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El joven de Buenaventura que cena con la reina Isabel II

Fernando Montaño es uno de los pocos colombianos que ha logrado sentarse a manteles con la monarca británica gracias a su trabajo como bailarín en el Royal Ballet de Londres donde ha logrado papeles protagónicos. Pero llegar allá no ha sido lecho de rosas. Aquí cuenta las lecciones más importantes que aprendió en su ascenso a la fama.

El Royal Ballet de Londres es una compañía que pertenece a la reina Isabel II y que atrae a las grandes esferas de la sociedad mundial. Entre el público que asiste a ver a este grupo en el Royal Opera House es posible encontrar a David Beckham, Naomi Campbell, Jude Law o al mismo príncipe Carlos. En ese grupo al que llegan solo los mejores bailarines logró un cupo un joven de Buenaventura: Fernando Montaño. Desde muy pequeño quería ser bailarín y sus padres lo apoyaron para mandarlo a cuba donde se preparó. Luego se fue a probar fortuna en Inglaterra y fue seleccionado para hacer parte de este grupo donde ha logrado el privilegio de ser primer bailarín en varios montajes. SEMANA.COM lo entrevistó sobre las enseñanzas de esta gran aventura.

Mi gran maestra es mi madre. Ella ha sido mi mayor fuente de inspiración porque fue una ama de casa, pero emprendedora, siempre aprendía un arte nuevo. Terminó sus estudios a los 37 años y eso me enseñó a no quedarme sentado esperando a que las cosas llegaran sino a crear oportunidades de vida. La extraño, ya no está conmigo, pero la tuve por 20 años y me apoyó mucho para mi carrera. Mis padres no sabían de Ballet, pero nunca me reprocharon que yo quisiera dedicarme al baile.  Desde los seis años cuando les dije que quería ser bailarín ellos  confiaron en mi talento y por eso pienso que los padres deben darles confianza a sus hijos en sus aspiraciones.  

La clave del éxito es la determinación. Para mi fue clave tener muy claro desde muy temprano que yo quería ser alguien positivo en la vida, alguien de bien, que a donde llegara me saludaran con respeto. Nunca me he olvidado de donde provengo, porque la humildad con que te presentas al mundo la percibe la gente y te abre miles de puertas. Pero también ayuda tener el apoyo de una familia. En el caso de la mía, ellos perdieron la casa para apostarle a mi sueño. Es lindo sentir ese apoyo de un papá, tener una familia que no sabía que es el Ballet y aún así lo invirtió todo en mi. Ese deseo de ser alguien es lo que me llevó a sobrepasar todas las dificultades de la vida. Mi madre tuvo la oportunidad de verme llegar al Royal Ballet pero  falleció dos meses después. Al menos le di ese regalo.

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Mi lucha interior ha sido la dificultad económica, pero la he enfrentado contra viento y marea. También lo fue haber iniciado tarde en el Ballet. Es un arte de gran exigencia física, pero por fortuna tengo el cuerpo físico que soporta este entrenamiento fuerte. También ha sido difícil esperar a que otra persona te dé la oportunidad de convertirte en el primer bailarín y hacer los papeles protagónicos. En este arte dependes de otros y en muchos casos se me ha dado, pero es difícil. Y no necesariamente el más talentoso logra llegar a la cima porque hay otros factores, incluso políticos, que frenan que los mejores lleguen allí. Muchos también desisten cuando ven la dificultad. Yo me he visto ahí, pero yo siempre me digo que voy a llegar con ellos o sin ellos. De esa manera me doy fuerza interior para poder continuar. Me digo que a mi no me van a frenar, me convenzo a mi mismo de que lo voy a lograr.

El día más feliz de mi vida fue cuando me gané mi primer concurso de Ballet porque fue como el inicio de mi buena ventura. Hace cuatro años me llegó la oportunidad de ser primer bailarín y eso también fue como un alivio después de toda esta lucha y años de espera. Yo llamé a mi papá y a mis hermanos ese día. Me parecía imposible.

El día más triste fue cuando murió mi mamá. Yo estaba muy contento porque era la primera vez que bailaba en el Royal Ballet y cuando terminé me llamaron y pensé que era para promoverme, pero me encontré con la noticia de que ella había muerto. Fue un shock porque ella no era enfermiza y solo tenía 45 años. No me lo esperaba. Ese dolor me hizo cerrarme mucho en ese país extraño y ese encierro fue el causante de que me demorara en aprender el inglés. En esos años mi única forma de expresión para liberar ese dolor fue bailando. Mis zapatillas de Ballet, que me acompañan a todos lados, fueron las que me ayudaron a sobreponer esa gran dificultad.

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Para triunfar hay que ponerse metas grandes, nunca pensar en pequeño y no perder el foco. Porque seguro vas a vivir situaciones o a encontrar personas que te van a distraer. Cuando tienes el foco claro logras grandes cosas. El miedo de fracasar siempre está ahí porque los obstáculos son muy grandes, pero yo hago un trabajo de auto alimentación personal. Me he visto en muchos momentos arrodillado pidiéndole ayuda a Dios y de una forma u otra, algo cambia y las cosas suceden. Yo no pierdo esa fuerza interior de salir adelante y bloqueo esos miedos, que son psicológicos, y miro más allá del obstáculo para poderlo solucionar.

Con la familia real tengo una anécdota. Cuando fui invitado a un banquete real sentí que era un reconocimiento y que me aceptaban sin importar el color de piel o de dónde venía o cual era mi idioma. Lo sentí así:  el niño de Buenaventura se puede sentar a comer a la mesa con la reina Isabel II. La reina me generó una sensación de ternura. Esta exposición en la alta sociedad inglesa me ha llevado a conocer gente extraordinaria. Una de mis mentoras es Dame Vivianne Westwood quien me enseñó mucho en un momento en que decían que yo no tenía línea clásica en el Ballet y que más bien tenía un estilo salvaje. Aprendí que tenía que ser yo mismo, que no podía cambiar para complacer a unos cuántos. Decidí bailar en la forma como debo bailar y eso es lo que hoy me diferencia de los demás. Soy totalmente diferente a lo salvaje y cuando bailo la gente me dice ‘eres un príncipe’, y creo que sí lo soy: me gusta la nobleza del movimiento. Mi madre estaría muy orgullosa de que la confianza que puso en mi valió la pena. En los momentos difíciles ella es la que aboga para que los caminos se abran.

Una meta futura es hacer trabajo social, tal vez como embajador de Unicef porque siento que la gente me escucha y hay que usar ese poder para abrir puertas y darle oportunidades de vida a otros jóvenes. Ellos necesitan modelos positivos para identificarse. Sueño con hacer un papel protagónico en el Ballet Manon, una historia de amor profundo escrita en 1731. Se requiere de mucha técnica y también capacidades actorales para ello. Pero el Ballet es así, duro y complejo. El público solo ve lo lindo, pero detrás hay un trabajo enorme y muy pesado.

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