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| 5/2/1988 12:00:00 AM

EL BASURERO ESPACIAL

No sólo la tierra, sino sus órbitas,han sido llenadas por el hombre de desperdicios peligrosos.

EL BASURERO ESPACIAL EL BASURERO ESPACIAL
Resulta difícil creerlo, pero la capacidad de la humanidad para llenar de basuras su entorno ha llegado hasta el espacio sideral. Pocos contemporáneos creían poder ver semejante noticia, que se pensaba reservada para los titulares del siglo XXI, en todo caso, las órbitas "usables" que rodean la Tierra se encuentran super congestionadas y hoy es difícil encontrar un lugar donde "parquear" un satélite de telecomunicaciones como el que se proyecta para los países del Grupo Andino.
No se cree que eso sea un problema de fondo para los planes de los países de la subregión, pero de todos modos seguramente está contemplado en el cronograma del proyecto. El problema, por increíble que parezca, comenzó desde que los rusos colocaron en órbita el primer satélite artificial de la Tierra, el Sputnik, el 4 de octubre de 1957. La verdad es que hoy, 30 años después, las órbitas "buenas" están sobrecargadas y deberá darse, tarde o temprano, un golpe de escoba.
El asunto podría clasificarse dentro del problema más clásico de eliminación de basuras, como en cualquier ciudad tercermundista. Todo se basa en que los lanzamientos al espacio están acompañados de "escorias", desechos diversos que son proyectados al espacio en órbitas más o menos altas: ultimas etapas de cohetes, cajas protectoras de satélites, piezas de toda clase. Hoy en día rodean la Tierra al menos 11 mil objetos entre satélites y sondas de toda naturaleza.
No todos esos objetos tienen la misma vida previsible alrededor del planeta. Algunos, como las famosas sondas Voyager, están destinadas a errar por el infinito a través de las galaxias; otros, colocados en órbitas bajas o medias, retornan, tarde o temprano a la atmósfera, donde son destruidas por efecto de su roce. Pero aquellos colocados en órbita alta más de mil kilómetros, regresarán dentro de decenas, si no miles de años.
Los satélites geoestacionarios, como el que se proyecta para el pacto Andino, constituyen casos particulares. Dada la distancia a la que giran alrededor del planeta, (36 mil kilómetros) su retorno no es humanamente previsible. Pero su órbita, a pesar de su enorme perímetro, (265 mil kilómetros) está especialmente llena de escombros.
Está previsto para esos casos, un sistema de exclusión sistemática de satélites que hayan terminado su vida útil o que estén averiados. Uno de ellos, es un sistema de propulsión de reserva, capaz de sacar al objeto muerto del camino, para colocarlo un lugar del espacio donde no estorbe.
Actualmente, sin embargo, no existe ningún modo de intervención directa sobre un satélite en órbita geoestacionaria. Para contrarrestrar esta situación, se proyectan ciertos "remolcadores espaciales" (una especie de EDIS sideral) y hasta "talleres móviles" con los que se podrán recuper satélites dañados o sacarlos de la vía, pero ninguno de esos avances está previsto para antes de bien entrado el siglo XXI. Por lo pronto, lo único que se puede hacer se circunscribe a las órbitas bajas, mediante el Transbordador norteamericano -contando con que vuelva a volar algún día- o, dentro de una década con el Transbordador europeo Hermes.
Precisamente dentro de esta posibilidad técnica se han realizado salvamentos que entrarán en la historia de la conquista del espacio. Dos satélites de telecomunicaciones, Westar 6 y Palapa B2, cuyo lanzamiento desde un Transbordador fracasó, en 1984 pues fueron colocados fuera de sitio, pudieron ser recuperados algunos meses más tarde por otro Transbordador que los transportó a tierra, donde fueron reparados y revendidos a bajo precio.
Otro salvamento, igualmente espectacular, fue el del satélite científico Solar Max, recuperado y reparado a bordo del Transbordador mismo, y recolocado en órbita enseguida. Pero debe tenerse en cuenta que se trataba de un aparato especialmente diseñado para ser reparado en esas condiciones, así que como antecedente resulta bastante pobre. De todas maneras, dio lugar a una anécdota que figurará en la pequeña historia de la actividad del hombre fuera de su planeta: uno de los astronáutas-mecánicos perdió un destornillador y dos pernos que orbitan desde entonces, como alma que lleva el diablo, a la impresionante velocidad de 28 mil kilómetros por hora. Nada como para encontrarse de manos a boca.
Pero si los civiles contribuyen a la basura espacial, los militares lo hacen con creces. En medio de unos ensayos, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos lanzó en 1987, un misil Asat que hizo explotar en mil pedazos un satélite que los gringos tenian ya en el desuso. Añadieron de esa forma una cantidad impresionante de proyectiles que giran alrededor de la Tierra en forma de pequeños pedazos de metal. Una nueva amenaza para los satélites que, como el del grupo Andino, pretenden comunicar a Leticia con Barranquilla.

EDICIÓN 1888

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