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| 11/20/1989 12:00:00 AM

EL JUGADOR

Recientes investigaciones demuestran que una necesidad biológica mueve a los apostadores compulsivos.

EL JUGADOR EL JUGADOR
A lo largo de la historia, una misma pregunta ha flotado en el ambiente cargado, cerrado, tenso y violento de los casinos, casas de juego y otros lugares donde fortunas, matrimonios, carreras brillantes y puestos excelentes alguna vez se hundieron mientras miles de personas seguían perdiendo compulsivamente ante las mesas: ¿por qué esos jugadores obedecen ese impulso casi suicida por qué se empeñan en adquirir más deudas, seguir perdiendo mientras la fortuna los abandona del todo?
La respuesta se puede encontrar en un estudio que aparece en una reciente edición de The Archives of General Psychiatric: las fuerzas síquicas que arrastran a estos jugadores compulsivos, sin freno alguno, y en ocasiones como en las novelas de Fedor Dostoievski (uno de los mayores jugadores de la historia), hasta el crimen mismo, provienen de una necesidad biológica de sentir excitación y temor arriesgándolo todo.

Este nuevo descubrimiento sugiere que los apostadores patológicos sufren de una adicción idéntica al alcoholismo y con los mismos conflictos para frenar tales impulsos. Si estas investigaciones continúan y nuevos hallazgos son ofrecidos, llegará el día en que los jugadores y apostadores incorregibles podrán ser sometidos a tratamientos adecuados para reducirles esa ansiedad, tratamientos dentro de los cuales podrían estar incluidas algunas drogas. En un pais de apostadores y jugadores como Estados Unidos, donde sitios como Miami, Reno y Las Vegas se han convertido en los objetivos inaplazables de millones de personas que quieren no sólo obtener una fortuna instantánea, sino calmar sus ansias permanentes de enfrentarse a una mesa con naipes o una ruleta, estos descubrimientos han recibido el mayor eco.
Por supuesto, la patología del apostador compulsivo que no sabe detenerse, es diferente de los impulsos del jugador "normal", ese que no se arriesga y lo hace por simple diversión, por entretenimiento.
El estudio también demuestra que no es cierto que los jugadores patológicos sufran de un desorden total del control de sus impulsos, una incapacidad que con el paso de los años va en aumento. Esa tesis queda revaluada con este estudio y para el Instituto Nacional para el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo, la entidad que financió estas investigaciones, poder identificar las verdaderas causas de la locura de los jugadores (locura en términos literarios, por supuesto) es un logro muy significativo.
La tesis es clara: los apostadores compulsivos sufren de un desorden en su sistema nervioso central. Ese desorden consiste en que estos jugadores tienen un nivel inferior a lo usual de los químicos cerebrales que regulan la excitabilidad del cerebro. Los apostadores, entonces, juegan más, se exponen más porque el mismo organismo les exige esa compensación por la carencia de los químicos aludidos.

Esto explicaría por qué las ansias de jugar y apostar grandes fortunas son irreprimibles, cómo los apostadores, lo mismo que ciertos deportistas que se juegan la vida en actividades peligrosas y mortales, necesitan, por medio de la exposición a situaciones violentas, reponer los componentes químicos que el cerebro produce menos que en los demás.

La investigación utilizó a 17 jugadores compulsivos, algunos de ellos con serios problemas legales porque llegaron a cometer distintos delitos para poder pagar las deudas contraídas con el juego. Sometidos a una serie de pruebas voluntanas, que incluían exámenes de orina y análisis detenidos de sus reacciones nerviosas y síquicas, los resultados llevaron a los médicos a establecer que los pacientes en cuestión presentaban un bajo nivel en la producción de determinados químicos cerebrales, entre ellos la llamada norepinefrina. Esta es segregada bajo fuertes presiones, especialmente cuando la persona se halla ante un enorme riesgo o una excitación extrema. Algunos investigadores sostienen que una disminución de esa sustancia obliga al paciente a tratar de remplazarla mediante situaciones como las apuestas más arriesgadas.

Por supuesto estos hallazgos apenas representan la punta de un iceberg mayor: los jugadores pierden el control total de sus impulsos, se dejan arrastrar por la emoción del azar, pierden, se endeudan, lo entregan todo. Pero no parece lejano el día en que esa situación pueda ser controlada como cualquier otra enfermedad.-

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