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| 12/31/1990 12:00:00 AM

A MARTE, A VELA

Un grupo de científicos visionarios quiere llegar al planeta rojo mediante la fuerza de los vientos solares.

A MARTE, A VELA A MARTE, A VELA
Cuando Cristóbal Colón inició sus gestiones para hacer su viaje transoceánico, en busca de la India, muchos le calificaron de loco. Eso no era de extrañarse, pues pretendía atravesar el mar, y todo el mundo sabía que semejante disparate le llevaría a caer al espacio por el borde del abismo. Han pasado 500 años, y un grupo de científicos tan visionarios como el navegante genovés, quiere conmemorar el viaje de Colón mediante una competencia no menos visionaria. Pero esta vez, las naves a vela sí caerán por el borde del mundo. Porque esas modemas carabelas se dirigirán a Marte.
Responsable de todo es el grupo norteamericano encargado de preparar las festividades por el quinto centenario del descubrimiento de América. El "Cristopher Columbus Quincentenary Jubilee Comission" tiene una propuesta que parece producto de la fantasía más desatada: para marcar el aniversario, varios grupos científicos de distintos países lanzarán (si tienen el mismo éxito de Colón para conseguir los dineros) unas naves que surcarán el espacio movidas por la fuerza de los rayos solares. En otras palabras, serán unas modernas naves a vela.
Una vez en el espacio, las pequeñas naves sin piloto desplegarán una especie de velas de cientos de metros cuadrados, que las impulsarán bajo el infinitesimal empuje de la luz solar. Movidas solamente por esa fuerza, y controlados desde la Tierra por medios electrónicos, se espera que salgan del influjo de la Luna y continúen su viaje hacia el planeta rojo.
El primer equipo que logre poner en la meta su aparato, ganará la copa Colón 5OO años, en una competencia que se repetiría, según los más optimistas, cada diez años.
Esa era, al menos, la idea que lanzó la comisión norteamericana a finales de 1988. Fascinados proyecto, cadetes espacial las disciplinas y edades, con computadores para diseñal naves. En noviembre del año pasado,un comité de expertos escogió los diseños más factibles. Se trataba de ocho planteamientos de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Italia, Japón y la Unión Soviética. En ese momento, todo parecía favorecer que todos, o al menos algunos de ellos, llegaran finalmente a Marte.
LAS JOYAS DE LA CORONA
Pero el propio Cristóbal Colón debió sentir lo mismo cuando el conde de Medinaceli se arrepintió de su promesa de prestarle algunas carabelas. Al comienzo, la Comisión había ofrecido a los participantes que obtendría la financianción correspondiente. Pero a mediados del año indicó que cada uno tendría que buscar sus propios medios.A partir de entonces, los más entusiastas, como el laboratorio de Física aplicada de la Universidad Johns Hopkins, están dedicados, no solamente a desarrollar sus ideas, sino a conseguir los dineros, lo cual pone en duda su participación. Es el caso de Andreas von Flotow, profesor de astronáutica en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, quien viene trabajando en un concepto de "heliogiro" basado en ocho velas en forma de aspas, de 80 metros de largo cada una.
Un equipo canadiense ha obtenido hasta ahora tres millones de dólares de parte del sector privado del país, y se encuentra empeñado en un programa de consecución de fondos a nivel nacional. El problema se resolvería con unos diez millones de dólares. El esfuerzo está siendo dirigido por la Sociedad Espacial de Canadá.
Como resulta explicable, los italianos están entre los más entusiastas impulsores de la competencia. "Aceptamos el reto con gusto", declaró Joseph Viriglio, director ejecutivo del grupo de sistemas espaciales de Aerita una compañía de Turín dedicada a investigación aeroespacial. Y están mando la cosa muy en serio. Aeritalia se encuentra encabezando un consorcio industrial que pretende construir y lanzar un velero espacial de 20 millones de dólares que se llamará Capitana Italica, que era el otro nombre de la carabela Santa María.
El optimismo se mantiene. El hombre que concibió todo el proyecto Columbus 500, el norteamericano Klau P. Heiss, no ha perdido un ápice de interés inicial. Heiss es un matemático y economista que ha trabajado en parte financiera de grandes esfuerzo, espaciales, incluido el transbordador de Estados Unidos. Heiss es consciente de que aún falta mucho dinero pa que arranque la carrera, pero cree que los dineros no faltarán. Para él, al menos tres veleros zarparán rumbo a Marte en octubre de 1992.

ZARPA EL ESPACIO
La idea de viajar a vela por el espacio interplanetario, con el impulso d la luz del sol, no es nueva. Sólo que jamás se ha intentado. Los científicos han sabido desde el comienzo del siglo, que cuando la luz se refleja sobre un objeto, ejerce una misma presónacio, sobre el mismo. En los años 20, dos hombres de ciencia soviéticos habían desarrollado los detalles técnicos del viaje espacial a vela. Konstantin Tsiolkovsky (un maestro de escuela autor de una versión bastante aproximada de la expedición del hombre a la Luna) y Fridrikh Tsander, un matemático, fueron esos precursores.
Sin embargo, los aficionados al tema afirman que fue un artículo de 1951 del investigador y escritor de ciencia ficción Carl Wiley en la revista Astounding, lo que dio paso a la moderna concepción de las velas solares. La idea de la competencia interplanetaria se remonta, según sus impulsores, a un cuento de ciencia ficción escrito por Arthur Clarke sobre una carrera del tipo de la Copa América, en la cual siete veleros competían hasta la Luna.
En "El viento del sol" Clarke anotó que la presión del sol sobre la mano era de alrededor de una millonésima de gramo. Con esta minúscula fuerza, aplicada a una vela de un kilómetro cuadrado, la vela se movería alrededor de cinco centímetros en el primer segundo y unos 20 metros en el primer minuto. En una hora, iría a cien kilómetros por hora, y hacia el final del día la nave estaría navegando a más de 2.500 kilómetros por hora, y acelerando sin parar.

IZAD LAS VELAS.
Las velas podrfan ser manejadas para cambiar su ángulo frente a los rayos solares, del mismo modo que un barco maniobra frente al viento. La potencia eléctrica necesaria para esas operaciones provendría de células fotoeléctricas, que alimentarían así mismo las comunicaciones con la Tierra. De ese modo, la nave podría viajar por el espacio sin necesitar una gota de combustible.

Todas esas posibilidades teóricas llevaron a que a finales del decenio de los 70, la NASA encargara a los laboratorios Jet Propulsion, de Califomia, para que se diseñara una nave espacial a vela",para circunnavegar el cometa Halley cuando éste regresó a las cercantas de la Tierra en 1986.

El proyecto del Halley encalló en un arrecife presupuestario, pero la idea floreció en manos de algunos científicos que se organizaron en la Fundación Mundial del Espacio (World Space Foundation). A este grupo se debe la única máquina capaz de producir velas solares. En 1981 llegaron a construir un prototipo de vela de Mylar, que fue desplegada en una ocasión, en el interior de un coliseo cubierto.

El diseño de esa especie de arboladura no resulta nada sencillo. El primer requisito es que la vela debe tener un es pesor mínimo, para permitir la mayor área de empuje por kilo de peso bruto del aparato. El tamaño de la superficie varía. La diseñada por Cambridge Consultants, por ejemplo, ocuparía el espacio de 11 campos de fútbol.

La misma delgadez de la vela presupone otro problema: debe ser desplegada donde no haya ninguna señal de atmósfera, porque un viento podría romperla con facilidad. Por eso, la altura mínima para usar la vela es de por lo menos 1.300 kilómetros, lo que pone la operación por fuera del alcance del transbordador espacial.

La parte más complicada de la carrera, y de cualquier nave espacial mediante propulsión por velas, es la operación de despliegue de las mismas. El proyecto britanico incluye una vela denominada Nina, ensamblada sobre 36 costillas que se despliegan en forma radial, a la manera de un abanico. El equipo de la universidad Johns Hopkins ha calculado que su diseño solamente adquiriría velocidad de crucero entre 60 y 90 días, y que, con el impulso de la gravedad lunar, estaría llegando a Marte entre 400 y 500 días después.

Nadie sabe a estas alturas si el programa podrá llevarse a cabo, ni si habrá algún benefactor capaz de entregar sus joyas a cambio de un lugar en la historia. Pero casi nadie duda de que el sistema de navegación espacial a vela, permitirá a un futuro Cristóbal Colón descubrir tierras jamás imaginadas por hombre alguno.

EDICIÓN 1879

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