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| 8/14/2017 12:00:00 AM

Así es la clase que se dicta sobre Medellín en la Universidad de Iowa, Estados Unidos

Una estadounidense está a cargo de esta cátedra que más que una materia se ha convertido en un ingenioso espacio de encuentro cultural.

Un adolescente de ojos cafés y pelo negro, vestido en uniforme de colegio, mira a la cámara del computador, sonríe, y dice en inglés de principiante: “Me llamo Samuel y vivo en Moravia, un vecindario humilde de familias felices. Tengo 15 años”. Está parado en una terraza desde donde se aprecian las montañas que fueron verdes y hoy están cubiertas de altas torres de apartamentos.

Una joven aparece en otra pantalla y habla con él en un español entrecortado por las risas. Tiene pelo rubio y ojos verdes. Un abrigo le cubre casi toda la boca y un gorro tejido le tapa las orejas. “Me llamo Kaylie y tengo 22 años de edad. Estudio español y enfermería. Después de mi graduación querer cuidar gente y viajar a varios sitios”. Detrás de ella se ven árboles sin hojas, tierra plana con parches de nieve y pocos edificios de más de tres pisos.

Se dice que la mejor forma de aprender un idioma es enamorándose, por eso diseñé una materia llamada ‘Medellín’ para estudiantes de la Universidad de Iowa que están cursando la carrera en español. Mi esperanza era que se enamoraran de la ciudad, su gente y su lenguaje. Buscaba amplificar lo que sabían de ella, eliminar los estereotipos creados por Netflix y darles a conocer Colombia, más allá del café, las esmeraldas y las Farc.

Empezamos el semestre leyendo una crónica de Andrés Felipe Solano: Salario mínimo. Él cuenta cómo pasó de ser un periodista acomodado en Bogotá, a vivir en un barrio obrero de Medellín. Trabajó en una fábrica por seis meses para ver y luego escribir sobre la experiencia de sobrevivir con un sueldo mínimo. Mis estudiantes buscaron en Google Earth las calles que tenía que transitar el cronista, se aprendieron la historia del sistema de transporte, del metro, el metrocable y el tranvía. Escudriñaron el mapa de estratos económicos y se asombraron con la forma tan abierta de hablar de las divisiones sociales que reinan en Colombia.

Luego exploraron el dialecto paisa. Con la colaboración de un colega que estaba en Medellín, recolectamos 12 grabaciones de personas oriundas de Antioquia, el departamento del cual Medellín es capital. Los entrevistados contaron el relato de su vida. Eran historias preciosas. Una señora describió su niñez en el campo acompañada de sus 11 hermanos, jugando y trabajando con vacas, cabras, gallinas y una libertad envidiable. La tarea de los estudiantes era transcribir las grabaciones e identificar el acento y los dichos típicos de los paisas. El “ave María purísima” se les quedó grabado para siempre.

La actividad que más impacto tuvo en los estudiantes iowenses, casi todos norteamericanos de clase media, fue el intercambio virtual con un grupo de grado 11 del colegio Fe y Alegría de Moravia, un sector humilde de Medellín con una historia difícil de creer. Las imágenes del vecindario reflejaban una riqueza cultural que a todos los interpeló: de basurero municipal en 1979 a barrio residencial en 1989. Los más de 20.000 habitantes llegaron del campo o la costa Pacífica y se asentaron con una resistencia férrea ante los esfuerzos de la Alcaldía por reubicarlos en otras partes. Después de muchos años, los ‘morativas’ alcanzaron acuerdos sensatos con la administración municipal y su antiguo barrio, que fue un botadero de basura, es hoy un espacio de comercio apetecido, un lucrativo invernadero, un jardín hermoso visible desde la Autopista Norte.

Los estudiantes del colegio hablaron del amor por sus mamás, de su gusto por el baile en las fiestas, el breakdance en la calle, la fotografía y las bicicletas de bicicross. Los de Iowa comentaron sobre sus estudios, los viajes que querían hacer, sus trabajos alternos a las clases. Hicimos un video chat con los moravitas hablando en inglés y los iowenses en español. Entre risas, gritos de emoción, abrazos y besos electrónicos, y las infaltables fallas técnicas, concluyeron con promesas de visitarse los unos a los otros. El calor humano de ese momento tracendió todas mis expectativas de enseñanza de un idioma.

Otra lectura infaltable del curso fue El olvido que seremos, del medellinense Héctor Abad Faciolince. El libro narra la historia del padre del autor, Héctor Abad Gómez, un hombre adorado por sus hijos que hizo incalculables aportes a la salud pública de Colombia. Los estudiantes se sintieron impresionados por los personajes de la obra y al leerla se nos salieron las lágrimas.

Como profesora nunca sé cuánto aprendieron realmente mis estudiantes después de una clase, pero la mejor calificación de la materia ‘Medellín’ quedó plasmada en el comentario de una iowense que me llenó de ilusión: “Tengo que conocer a Medellín en persona”.

*PhD en Estudios Comunicacionales. Profesora del departamento de Español y Portugués de UIowa.

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