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| 3/30/2003 12:00:00 AM

Fervor por Buenos Aires

La capital argentina es mucho más que fútbol y tango. Andrés Grillo aprovechó los precios bajos para visitarla y sugiere lugares y secretos que no debe perderse ningún viajero.

Fervor por Buenos Aires Fervor por Buenos Aires
No soy un fanatico del fútbol como la mayoría de mis contemporáneos. Por eso las pocas referencias que tenía de la capital de Argentina no tenían nada que ver con los xeneizes del Boca Juniors o los millonarios de River Plate, los dos equipos más populares de Buenos Aires. La mayor parte de mis impresiones sobre esta ciudad austral y sus alrededores provenían de la literatura. Habían salido de las páginas de las Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, de cuentos como Las puertas del cielo de Julio Cortázar o El sur de Jorge Luis Borges, de El informe sobre ciegos de Ernesto Sabato o de la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. Sin embargo ninguna de mis lecturas me había preparado para lo que encontré en un viaje de cinco días a la patria chica de estos escritores tan preciados para mí. Un lugar que por cuenta de los problemas económicos que han afectado a este país se ha convertido, en forma súbita, en un atractivo destino turístico para muchos latinoamericanos. Se consiguen hoteles de cuatro estrellas desde 24 dólares la noche y existen planes desde Colombia, con todo incluido, por unos 800 dólares por persona.

Dos cosas impresionan de entrada. No sé cómo se verá de día pero de noche, a la hora en que llegó el vuelo, Buenos Aires parecía como un manto de brasas incandescentes o, en palabras de Borges en un poema, un "dédalo creciente de luces". Luego, durante el viaje entre el aeropuerto de Ezeiza y la ciudad por una señora autopista, es imposible no fijarse en un peaje múltiple que por sus dimensiones más parece el partidor de un hipódromo para gigantes. En Buenos Aires todo es descomunal. Desde la porción de ojo de bife, un corte de lomo de res exquisito que sirven en los restaurantes, hasta el ancho del río de La Plata.

Si uno se para en la Reserva Ecológica (un parque natural que construyeron con la tierra que sacaron para hacer la autopista que une el aeropuerto y la capital) y observa esa impresionante superficie de agua color café que se extiende hasta el horizonte, no puede creer que esté contemplando un río. ¡No se ve la otra orilla! El viaje en buquebús a buen ritmo hasta Colina, la población uruguaya más cercana del otro lado, dura una hora y para llegar a Montevideo se requiere navegar durante tres horas.

Pero las sorpresas no paran ahí. Buenos Aires es una ciudad ecléctica por naturaleza. En sus 47 barrios se mezclan diferentes estilos y culturas. El obelisco de 67 metros de alto, ubicado en la Plaza de la República, en el cruce de la Avenida 9 de Julio con la renombrada calle Corrientes y la Diagonal Norte, es el símbolo por excelencia de los porteños y está inspirado en los monumentos funerarios del antiguo Egipto. La Torre de los Ingleses, una donación de los ciudadanos británicos al pueblo argentino, está situada en la Plaza de la Fuerza Aérea y fue diseñada con un estilo renacentista del siglo XVI. Sobre la Avenida Alvear se levantan palacios y mansiones de corte europeo que, por momentos, hacen sentir a los visitantes en una calle de Madrid o París. Igual de sorprendente es la visión del Centro Cultural Islámico Rey Fahd, un complejo construido para la comunidad musulmana de Argentina que, con sus típicas arrabas y minaretes de la arquitectura árabe, parece sacado de las páginas de Las mil y una noches que tanto admiraba Borges. Y para rematar, Puerto Madero, la zona de más reciente desarrollo de Buenos Aires, con sus edificios de vidrios resplandecientes parece la ciudad de los espejos con la que soñaba José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.



A ojo de buen cubero

En un tour porteño no puede faltar la visita a la Casa Rosada (la sede del gobierno argentino que, en honor a la verdad, por una cara muestra un rosado Soacha desteñido y por la otra un fucsia más fuerte), la Plaza de Mayo (en cuyo suelo están pintadas las pañoletas que identifican al grupo de madres que se reúnen todos los jueves a preguntar qué pasó con sus hijos y nietos desaparecidos durante la dictadura militar) y la Catedral Metropolitana (cuya fachada parece más un templo griego y que alberga en su interior un mausoleo en homenaje al general San Martín). En este lugar se puede bajar también a tomar la primera línea de metro de la ciudad, que funciona desde 1913 y aún conserva detalles originales muy atractivos para los turistas.

De regreso a la superficie es bueno darse un paseo por Recoleta, una zona muy concurrida de bares y cafés en cuyos alrededores está ubicada la Biblioteca Nacional (un imponente edificio cuya construcción tomó 20 años y que de lejos parece una gigantesca nave espacial), la Basílica de Nuestra Señora del Pilar (considerada como uno de los mejores trabajos de la arquitectura colonial) y el cementerio de Recoleta. En este último está la tumba de Eva Duarte, mejor conocida en vida como Evita, la esposa del general Juan Domingo Perón. Los restos de éste reposan al norte de la ciudad, en el cementerio de La Chacarita, famoso también por tener una réplica de la escultura La Piedad, de Miguel Angel, y por el peregrinaje constante que hace la gente hasta la tumba de otro emblema porteño: el cantante de tango Carlos Gardel.

El espíritu y la leyenda de Gardel se sienten en Caminito (la calle más coloreada y famosa del barrio La Boca, un sector que puede ser recorrido en un divertido paseo en bicicleta en el que, por supuesto, se pasa por el legendario estadio de La Bombonera), en El Viejo Almacén (la tanguería más famosa de la ciudad) y el sector de Abasto, donde está la casa en la que vivió el cantante. Aunque en Buenos Aires existen por lo menos 22 tanguerías de renombre, cada una con alguna particularidad que la diferencia de las demás, en los últimos años dos se disputan la mayor parte de la clientela extranjera: Señor Tango y la Esquina Carlos Gardel. Ambas ofrecen un muy buen espectáculo, que incluye comida y un show musical. El primero tiene un estilo a lo musical de Hollywood. El segundo, en cambio, es más tradicional. Funciona en el Chanta Cuatro, un antiguo hotel y restaurante en el que el 'Morocho del Abasto', como llamaban a Gardel, se reunía con sus amigos y compinches hasta el amanecer.

Este es un abrebocas emocionado y no exhaustivo de Buenos Aires. Hace falta tiempo para recorrer el mercado de las pulgas de San Telmo. Para caminar por Florida en plan de compras o deleitarse con los libros de El Ateneo. Para visitar Galería Pacífico y detenerse a observar su cúpula pintada con seis murales hechos por artistas reconocidos. Para visitar el legendario café Tortoni y deleitarse con un capuchino en las mismas mesas en las que se sentaba Borges. Para conocer las estaciones del tren de la costanera y para viajar al delta de Tigre (donde el Museo Sarmiento está protegido con vidrio y de lejos parece la casa de cristal de la que habla el cuento Zoro). Hace falta tiempo para tantas cosas pero lo que sí es indudable es que este es un buen momento para visitar Buenos Aires y declararlo con fervor.

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