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| 8/31/1987 12:00:00 AM

POR ENTRE UN TUBO

Considerado por muchos un dinosaurio tecnológico, el viejo tubo al vacío se niega a desaparecer.

POR ENTRE UN TUBO POR ENTRE UN TUBO
Cualquier aficionado a la electrónica sabe que la aparición de los transistores, hace ya casi cuarenta años, representó la carta de defunción de los venerables tubos al vacío, aquellos que hacían que al encender un radio debiera esperarse algunos minutos antes que el sonido llegara al parlante, que en esa época recibía el nombre de altavoz.
El transistor funciona instantáneamente, no se calienta y por lo tanto usa un mínimo de la energía necesaria para poner a funcionar un tubo, es de gran confiabilidad y por su pequeño tamaño y forma compacta, permite diseñar aparatos muy prácticos.
Con un panorama tan desolador resulta increíble que en Estados Unidos haya un mercado creciente para los venerables tubos al vacío, conformado por apasionados de la electrónica, para quienes aquellos tienen cualidades que el desarrollo del transistor no ha podido superar.
Para los lectores nacidos después de 1960, es necesario dedicar algunas palabras de explicación sobre los famosos bulbos. Su desarrollo se remonta a la últimas décadas del siglo pasado, cuando los científicos estaban en trance de aprender los principios de la electrónica. Thomas Alva Edison y otros, se dieron cuenta que la corriente eléctrica en un medio de vacío pueden discurrir de un filamento incandescente a una placa fría. Los posteriores desarrollos llevaron al uso práctico de esa facultad, cuando Lee De Forest, un investigador norteamericano, diseñó en 1909 lo que más tarde se conocería como tubo o bulbo al vacío. Su funcionamiento, grosso modo, es el siguiente: Cuando el cátodo es calentado eléctricamente (de ahí la espera), emite electrones que fluyen al ánodo. De Forest añadió una rejilla que está en el camino de ese flujo. Cuando una señal de sonido, que es invariablemente más débil que los electrones pasa por ese camino, la rejilla recibe una carga de fuerza proporcional a la de la señal. Mientras más débil sea esta carga, mayor número de electrones pasarán por la rejilla hasta el ánodo. Por ello, el flujo que llega al ánodo resulta ser una copia exacta, pero más poderosa, de la señal original.
La aparición comercial del invento representó el inicio de una nueva era de las comunicaciones y particularmente fue el comienzo de la radio comercial. De un millón de tubos producidos en Estados Unidos en 1920 se pasó a 100 millones anuales dos décadas más tarde. Cuando llegó la televisión, el número se hizo aún más impresionante. En eso, apareció el transistor.
Inventado desde 1947, su aparición comercial sólo se produjo en los años sesenta. Su éxito se basó en varios factores: podían hacer lo mismo que los tubos, pero en materia de audio tenían desventajas. La mayor, que los circuitos transistorizados sonaban a tarro al lado de los tubos. Eso se fue mejorando paulatinamente con el advenimiento del "estado sólido", pero algunos siguen afirmando que el sonido amplificado a través de tubos es inmensamente superior. Como dice uno de los adalides de la supervivencia de los tubos, James Boyk, profesor de Caltech, en Pasadena, Estados Unidos: "Creo que todo el mundo está de acuerdo en que el sonido de los transistores era execrable al comienzo, y que hoy es casi de la misma calidad del de los viejos y queridos tubos, pero a un costo mucho mayor".
Esto sin embargo, suena a herejía para la mayor parte de la industria electrónica, y representa para muchos la confrontación entre el valor de la evidencia empírica, frente a las mediciones teóricas y las especificaciones técnicas. Del primer lado están los fanáticos de los tubos, para quienes estos "suenan mejor", y del otro están los científicos que, armados de hojas de datos y cifras electrónicas, prueban que las diferencias de calidad de sonido son sólo marginales. Los productores actuales de tubos, especies de idealistas en un mundo dominado por lo último en tecnología, se basan más en pruebas auditivas hechas sobre los usuarios potenciales, que en tests electrónicos. William Conrad, que tiene una compañía que manufactura tubos y amplificadores de alta calidad, dice que sus tubos son diseñados "al óído", y que él asiste a muchos conciertos de música en vivo "para mantenerse calibrado". Afirma que la mayor virtud de los tubos está, no en la nota sostenida, sino en la forma como el sonido comienza y termina. "Se puede obtener un buen sonido sostenido con transistores, pero los tubos son mejores para los impulsos. Y además, los circuitos de alta calidad de transistores son usualmente mucho más complicados que un buen equipo de bulbos".
La producción de tubos en Estados Unidos y el resto del mundo occidental desapareció casi completamente y hoy es un negocio casi exclusivo para ingenieros jóvenes y un poco underground. Los fanáticos no dudan en afirmar que los tubos fabricados aún por miles en la Unión Soviética son "bocados de cardenal", porque mantienen algo del viejo espíritu de los pioneros. Así, pues, el viejo tubo al vacío no ha resucitado, simplemente porque nunca ha muerto.

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