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| 7/26/1993 12:00:00 AM

Al borde de la locura

Un estudio revela que en Colombia quien no muere víctima de la violencia cuando menos corre el riesgo de enloquecer.

Al borde de la locura Al borde de la locura
COLOMBIA ES UN país violento. Eso nadie lo discute. En 1992, cada 24 horas fueron asesinadas 61 personas, otras cinco fueron secuestradas y se presentó por lo menos un acto terrorista. Son múltiples los análisis políticos, históricos, económicos y hasta religiosos que intentan explicar las causas de la tragedia. Pero menos los que estudian sus secuelas, y menos todavía los que logran un enfoque novedoso. Eso. sin embargo, es lo que hace un estudio realizado recientemente por investigadores del hospital San Juan de Dios, de Bogotá, que plantea un nuevo enfoque a este tema: la relación entre las enfermedades mentales y la violencia.
Aunque los datos de este estudio siguen siendo analizados, ya existe una conclusión casi irrefutable: las víctimas directas de la violencia presentan graves síntomas de enfermedades mentales, que van desde sicosis esquizofrénica, trastornos neuróticos y sicosis afectivas hasta depresión profunda y temor crónico.
Las investigaciones se realizaron con víctimas del terrorismo en el barrio Quirigua de Bogotá, donde en 1988 un carro bomba mató a 12 personas; en la zona esmeraldífera Chiquinquirá y en la región del Magdalena Medio, azotada desde hace años por la violencia guerrillera y paramilitar.

CIRCULO VICIOSO Ohservaciones aisladas han permitido establecer un panorama dramático de la violencia en Colombia: "Experiencincias agresivas repetidas insensibilizan ante la crueldad y las personas se transforman en seres indiferentes. Se trata, en realidad, de un comportamiento que les permite adaptarse a la frustración, a la rabia, a los sentimientos de culpa, de vengan- za, de odio, a la desesperanza, a la tristeza y a la pérdida de identida, producidas como una respuesta natural al despojo de los bienes, a la muerte o desaparición de los seres queridos. O a la tortura física o sicológica". Las víctimas, casi siempre mujeres y niños, emigran obligatoriamente a regiones urbanas, dejando atrás sus tierras y pertenencias, sepultados a sus parientes muertos y en la incertidumbre a los desaparecidos. Quedarse en la región puede significar un pasaporte a la muerte. Barrancabermeja, por ejemplo, esta atestada de niños del Magdalena Medio que han buscado allí refugio para protegerse de guerrilleros, paramilitares, militares y delincuencia común.

OTROS DATOS De acuerdo con el informe. Ios familiares de desaparecidos padecen la eterna congoja de no saber que pasó con sus seres queridos.
Las mujeres no admiten que ahora son viudas y no aceptan reconstruir sus vidas afectivas.
Las madres viven pendientes del teléfono. del correo y de la puerta,"pues el hijo podría volver en cualquier momento".
Los niños llaman constantemente a su padre desaparecido no rinden en la escuela y quieren ser grandes "para vengarse".
Los amenazados enfrentan la angustia con acciones temerarias, como si quisieran morir pronto y descansar sicológicamente. Realizan, además, acciones anticipatorias del duelo tejen una red social para que sus hijos queden en buenas manos "por si pasa algo" y empiezan a distanciarse afectivamente de sus seres queridos. Son comunes los conflictos de pareja y de familia, que se manejan con el silencio, "como si al no hablar de lo que pasa se exorcisara el peligro de la muerte ".
Las víctimas del terrorismo urbano, perpetrado fundamentalmente por los carteles del narcotráfico, presentaron estado de ánimo ansioso y depresion, pero en menor grado que otras víctimas de la violencia sociopolítica. Tal vez porque la cesación de las bombas callejeras les permitió elaborar el duelo normal .
Otra conclusión de este estudio, no obstante, llama la atención: la violencia en la región esmeraldífera de Boyacá afecta de manera diferente a sus víctimas. Los trastornos siquiátricos hallados por los investigadores en mujeres y niños obedecieron mas a la situación de penuria crónica en que quedaron que a la pérdida del ser querido. Al parecer, los habitantes de la zona son conscientes del peligro que representa la busqueda de las es- meraldas y no le temen a la muerte. Tan solo les interesa el poder económico y social que se obtiene con el dinero de la piedra verde.

LAS VIUDAS DE LA VIOLENCIA generalmente. las víctimas de la violencia tienen quc emigrar de su región por terror a represalias o por el mismo miedo de ser tambien asesinadas. Este hecho es suficiente para generar depresión profunda, porque estas personas se enfrentan súbitamente a una pérdida de la identidad, de los habercs, de esos elementos que los identifican como grupo social.
Casi todos ellos pierden su capacidad de autoestima.
En el barrio Quirigua, de Bogotá, las personas que fueron afectadas por la explosión padecen aún muchos sentimientos de rabia, porque no saben quienes fueron los autores del atentado, aunque culpan al Gobierno por "meterlos en una guerra" de la cual no se sienten actores. En Chiquinquirá, Muzo y Otanche las personas saben que es un factor de riesgo vivir en una región violenta. Sin embargo, no aceptan que a la violencia tradicional de las esmeraldas se les hubiera sumado la violencia del narcotráfico, de la guerrilla y de las autodefensas. Y se sienten impotentes de ver cómo sus hijos tienen necesariamente que entrar en alguno de esos grupos para poder sobrevivir.
Sea como fuere, el hecho es que la mayoría de las víctimas de la violencia en Colombia son mujeres jóvenes y niños menores de 10 años. El 41 por ciento fueron madres solas, casi todas viudas, de origen campesino y que al momento de la investigación se hallaban desempleadas.
"Contrario a lo esperado, no se observó desintegración fami- liar: murió el hombre pero la mujer continuó viviendo con los hijos, aún en el exilio y a pesar de estar desempleada".
Por ahora, al menos, no parece existir una fórmula que acabe con la violencia.
Ese hecho, desde un punto de vista sicológico, puede ayudar aún más la salud mental de los colombianos.
Si la violencia continua en los niveles actuales, la población podría llegar a asumirla como un rasgo normal, como un comportamiento aceptado en la manera de ser.

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