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| 2/5/2001 12:00:00 AM

El dios bienestar

La espiritualidad contemporánea es un ‘supermercado’ que ofrece desde curaciones instantáneas hasta la manera de encontrar caminos de enriquecimiento interior.

El dios  bienestar El dios bienestar
En el siglo XIX Nietzsche proclamó la muerte de Dios. Y no se trataba solamente de una afirmación retórica. Los descubrimientos de la ciencia no sólo prometían responder todas las preguntas sobre el universo, la naturaleza y el hombre, sino que parecían entrar en franca contradicción con las explicaciones teológicas y con los relatos bíblicos entendidos en sentido literal. Los avances de la tecnología, el acceso cada vez más masivo a una serie de bienes y servicios que prometían una vida fácil y feliz hicieron pensar a muchos que en adelante sería posible prescindir de la idea de Dios. Cien años después la profecía no se ha cumplido; a pesar de que el desarrollo tecnológico desbordó cualquier previsión, la necesidad de Dios es aún más grande o, si se quiere, tan grande como siempre. Ni la ciencia ni la razón tienen respuestas para las preguntas fundamentales de la existencia humana y Dios parece haber renacido con nuevas fuerzas y con distintas caras. El sentido de lo religioso también ha cambiado y aunque, por supuesto, subsisten las grandes tradiciones, la religión le ha cedido el lugar al concepto más amplio de espiritualidad. Las religiones son un conjunto de principios y de dogmas que ofrecen una explicación del mundo y del sentido de la vida, con rituales establecidos y prácticas reguladas. La espiritualidad, en cambio, se ha convertido en un concepto más flexible que puede aludir a diversas formas de introspección, o simplemente a todo lo que se opone al materialismo, no necesariamente en el marco de una religión organizada. Las fronteras de la espiritualidad no sólo traspasan lo estrictamente religioso sino que se entrecruzan y a veces se confunden con otras disciplinas, como las medicinas alternativas. Podría decirse que la espiritualidad contemporánea se ha desarrollado a partir de cuatro fuentes: la tradición judeocristiana, las filosofías orientales, las mitologías indígenas y el esoterismo y el ocultismo. Hay desarrollos específicos de cada una de estas vertientes, y también modalidades que toman elementos de varias o de todas, porque precisamente una de las características de la espiritualidad del mundo moderno es una especie de sincretismo en el que cada persona elige el camino que le parece más apropiado sin que por ello tenga que rechazar los otros. ¿Cómo se manifiesta la espiritualidad contemporánea? Con la salvedad de lo injusto o poco riguroso que puede resultar incluir cosas tan distintas en la misma lista, una mirada rápida a lo que por lo general se consideran manifestaciones de la espiritualidad contemporánea nos muestra una oferta muy variada de creencias y conocimientos: meditación, yoga, iglesias cristianas, zen, sanación, feng shui, tai chi, astrología, ángeles, extraterrestres, chamanismo, tarot, oráculos, espiritismo, y como corresponde a una sociedad de consumo tan sofisticada como la nuestra, todo acompañado de un próspero mercado de artículos especializados: libros, cuarzos, discos con sonidos de la naturaleza, comida sana, cosméticos naturales, esencias florales, aceites y un sin fin de promesas de felicidad. Un verdadero ‘supermercado’ que ofrece desde nirvanas y curaciones instantáneas hasta la posibilidad real para muchas personas de encontrar caminos de enriquecimiento interior. Lo desconcertante de esta explosión de formas de espiritualidad es que no se ha traducido en una sociedad menos superficial, más reflexiva y menos violenta, en la que prevalezcan valores trascendentes y un sentido profundo de lo sagrado. La gran paradoja de la espiritualidad contemporánea, tomada como fenómeno social y descontando que para muchos tiene un verdadero sentido místico, es que no persigue tanto la vida espiritual como el bienestar personal. Se trata de mejorar la salud física y mental, de lograr equilibrio emocional, de manejar el dolor y las enfermedades, el temor a la muerte e, incluso, de alcanzar éxito profesional, estabilidad familiar y prosperidad económica. Es así, por ejemplo, como una práctica como el yoga, desarrollada en el contexto de una antigua tradición religiosa como forma de preparar el cuerpo para el despertar de la conciencia, ha sido adaptada en Occidente como una técnica para conservar la salud. Conceptos tan profundos de la tradición filosófica china como el tao se reducen a técnicas para mantener el amor, obtener dinero o aumentar el placer sexual. Todo lo cual está muy bien, pero es diferente de lo espiritual en sentido originario. Y es por eso que cosas tan distintas como cultivar la disciplina de la meditación o de la introspección se ubican al lado de teorías que aconsejan poner un espejo en una pared de la casa para atraer la prosperidad económica: en ambos casos se trata simplemente de ‘estar bien’. Para algunos no es más que una moda, para otros una de tantas expresiones de la globalización y de la sociedad de consumo que pone al alcance de las personas una oferta de posibilidades cada vez más variada para que cada cual tome lo que le sirve pero sin ninguna pretensión de trascendencia. Para unos pocos es la eterna y ardua búsqueda de sentido, de caminos para encontrar respuestas a las grandes preguntas de siempre. Porque, como dicen los budistas, “la misma luz que ilumina al águila enceguece al búho”

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