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| 7/7/2018 10:01:00 AM

Si dejan de llorar es porque el daño ya está hecho

El llanto de un niño es una alerta, un llamado de atención que requiere respuesta inmediata. El silencio sin sosiego no equivale a la calma, es simple sufrimiento mudo. Y sus consecuencias son graves.

El llanto de los niños separados de sus padres en la frontera. Carolina Vegas Cuando el llanto de un infante no es atendido, comienza a producir en exceso una hormona que se llama cortisol. Foto: GETTY IMAGES vía BBC Mundo

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Todos los días me despierto con un solo deseo, que los niños en los albergues para inmigrantes ilegales en Estados Unidos, esos que sabemos fueron separados a la fuerza de sus padres al cruzar la frontera, sigan llorando. Aun cuando el sonido de ese llanto, que hemos podido escuchar en videos y grabaciones, sea desgarrador y le abra al oyente un agujero en el estómago. Rezo que sigan llorando, porque el día que dejen de hacerlo, el daño estará hecho. El trauma será completo.

Esto no es una noticia, se sabe porque es un fenómeno que ocurre en prácticamente todos los orfanatos del mundo, que los niños y bebés abandonados o separados de sus padres o cuidadores lloran solo un tiempo. Unos días o quizás semanas, y luego, cuando descubren que nadie vendrá por ellos, que nadie atenderá a su llanto, dejan de hacerlo. El ruido que prima en esos lugares es el silencio. Pero es un silencio que no proviene de la calma, sino del sufrimiento mudo de esos pequeños que entienden que de nada sirve gritar, porque nadie vendrá a abrazarlos, a consentirlos, a consolarlos. Y así aprenden, a la mala, que su dolor es solo suyo, que están solos en el mundo.

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Cuando el llanto de un infante no es atendido, el pequeño comienza a producir en exceso una hormona que se llama cortisol, que es la que liberamos los humanos en situaciones de estrés o angustia extrema. El exceso de esta sustancia daña el cerebro, cohíbe su desarrollo normal y logra el mismo efecto sobre el organismo que el dolor físico. Esto, sostenido en el tiempo, tiene resultados devastadores sobre las personas. Daña su capacidad cognitiva, su empatía social a futuro, trunca su desarrollo. Es un trauma y en muchos casos es insalvable, y destina a estos niños a una existencia problemática marcada, casi siempre, por la depresión, la ansiedad, la apatía y a veces también comportamientos antisociales y hasta violentos, hacia sí mismos y los demás.

Los humanos somos seres sociales y eso significa que desde que salimos del vientre materno necesitamos estimulación física, sonora y emocional. Dependemos absolutamente de quien nos cuida. Y lloramos, y gritamos, porque esa es la única manera que tenemos para llamar la atención de quienes nos cuidan, para avisarles que necesitamos algo. O comida, o un cambio de pañal, o simplemente que nos apapachen.

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Ahora imaginen que todo esto nos es negado. Que nos arrancan del abrazo de nuestros cuidadores. Incluso siendo infantes, agarrados a una teta que nos protege y nos nutre. Porque las historias que han florecido sobre lo que ha ocurrido a los migrantes indocumentados que llegaron a la frontera de los Estados Unidos desde 29 de abril, son de ese calado. No solo se trata de niños separados de sus padres, entre los castigados también hay bebés de meses, pequeños que aún no hablan, que mucho menos pueden decir sus nombres o repetir el de sus padres. Y aunque ahora, en teoría, ya no están separando a niños y adultos a la entrada del país del tío Sam, aún hay miles de familias separadas que no logran ser reunidas, y por quienes ese gobierno, en su ley de cero tolerancia, está haciendo poco. Con el agravante de que en los albergues el personal no está autorizado a abrazar, alzar, consentir o siquiera tocar a los pequeños. Los vestigios de esta separación quedarán grabados en la memoria de estos niños, con sangre, dolor y lágrimas, por el resto de sus vidas.

Hace unos años leí una biografía sobre mi novelista favorita, Jane Austen, escrita por Claire Tomalin, que contaba cómo la autora inglesa quedó marcada de por vida por haber sido separada de su madre cuando tenía un año de edad. En aquella época, finales del siglo XVII, era normal que los bebés fueran enviados a nodrizas o nanas, a otras casas y en ocasiones otras ciudades, lejos de sus padres, para que ellas se encargaran de su cuidado hasta que los niños pudieran defenderse solos y no estorbaran el buen funcionamiento del hogar. En el caso de la Austen (sus padres dirigían y vivían en una finca) su madre la cuidó hasta el año y luego la mandaron a donde la nana hasta que tuvo cuatro o cinco años, edad en la que regresó al hogar. A pesar de ser, como dije, una práctica rutinaria, esas separaciones resultaban en todo tipo de heridas emocionales y psicológicas, pues esos lugares, casi igual que los orfanatos, se encargaban de muchos niños al tiempo, negándoles de plano el apego y el cariño que sabemos necesita un ser humano para prosperar y desarrollarse de manera sana. La escritora inglesa nunca logró tener una buena relación con su madre por cuenta de esa ruptura. Aunque había respeto y obediencia, el amor y el sentido de pertenencia se perdió.

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Si a una mujer brillante, como Austen, la marcó de por vida esta separación, que no se compara con ser arrebatado de los brazos de un padre a la fuerza y con violencia, imaginemos los estragos que esto está generando en los miles de niños que están hoy en manos del gobierno de Donald Trump.

Solo espero que los niños sigan llorando, y que al momento de ser reunidos con sus padres y cuidadores, lo más pronto posible, no hayan parado de llorar. Y mientras eso ocurre les suplico que no ignoren el llanto de sus hijos, que los abracen y los consuelen cada vez que una lágrima corra por sus mejillas. Hasta aquellas que desestimamos y llamamos “de cocodrilo” merecen atención. Háganlo por ellos, háganlo por ustedes, y también por todos los que en este momento no pueden hacer más que esperar a ser reunidos con sus retoños.

*Editora de SEMANA y autora de las novelas Un amor líquido y El cuaderno de Isabel (Grijalbo).

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