se fue a pique y las industrias ensambladoras estadounidenses cerraron. Y mientras para los defensores del gobierno todo es culpa del abandono internacional, los opositores critican los vicios autoritarios del Presidente y su enriquecimiento desmedido.

Aristide acusó a los partidos de la oposición de estar detrás de este levantamiento para provocar un golpe de Estado. La oposición, que quiere presentarse como una alternativa legítima, emitió un comunicado para distanciarse de los rebeldes. De momento, la situación no parece tener salida: la oposición no piensa aceptar los próximos comicios y Aristide no va a renunciar, mientras que Estados Unidos se niega a intervenir militarmente. Los avances en la mediación de Caricom están congelados. El organismo regional del Caribe había logrado que Aristide se comprometiera a conformar un consejo de asesores de amplia base, a nombrar un nuevo primer ministro y a desmantelar sus bandas armadas. Pero no ha cumplido.

Raíces profundas

Los grupos rebeldes son los exponentes actuales de los matones con que han aterrorizado al país las 32 dictaduras de su historia. Algunos descienden de los 300.000 tonton macoutes de la dictadura de los Duvalier (ver recuadro). Otros son antiguos efectivos de la dictadura de Raoul Cedras, que tumbó a Aristide en 1991.

Aristide, por entonces el único gobernante elegido democráticamente, volvió de la mano una invasión estadounidense en 1994. Pero su historia demuestra que el poder corrompe. Aristide empezó siendo un sacerdote católico idealista y defensor de la democracia, y con los años se convirtió en un perpetuador de la tradición despótica que pretendía frenar. Su forma de reprimir a la oposición ha sido denunciada repetidamente por los organismos defensores de derechos humanos, y desde su discutida reelección disolvió la legislatura y ha gobernado prácticamente por decreto. No obstante, una salida violenta de Aristide, elegido para cumplir un período de cinco años, tan sólo se añadiría a la historia de golpes de Estado y revoluciones que han mancillado la historia de un país ufanado de ser el segundo del Nuevo Mundo en implantar la democracia y el primero en abolir la esclavitud.

Mientras la situación se deteriora y los 5.000 policías, que son la única fuerza armada con que cuenta el gobierno, no parecen en capacidad de asumir el control, Haití se desangra en medio del caos y la violencia. Y la comunidad internacional mira con indiferencia a un país que requiere una intervención humanitaria sin precedentes en el hemisferio occidental.



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