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| 12/2/2006 12:00:00 AM

Murphy está en el cerebro

Un libro afirma que todas las cosas malas que le pasan a la gente por cuenta de esa ley son producto de la falta de desarrollo cerebral.

Murphy está en el cerebro “cuando la mentalidad paleolítica choca con el mundo moderno, ahí surge Murphy”
¿Por qué el goleador del equipo rival no vuelve a marcar un solo tanto cuando es fichado por el suyo? ¿A qué se debe que cuando usted es el vago del curso y por fin estudió para un examen el profesor se enferma o simplemente lo aplaza? ¿Es casualidad que nunca encuentre lo que está buscando sino lo que buscaba hace tiempo y ya no necesita? Durante años, las desgracias de este tipo han sido recolectadas en una especie de ley universal e incontrovertible conocida como Ley de Murphy, cuyo espíritu se encierra en la frase "Todo lo que puede salir mal, saldrá mal".

En 1949 esta ley fue bautizada y vio la luz pública, aunque sin duda sus efectos ya venían atacando a la humanidad anónimamente durante siglos. Ese año, el capitán de la fuerza aérea norteamericana Edward Murphy habría pronunciado la frase: "Si hay alguna forma de hacerlo mal, él la encontrará", en referencia a un ayudante que había instalado incorrectamente unos sensores durante un experimento en la base militar Edwards. Los miembros del equipo promulgaron la sentencia como ley y en una rueda de prensa para explicar los estudios que se estaban realizando, un doctor de la base explicó que la seguridad del proyecto se debía a la Ley de Murphy. De ese punto en adelante, ésta se popularizó y se condensó en la famosa frase a la que hoy todo el mundo le teme. La ley ha inspirado miles de nuevas variantes y sentencias que conforman toda una filosofía pesimista que es aplicable a casi todos los infortunios humanos.

Por lo general, se piensa que se trata de un capricho universal o de un castigo divino contra la especie. Pero Richard Robinson, escritor de varios libros de divulgación científica, dice que todo está en la cabeza. En su libro La ley de Murphy tiene explicación, afirma que la falta de evolución del cerebro es la culpable de todo. A pesar de los avances del hombre, su cerebro todavía se encuentran en la Edad de Piedra. "Cuando la mentalidad paleolítica choca con el mundo moderno, ahí surge Murphy".

Según esta teoría, lo que sucede es que el cerebro recibe una gran cantidad de señales, provenientes de millones de terminaciones nerviosas distribuidas por todo el cuerpo. Estas son como las piezas desordenadas de un gran rompecabezas que el cerebro tiene que ordenar para formar una imagen del mundo circundante. Pero esta imagen se actualiza 10 veces por segundo, por lo cual el cerebro debe omitir una gran cantidad de señales y completar la imagen con suposiciones.

Las expectativas del cerebro humano están configuradas para actuar en el mundo paleolítico en el que las cosas eran más sencillas. "Hoy día somos mucho menos precisos. Nuevos colores, olores y ruidos saturan nuestros sentidos, y Murphy se adueña de nuestro cerebro", sostiene el autor.

Y como los hombres completan el resto del cuadro mental, en gran parte basados en sus expectativas y en los recuerdos que tienen, por lo general ven y oyen lo que quieren. Los ojos descartan el 90 por ciento de la información que reciben, ya que si procesaran toda la información sin descartar nada, se produciría una sobrecarga sensorial. La memoria también contribuye al engaño todo el tiempo. Según Robinson, eso era lo que le pasaba al pobre coyote en la caricatura del correcaminos cuando entraba a un túnel e irremediablemente terminaba estampado contra un tren. "Su memoria le ha dicho que los túneles tienen una luz al final. Esa debe ser la luz del final del túnel... pero la luz al final del túnel siempre es la de un tren que viene de frente".

Así mismo funciona con nociones como el tiempo y el espacio que, lejos de ser medidas objetivas, parecen dilatarse y contraerse según la situación. De ahí que el último minuto de un partido de fútbol en el que el equipo de un hincha apasionado tiene que aguantar un marcador estrecho, resulta ser el más largo del mundo. Obviamente, cuando es el equipo de ese hincha el que tiene que hacer un gol, ese mismo minuto va a pasar a velocidades ultrasónicas.

Todo se debe a que cada persona tiene un reloj biológico para medir la cotidianidad. Está conformado por un bucle de neuronas que tienen que hacer un recorrido dentro del cerebro, pero que varían su velocidad dependiendo de ciertas condiciones. Así, por ejemplo, el calor y la adrenalina lo aceleran. Eso explica la ley que dice que "la duración de un minuto depende del lado de la puerta del baño en el que uno se encuentre". En otra escala, es lo mismo que sucede en los accidentes, en donde la gente tiene la sensación de que todo transcurre en cámara lenta, porque el reloj neuronal se acelera.

La causante de estas distorsiones es la amígdala, un pequeño órgano del cerebro que es el centro sensorial del cuerpo y es responsable del bloqueo del intelecto en situaciones de peligro y de la segregación de adrenalina. La amígdala también es la culpable de esa ley que dice: "Los mejores argumentos se nos ocurren después de terminar la pelea". En cada discusión se libra también una batalla en el cerebro entre la amígdala, instintiva y paleolítica, y los lóbulos frontales, en donde se encuentra la racionalidad. Allí es cuando aparecen los insultos y las demostraciones de fuerza, que quedan ridículas cuando de lo que se trata es de debatir y no de agarrarse a puños.

La tendencia a establecer relaciones causa-efecto ingenuas también es causante de algunas leyes, porque estas todavía están sintonizadas con la Edad de Piedra. Si en esa época aparecía un tigre y desaparecía un niño, muy seguramente lo primero que se pensaba es que el tigre se había comido al niño. Hoy básicamente se llega a las mismas conclusiones, estableciendo una relación causa y efecto bastante ingenua y por lo general errónea. "Las sopas atraen las corbatas", "las camionetas 4 x 4 sólo sirven para atascarse en los lugares más inaccesibles" o "la ida al baño en medio de un partido siempre significa una anotación".

Y como en la Edad de Piedra, los cerebros aún primitivos dotan de alma a los objetos para explicar fenómenos inexplicables. Este animismo les atribuye una malicia que explica una especie de conjura de los objetos inanimados contra los humanos y gran parte de las leyes más extravagantes, como: "Todo objeto inanimado se mueve a la velocidad necesaria para que tropecemos con él", "la ayuda de Windows nunca lo ayudará", "el extremo de la cinta adhesiva nunca se encuentra", "si la mantequilla está dura, la tostada es frágil", "el bus siempre pasa segundos antes de que uno llegue al paradero", "la tostada siempre cae sobre el lado untado con mantequilla" o "el esfero nunca escribe cuando uno necesita anotar algo urgente", entre muchas otras.

Por eso, la próxima vez que vaya a pelear con el bus o que vaya a insultar a la pata de la cama por atropellar al dedo chiquito de su pie, piense en la ineptitud de su cerebro paleolítico y en que la Ley de Murphy no es más que la incapacidad de los humanos de ver lo que tienen frente a sus narices y su obstinación con ver lo que quieren ver.

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