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Natalia Cañas, ciclista aficionada, que sobrevivió a una muerte súbita
Natalia Cañas, ciclista aficionada, que sobrevivió a una muerte súbita ocasionada por una afección cardiaca. - Foto: Cortesía: Archivo personal Natalia Cañas

vida moderna

La joven paisa que estuvo muerta siete minutos y sobrevivió para contarlo. Esta es su increíble historia

Natalia Cañas aún no se explica con certeza cómo está contando el cuento: hace un año, durante una competencia ciclista, un infarto la desplomó en una vía.

A la mañana siguiente de la muerte del joven futbolista colombiano Andrés Balanta, a Natalia Cañas la abordaron sus compañeros de oficina en un reconocido banco donde trabaja como gerente comercial. Todos querían compartir con ella la noticia que tiene de luto al fútbol del continente: el jugador, de apenas 22 años, se había desplomado, de un momento a otro, en plena cancha, durante una práctica con su equipo Atlético Tucumán.

De nada habían servido —le contaron— los cerca de 40 minutos de reanimación que le practicaron al futbolista en un hospital cercano al club. Un infarto fulminante acabó con la vida de la joven promesa que en diciembre de 2021 había conquistado el campeonato colombiano con el Deportivo Cali y hacía carrera con la Selección Colombia juvenil.

Natalia escuchó con atención la historia y entonces la película de lo que ha sido su vida en el último año volvió a pasar frente a sus ojos.

El fallecimiento del jugador sucedió casi exactamente un año después de que la muerte tocara a las puertas de esta administradora de negocios de 36 años, nacida en Medellín.

La prueba más dura que ha vivido hasta ahora y de la que logró escapar, milagrosamente, de una manera que aún hoy le cuesta trabajo comprender y explicar. Su mente la llevó de regreso al día en que despertó, acostada sobre el asfalto, rodeada de rostros que la miraban con incredulidad, después de haber estado muerta, literalmente.

Aquello sucedió la mañana del 31 de octubre de 2021, cuando junto a su esposo —Orlando Molano— comenzaban a rodar los primeros kilómetros de El Gran Giro de Rigo, una competencia para ciclistas aficionados que se corría en carreteras de Santander.

La pareja ya completaba un buen tiempo practicando este deporte, por el puro gusto de hacer actividad física, y al que le daban rienda suelta recorriendo sobre sus caballitos de acero distintos pueblos de Cundinamarca.

Enterados de la competencia convocada por el gran Rigoberto Urán el año pasado, en el Cañón del Chicamocha —una de las 15 de este tipo que volvieron a realizarse en el país tras la pausa de la pandemia—, Natalia y Orlando sintieron que ya estaban listos físicamente para medirse en una competencia a la que asistirían decenas de ciclistas tan aficionados como ellos.

El evento suele extenderse un día entero y, aunque convoca a aficionados, está diseñada al estilo de las competencias profesionales, de ahí que su exigencia física y mental requiere tiempo de preparación y mucha disciplina por parte de los concursantes. Algo que Natalia y Orlando sabían de sobra.

A las vías de Santander los dos arribaron con emoción, luego de viajar encaravanados con un grupo de amigos en el plan más colombiano de todos: conducir kilómetros por carretera, sin afanes, parar en algún paraje, tomarse fotos, comer delicioso.

La pareja sabía que la competencia constaba de dos grandes retos: el Gran y el Medio Giro. Ambos apostaron por el Medio, que consiste en cerca de 70 kilómetros, por montaña, sobre el pavimento.

Ese 31 de octubre, la competencia comenzó a las 7 de la mañana. Iniciaron el recorrido, sobre terreno plano, en el municipio de Mesa de los Santos. Durante los primeros diez kilómetros, Natalia se notaba plena de energía, mientras Orlando se sentía un poco colgado. La idea, según lo que habían acordado previamente, era parar en el kilómetro 13, al final de la montaña, para hidratarse y descansar un momento y luego proseguir con la competencia.

Pero Natalia nunca paró.

Recuerdos de una muerte súbita

Pocos minutos después comenzó una pesadilla de la que la joven paisa no recuerda nada. Su mente solo consigue llevarla hasta el momento en que, en medio de los pedalazos, un fuerte mareo la botó al suelo.

En la distancia, Orlando comenzó a observar cómo la gente se iba aglomerando con angustia en un mismo punto de la competencia, desde donde salían gritos que clamaban auxilio. Quien yacía en medio de tantas personas era su esposa, desmayada en el asfalto, con aspecto pálido, labios morados y ojos abiertos, “pero idos”, como recuerda Orlando.

Presa del pánico, se abrió paso entre la gente y se agachó a los pies de Natalia para darle respiración boca a boca. Algo había aprendido de primeros auxilios en sus años de estudiante de colegio militar, pero esos esfuerzos parecían infructuosos.

Lo que sucedió después parece sacado de la imaginación de un avezado guionista: tres médicos que participaban de la competencia —una ginecóloga, un internista y una anestesióloga— hicieron presencia en el lugar para intentar devolverle la vida a Natalia Cañas, una mujer sana, sin antecedentes graves de salud y a quien hasta hacía pocos minutos ‘galopaba’ feliz sobre su bicicleta dispuesta a llegar a la meta.

A los médicos se unió un paramédico, que llegó en una moto de la Cruz Roja, quien les facilitó un desfibrilador para intentar algunas descargas y así reanimar a la ciclista.

A pocos pasos de ahí, todos veían a Orlando presa de la angustia y del llanto, rogándole a la vida que no fuera a arrebatarle al amor de su vida.

Todo esto sucedió en apenas 7 minutos. 7 eternos minutos en los que, literalmente, Natalia estuvo muerta. “Cuando me enteré de lo que le pasó al jugador en Argentina, reviví esta experiencia y siento aún mucha confusión. Ha sido un año intentando reconstruir la historia. Esos minutos que estuve ahí y que sé por las versiones de otros, porque yo no recuerdo nada. Todo este año me he preguntado para qué la vida me puso esta prueba. Y ha sido también un año de gratitud por esta segunda oportunidad que he tenido”, cuenta esta administradora de negocios.

La gran paradoja es que, de no haber sido por este ataque cardiaco, Natalia no hubiera podido enterarse de que pasó más de tres décadas sin saber que tenía una insuficiencia de corazón congénita, “debido a una estructura distinta a la usual en el corazón. Lo que me pasó no fue efecto de una deshidratación o de falta de entrenamiento”, enfatiza Natalia.

Sería un examen de arteriografía que logró identificar con precisión “el defecto que tenía en el corazón. En un examen convencional habría sido difícil identificarlo. Es que no es hereditario, es algo congénito, y yo no tenía antecedentes de afecciones cardiacas en mi familia, nunca sospeché que algo así me pudiera suceder”, dice.

Ahora, después de recuperarse poco a poco de una cirugía a corazón abierto en la que los médicos intentaron corregir ese defecto, está convencida de que “el cuerpo es una máquina que no es tan perfecta, como siempre hemos creído y algunas personas como yo tenemos defectos de nacimiento que no conocemos”.

En la actualidad, junto a su esposo, Natalia se dedica a ‘evangelizar’ a quienes practican deporte de forma regular sobre los cuidados necesarios para evitar una situación como la que ella vivió.

“Nosotros, luego de esta dolorosa experiencia, aprendimos que se debe hacer un entrenamiento más progresivo y con chequeos preventivos previos. A veces, con un simple electrocardiograma, se sabe si uno sufre de una arritmia, por ejemplo, y si eso condiciona el entrenamiento que uno debe realizar, porque no todos los organismos funcionan ni resisten igual”.

Natalia también aconseja establecer de manera adecuada los umbrales de entrenamiento con un experto: “Suele pasar que uno entrena en frecuencias cardiacas muy altas y eso no es bueno porque estás llevando al límite tu corazón”.

Recomienda, también, no realizar “entrenamientos estando solos para tener quién pueda asistirte en caso de emergencias. Además, hacer un curso de primeros auxilios, porque ese conocimiento en reanimación puede hacer la diferencia cuando alguien sufre un paro, es la diferencia entre la vida y la muerte”.

Agradecida con esta nueva oportunidad, Natalia Cañas espera pronto volver a los días en los que montar en bicicleta eran sinónimo de felicidad. Por ahora, sigue pedaleando para mantenerse aferrada a la vida.