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| 2/5/2001 12:00:00 AM

El amor narciso

El mayor obstáculo para el buen romance es aquel mandamiento, hoy tan de moda, de amarse a sí mismo sobre todas las cosas.

El amor narciso El amor narciso
En la mitología griega Narciso era un hombre hermoso sobre el cual pendía una clara advertencia: moriría si se percataba de su belleza. Un día el joven vio su propia imagen reflejada en el agua, se enamoró de sí mismo y, como estaba señalado, murió de melancolía al tratar infructuosamente de alcanzar el objeto de su adoración. Aunque el narcisismo difícilmente mataría hoy a alguien, como le sucedió al personaje mitológico, en los últimos años ha capturado una especial atención por ser el causante de muchos de los males modernos, entre ellos la dificultad para tener relaciones estables y profundas. El narcisismo ha hecho que pululen los amores estilo Ally McBeal, la protagonista de la exitosa serie de televisión. Pone todos sus esfuerzos para encontrar a su media naranja pero sólo consigue relaciones efímeras y superficiales que la hacen sentir cada vez más sola. Ese mismo drama lo viven miles de personas en la agitada sociedad actual y las consecuencias saltan a la vista. Según cifras estadísticas el porcentaje de estadounidenses entre 30 y 34 años que nunca se ha casado se triplicó de 6 a 20 por ciento para las mujeres y de 9 a 30 por ciento para los hombres. Quienes deciden casarse se encuentran fácilmente con el fracaso, pues las relaciones de hoy tienen la misma fortaleza de una porcelana. “Si se toman las ciudades más importantes del mundo, como Nueva York o Hamburgo, de cada tres parejas dos están rotas”, dice el siquiatra español Enrique Rojas. La dificultad para encontrar pareja, la superficialidad de las relaciones y su corta vida generan ansiedad y depresión, dos estados anímicos que se han vuelto epidemia. Aunque muchos creen que se trata de un simple cambio de metas en el que casarse, tener hijos y formar una familia han sido reemplazados por estudiar, realizar una carrera profesional exitosa y acumular dinero, el diagnóstico de los expertos indica que existe una clara tendencia al narcisismo, a los amores egoístas, a exaltar la vanidad y a la idealización del yo para protegerse de una baja autoestima. Este trastorno es producto de una sociedad que se ha centrado más en lograr éxitos profesionales y ha subvalorado la importancia que tiene el afecto desde los primeros años de vida. Para el siquiatra estadounidense Tom Lewis, coautor de Una teoría general del amor, ese patrón de vida rápida no ha dejado tiempo para la crianza y ha hecho que los pequeños se vuelvan adultos sin una buena “resonancia límbica”, una condición que les permite a los seres humanos interpretar y expresar sentimientos para tener relaciones humanas satisfactorias en la vida. Según el especialista, una persona que no desarrolle esa resonancia de niño sentirá una necesidad urgente de llenar ese vacío, y como no tiene las herramientas afectivas para penetrar en el corazón de otros mirará señales externas con las que se sienta segura. “Se centrará en la superficialidad y el narcisismo porque la gente que no ve contenido se contenta con las apariencias”, dice Lewis. Paradójicamente estos individuos no se enamoran de sí mismos. Por el contrario, sienten muy baja autoestima y para protegerse y estabilizarse utilizan las actividades narcisistas. Idealizan su Yo y se sienten los mejores, los más bellos, los más fuertes. Buscan reconocimiento en actividades extravagantes, como los deportes extremos, o en actitudes exhibicionistas, como exponer al público la vida íntima a través de una cámara en Internet. Ese vacío genera también una necesidad de nutrirse internamente a través de la seducción. Pero una vez consigue a su presa el individuo narcisista pierde interés y pasa en seguida a un nuevo reto, una nueva relación, un cambio. “Necesitan recibir aportes, chupar energía como una pila que debe recargarse”, explica el siquiatra Germán Aguirre. Cuando establecen una relación de pareja lo hacen más en función de equilibrar su narcisismo que por amor. Por eso ante cualquier problema prefieren acabar con todo antes de asumir responsabilidades y compromisos. Por fortuna todo mal tiene su cura, y en este caso consiste en hacer un balance entre razón y corazón, poner más énfasis en los sentimientos y, como lo expone el siquiatra Luis Carlos Restrepo, salir del analfabetismo afectivo. Esto último supone un aprendizaje de las herramientas que permiten modular los sentimientos internos y los de los demás. Sólo así se podrán llenar los vacíos afectivos de la niñez que permitirán a la persona sintonizarse en la misma frecuencia con el otro para lograr relaciones más profundas y duraderas.

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