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| 12/30/2018 8:47:00 AM

Sufrí el machismo y no lo sabía: historias para reflexionar en 2019

En esta nueva serie de SEMANA, un grupo de mujeres cuentan cómo -sin golpes- en Colombia también se vive una silenciosa, profunda y agresiva inequidad de género. En este capítulo, una de ellas cuenta lo que significa tener un hijo en el trabajo.

Historias de machismo y aceptación de las mujeres Esta serie de SEMANA recoge testimonios de cómo el machismo es más cotidiano y doloroso de lo que muchos piensan. Foto: archivo particular

"Las que parimos de pie"...

Vine a ser consciente de la presencia permanente del machismo en mi vida hace muy poco. No sé si demasiado tarde. Lo cierto es que un día descubrí que llevaba décadas compitiendo con hombres, curiosamente ganando siempre, pero recibiendo un decoroso segundo lugar otorgado por mí misma. Y hasta ahora vengo a darme cuenta.

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Esta es la historia:

Todo comenzó hace un par de semanas luego de un intercambio de frases con una amiga. Su hermana obtuvo la adopción de un par de gemelos y, coincidencialmente, acababa de cambiar de trabajo para uno muy buen pago con una posición realmente alta. La oportunidad laboral de su vida.

"Vine a ser consciente de la presencia permanente del machismo en mi vida hace muy poco. No sé si demasiado tarde".

- "Ella llevaba casi 5 años esperándolos", me dijo feliz mi amiga Pame.

- "¿Y le había avisado a su nuevo jefe que estaba pendiente de la llegada de los bebés en adopción?", le pregunté, casi que automáticamente.

Con cara de asombro y luego de ceño fruncido, Pame me contestó:

- "¿Por qué? ¿Uno debe comunicarle al jefe que se va a embarazar o va a adoptar un hijo?"

En un segundo me devolví a mis 31 años. Tenía un trabajo que me demandaba más de 12 horas al día. Era social y laboralmente exitosa. Encima, vivía para trabajar. Mejor dicho: mi vida era ese trabajo. Sonará masoquista pero reconozco que si bien era esclavizante, lo sentía altamente gratificante. Me preparé años para hacerlo y gozaba con cada triunfo.

Por esa misma época, y sin pedirlo, me hicieron un ofrecimiento de sueño profesional, el cargo más alto al que hubiera podido aspirar. ¡Todavía más alto que el que tenía! Menos tiempo en oficina, más sueldo, muchos viajes, mucha gente a mi cargo. Un reto asumible a esa edad en la que sentía que todo lo podía lograr.

De la misma manera, justo por esos días, me hice una prueba de embarazo y dio positiva. Tendría unas 6 o 7 semanas de embarazo cuando lo supe.

"Al día siguiente lo primero que sentí que debía hacer era decirle a quien iba a ser mi futuro jefe que estaba embarazada".

Se lo dije a mi novio, nos pareció genial y asumimos la sorpresa como un regalo de la vida. No nos íbamos a casar ni pensábamos en vivir juntos siquiera, pero ese bebé resultó una noticia maravillosa para los dos.

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Recuerdo que al día siguiente lo primero que sentí que debía hacer era decirle a quien iba a ser mi futuro jefe que estaba embarazada. Me pareció normal, al fin y al cabo iba a empezar un proyecto que me iba a demandar esfuerzo y tiempo.

- "Te cuento que ayer me enteré que estoy embarazada"

- "¡En serio! ¿Fue planeado?"

- "Pues no, pero estoy feliz"

- "Oye, gracias por tu sinceridad. Yo esperaba contar contigo para ese cargo. ¡Eras perfecta!!! De hecho, llevamos casi 6 meses estudiando hojas de vida... Ahora tendremos que hacer una nueva convocatoria".

- "Pues sí, hombre, ni modos"

En ese entonces lo entendí como normal. No me frustró, la verdad, o no recuerdo haberme sentido frustrada. Pensé que era lógico decirlo. Y mi vida siguió, con un embarazo en el que, de cuando en cuando, mi jefe me comentaba, entre chiste y chanza: "por eso me gusta más trabajar con hombres porque ellos no se embarazan".

"Por eso me gusta más trabajar con hombres porque ellos no se embarazan".

Hasta el último día cumplí con mi jornada laboral cosa que, en ese entonces, lo sentía como un gran triunfo. Así pesara casi 90 kilos y la gente mirara primero mi descomunal panza antes que mi cara a la hora de hablarme.

Recuerdo un sentimiento muy particular: no quería enfermarme ni que me incapacitaran. Pasé mis controles para los fines de semana que no trabajaba y me llené de cosas que me facilitaban mi desempeño: ropa cómoda, un sillín especial para apaciguar mi escoliosis que se alborotaba con el peso, comida balanceada y muy nutritiva, zapatos sin tacón, un masajeador de espalda eléctrico... en fin.

Como mis movimientos se hicieron lentos, me levantaba una o dos horas más temprano para tomarme mi tiempo alistándome y no llegar tarde al trabajo. Dormía menos y trasnochaba un poco más adelantando cosas que pensaba que me iban a demorar al día siguiente.

No me sentía ofendida por los comentarios "graciosos" de mi jefe. No me parecían chocantes ni raros. Eran irrelevantes, en verdad. Pensaba simplemente que un embarazo era una condición normal en la vida de una mujer y no tenía por qué hacerme menos capaz o menos hábil. Para ese entonces la licencia de maternidad era de 40 días.

Cuando mi bebé cumplió 3 años renuncié para irme a otro sitio donde mis condiciones, de nuevo, iban a ser mejores.

Y lo curioso es que esa condición, la de esforzarme el doble para no fallar, la de no darme permiso para agotarme o enfermarme, la de "competir" en fortaleza o la de planear mi vida para no sentirme en desventaja o menos que los demás (curiosamente todos hombres) me hizo recordar, también hasta ahora, una historia que me contó mi madre, cuando yo era muy pequeña: la bisabuela Agustina.

*Si usted tiene una historia así que quisiera compartir con nosotros escriba a ccastro@semana.com

A sus 17 años, Agustina esperaba su primer hijo. En los últimos días del embarazo recibió en casa la visita de su suegro, un señor muy acomodado y respetado (en palabras de mi madre). Y mientras Agustina le servía un té, sintió las primeras contracciones. Iba a nacer mi abuelo.

Para no generar alarma (o vaya uno a saber por qué otra razón más), se acomodó despacio sus largos y gruesos faldones, respiró y atendió la visita, de pie, llevando y trayendo cosas y conversando normalmente con el suegro.

"Las mujeres de la familia usaron un frase que aún la pronuncia mi madre a sus 90 años: "somos las que parimos de pie".

Rompió fuente en una salida al patio. Se acomodó el faldón y siguió con la visita. Tras varias salidas al patio, nació el niño. Los sirvientes le ayudaron rápidamente y le avisaron al suegro que la señora se había ocupado un poco.

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El suegro se despidió del otro lado, ella le contestó a lo lejos desde un patio que era lo suficientemente grande como para que el viejo no oyera al bebé. Cuando se fue, sirvientes y Agustina continuaron con el tema del recién nacido.

Desde ese entonces, las mujeres de la familia usaron un frase que aún la pronuncia mi madre a sus 90 años: "somos las que parimos de pie".

Como nota final diré que mi madre me parió de pie. Ella tenía casi 40 años. Pero esa será otra historia.

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